Harrison Birtwistle: único y múltiple

Harrison Birtwistle: único y múltiple

De entre los compositores surgidos del grupo New Music Manchester, fueron Harrison Birtwistle, fallecido el pasado 18 de abril a los 87 años, y Peter Maxwell Davies, muerto hace seis, quienes más influyeron en la deriva de la música británica de la segunda mitad del siglo XX. Y de los dos, fue Birtwistle el que mejor se movió en las aguas de unos cambios que sus colegas de estudios intuyeron tan necesarios como posibles en un escenario en el que aparecían, de un lado, la tradición sinfónica nórdico-inglesa que se quedaba atrás una vez alcanzados sus mejores logros —con la casi solitaria figura de Malcolm Arnold como portador de una antorcha personal e intransferible—; de otro la exigencia formal de, por ejemplo, Bryan Ferneyhough; y, en el centro, el serialismo de Humphrey Searle. Birtwistle y sus amigos, con la ayuda de colegas más jóvenes como Oliver Knussen, intentaron una suerte de vía distinta que acabó por otorgar a la música de su país un papel claramente propio en la de nuestro tiempo.

Birtwistle no era precisamente pactista en su discurso, aunque en su estilo aparezcan la esencialidad de Webern, la explosividad de Xenakis o el colorido de un Messiaen que le lleva a la consideración de la orquesta como un espacio de voces sin límite que permite una expresión, por así decir, teatral. Por algo una de sus mejores obras se llama Secret Theater, precisamente la que quizá comparta la cima de su arte orquestal con Earth Dances, The Triumph of Time y Panic, un concierto para saxofón y orquesta de impresionante energía. Birtwistle fue también autor de óperas que no han tenido buena fortuna, desde la inicial Punch and Judy a la postrera The Minotaur pasando por una obra maestra como The Last Supper. No olvidemos, a la hora de glosar su figura, su música de cámara —los Nueve movimientos para cuarteto en cabeza—, sus canciones con o sin palabras o una pieza coral como The Moth Requiem. Veremos cómo se porta con él el tiempo cruel pero, si le es lo suficientemente leve, y sus habitantes lo suficientemente curiosos, su legado —tan unitario y tan múltiple al mismo tiempo— aparecerá como una admirable unión de inteligencia y belleza cuya dificultad viene de la invitación a entrar en un mundo que pide lo que da. Y en eso el creador supo ser, a la vez, egoísta y generoso.

Luis Suñén