He escuchado el futuro, y funciona

Aún está por ver si Apple Classical Music cambiará nuestras vidas, pero tras realizar algunas pruebas bastante enérgicas puedo asegurar que la aplicación, lanzada el mes pasado, es la solución al menos a un problema del primer mundo.
Si usted necesita tener toda la música clásica al alcance de la mano, aquí está prácticamente todo. Apple ofrece 115.000 obras de veinte mil compositores en un sinnúmero de versiones. Busque un intérprete y obtendrá el resultado en un segundo. Si falta ese nombre, inténtelo de nuevo la semana que viene. La base de datos se amplía constantemente.
De acuerdo con mis cálculos, la aplicación de Apple contiene más del ochenta por ciento de toda la música jamás grabada para su publicación. Incluye, al parecer, los catálogos de todas las discográficas significativas, desde la escurridiza Melodiya rusa hasta la económica Naxos, el Primark de la música clásica. Los únicos ausentes son un puñado de sellos independientes que decidieron proteger su producción con la esperanza de que Internet desapareciera. Uno de ellos, Hyperion, recientemente adquirido por Universal Music, estará disponible en Apple dentro de unas semanas. Uno tras otro, los viejos y lentos caballos están siendo superados por la máquina de vapor. Para la música clásica, esto equivaldría a su revolución postindustrial.
El sonido de Apple es directamente inmejorable, al haber integrado su aplicación en el servicio holandés de streaming de música clásica Primephonic, dotándolo de Dolby Atmos y de un novedoso Spatial Audio que se supone que nos sitúa a nosotros, los oyentes, en el mejor asiento de la casa. También se supone que nos permite cambiar de asiento, pero aún no he descubierto cómo funciona.
Lo que me ha sorprendido del combo Spatial/Dolby no es tanto la fidelidad del sonido de, por ejemplo, el álbum de coros de verdi de Riccardo Chailly en La Scala, sino una transparencia que hace que cada voz humana suene con una definición independiente. A primera escucha resulta bastante chocante. En una Décima de Shostakovich de Berlín, la definición me pareció más clara que en la grabación disponible en el propio sello de la orquesta y, extrañamente, que en mi recuerdo auditivo de cuando la escuché en directo. Si ésta es la futura calidad de sonido, ¡adelante con ello!
Y es en esa dirección hacia donde apunta Apple. Además de succionar cien años de grabaciones, Apple ha conseguido que las filarmónicas de Berlín, viena y Nueva York, la Concertgebouw de Ámsterdam y un par de grandes más difundan en la aplicación los mejores conciertos de cada temporada, eventos a los que hasta ahora sólo podían acceder los abonados directos de las orquestas. El acuerdo permite a Apple alimentar una ilusión de renovación, de participación de los oyentes en un arte vivo y en permanente evolución.
En una época en la cual emisoras como la BBC y la ORF, o patrocinadores como el Arts Council England están en plena retirada del mundo de las orquestas y la ópera, una de las mayores corporaciones tecnológicas del mundo ha hecho de la música clásica su proyecto estrella de 2023. Oliver Schusser, vicepresidente de Apple Music, me dice: “Llevamos mucho tiempo preparando este momento; para nosotros ha sido un verdadero acto de amor”. Como toda jerga empresarial, esto viene acompañado de objetivos muy concretos. Apple quiere acabar con plataformas como Spotify, que presenta las obras clásicas como “canciones”, así como con servicios especializados como Idagio y Qobuz.
En una época en la cual emisoras como la BBC y la ORF, o patrocinadores como el Arts Council England están en plena retirada del mundo de las orquestas y la ópera, una de las mayores corporaciones tecnológicas del mundo ha hecho de la música clásica su proyecto estrella de 2023
El principal atractivo es que la nueva aplicación es gratuita, siempre que uno esté suscrito a Apple Music y tenga un iPhone en el cual reproducirla (me aseguran que los teléfonos Android no tardarán en tener acceso). ¿Y el principal inconveniente?
No todas las búsquedas son tan sencillas como se anuncian. Yo mismo he tenido que llamar a un teléfono de ayuda para encontrar las sinfonías de Havergal Brian (Naxos) y la integral de sinfonías de Shostakovich por Gennady Rozhdestvensky (Melodiya); pero son fallos que sin duda se solucionarán. Algo más desagradable es el fondo de pantalla editorial. Los retratos de compositores especialmente creados por Apple van de lo mediocre a lo horroroso (Chopin parece un gigoló marbellí, Rachmaninov un director financiero del Midwest) y las notas de presentación parecen Wikipedia sin chistes. Los sellos clásicos de toda la vida cimentaron su autoridad sobre imágenes auténticas y ensayos escritos por expertos. Este recién llegado puede hacerlo mejor.
Mi principal malestar, sin embargo, tiene que ver con la incontenible californización de la música clásica, y no sólo por Apple. Pertenezco a una generación que se regocijó cuando los rayados discos de vinilo fueron suplantados por los relucientes CD y que ahora observa fascinada cómo los recién casados anidan en habitaciones amuralladas con discos de vinilo. La primera vez que compré libros a través de Amazon fue cuando había que llamar tres veces para finalizar la compra. No me resisto al progreso, no soy ludita ni antivacunas. Pero poner toda la música clásica en un aparato que cabe en la palma de la mano se me antoja una devaluación de la civilización.
Por supuesto, es maravilloso poder elegir sin límites y acceder a una obra al instante para comprobar si hay una reminiscencia de la Décima de Mahler en Whiter Shade of Pale de Procol Harum (no la hay). Es estupendo, pero demasiado fácil, y las cosas que se vuelven fáciles pierden valor. Sigo pensando que un disco es un objeto. Puede que ello me convierta en un dinosaurio en el mundo de Silicon valley, pero cuando una grabación se convierte en poco más que restos flotantes en una inmensa corriente, algo muere en nuestra relación con la música, un cierto sentido de la propiedad que no puede ser replicado por una nebulosa lista de reproducción de Apple.
Yo, como todo el mundo, seguiré escuchando música clásica en streaming el resto de mi vida, y es muy posible que un teléfono Apple reproduzca la Arietta de la última sonata para piano de Beethoven interpretada por Uchida cuando exhale mi último suspiro. Pero si lo hago, será con un estertor de nostalgia, y desde luego no lamentaré perderme la próxima revolución. ¶
Norman Lebrecht


