Haitink indaga en el enigma de la última sinfonía de Shostakovich

SHOSTAKOVICH:
Sinfonía nº 15. Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Director: Bernard Haitink. BR-KLASSIK (1 CD)
Dmitri Shostakóvich escribió su última sinfonía sólo con la mano izquierda. Un infarto en 1966, al que siguieron varias caídas y fracturas, le dejó seriamente discapacitado. Su solución fue entrenar una mano para que hiciera el trabajo de las dos y economizar el esfuerzo físico. Esto puede explicar los numerosos espacios en blanco que hallamos en algunos lugares del manuscrito de su decimoquinta sinfonía, como si le faltaran fuerzas para completar los detalles instrumentales.
Maxim Shostakovich, que dirigió el estreno en 1972, calificó la obra de «autobiografía del nacimiento a la muerte» de su padre. Se trata, sin duda, de una visión parcial. La sinfonía se abre en una suerte de parque de atracciones navideño, con ráfagas del Guillermo Tell de Rossini. Shostakovich parece burlarse con todo el sarcasmo del que era capaz de su situación, tal vez de la vida misma. Un Adagio de un cuarto de hora no aporta demasiado consuelo. El tercer movimiento, de apenas cuatro minutos, no hace sino exacerbar el desasosiego antes de que un final que alterna Adagios y Allegrettos nos conduzca hacia algún tipo de aceptación de los juegos que el destino juega con nuestra existencia.
La Decimoquinta es un enigma que pocos directores son capaces de descifrar. La única grabación que me ha convencido hasta hoy fue la que dirigió y grabó Kurt Sanderling, un estrecho colaborador de Shostakovich que conocía su lenguaje interior y su cáustico ingenio. Que yo sepa, Sanderling nunca ofreció una pista literal acerca del sentido último de la obra.
La presente grabación está dirigida por Bernard Haitink, un maestro que tardó en involucrarse con la música de Shostakóvich. La grabación procede de un concierto celebrado en 2015, con la fabulosa Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera. Ignorando las dificultades obvias de la partitura, Haitink deja que la música se desarrolle, página a página, como una gran pregunta sin respuesta. Se trata de un acto narrativo en el cual la deliberada irresolución de la sinfonía parece ser la única conclusión posible. Shostakovich está diciendo: nunca sabremos el sentido de la vida, de modo que sigamos adelante. La humildad que encierra tal reconocimiento es estética y espiritualmente reconfortante.


