GRANADA / Zubin Mehta en una inauguración para la historia

Granada. Palacio de Carlos V. 12-VI-2026. Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino. Director: Zubin Mehta. Mozart: Sinfonías nº 39, 40 y 41.
En su concierto inaugural más ortodoxo (la víspera había actuado Ludovico Einaudi en el teatro de los jardines del Generalife y, aquí y allá ha habido otros conciertos y espectáculos preparatorios), el Festival de Música y Danza de Granada, en su 75ª edición, contó con la presencia de la Orquesta del Maggio Musicale Fiorentino dirigida por su titular vitalicio, el gran Zubin Mehta, a quien además se le hizo entrega durante el intermedio del concierto de la medalla de honor del Festival, que recogió de manos de la Reina Sofía, amiga personal del director, y que quiso estar en el concierto y en su homenaje.
Orquesta y director escogieron para la velada un programa a priori atípico para la formación, pero desde luego no carente de interés ni de compromiso artístico: las tres últimas sinfonías de Mozart, la nº 39 en Mi bemol mayor KV 543, la nº 40 en Sol menor KV 550, y la nº 41 en Do mayor KV 551 «Júpiter», tres obras maestras que pueden percibirse como una trilogía por su afinidad motívica, tímbrica, tonal y estética.
La entrada en el escenario de Mehta fue sobrecogedora en su fragilidad. Con noventa años, entró llevado en silla de ruedas, inmóvil, la mirada fija y abismada (que permanecería así, matizada por alguna sonrisa ocasional, durante todo el concierto), escoltado por varios ayudantes, que tuvieron que colocarlo, no sin dificultad, en la silla alta desde donde iba a dirigir y de la que trastabilló en el primer intento de acomodarse, para sobresalto y consternación de todos: la caída la evitó la pericia del segundo violín solista.
No son esto detalles de una crónica morbosa; al contrario, pretenden reflejar la emoción del momento histórico que estábamos viviendo, la de una leyenda que, desde su plena consciencia artística e intelectual, trata de sobrepujar las limitaciones físicas; también hablan de las condiciones generales de la interpretación, con una dirección reducida al mínimo en su gestualidad, apenas un remedo de la contundente precisión que lo caracterizaba, y una atención a los detalles que se obtenía con miradas y giros significativos de la cabeza. En este sentido, el cuidado de la orquesta para con él, cómo lo arroparon en la interpretación y el trabajo en equipo resultaban conmovedores y culminaron en el sentido aplauso que los músicos le dieron al maestro al final de concierto.

La interpretación, aun a riesgo de incurrir en lo evidente, dado lo dicho hasta ahora, resultó de un encanto crepuscular. Un Mozart de otra época, más dulce, más denso, más lento, menos contrastado —pero no menos matizado—, sin la repetición de la exposición del primer movimiento de las Sinfonías 39 y 40 (sí repitieron la de la 41).
Algunos ataques, algunos temas y motivos, resultaban especialmente nobles y elegantes: el del comienzo del primer tema tras la introducción en la Sinfonía 39, el ataque inicial de la 40, o el de su tema segundo, o alguno de los evocadores quiebros líricos de los tres andantes: son los momentos en los que quizá la orquesta se sintió más libre y cómoda. También cabe destacar la belleza y elegancia con que ejecutaron los minuetti, que reclamaron su espacio en la sinfonía: a un tiempo justo, danzables, ligeros; se destacaron los trios, en concreto el de la Sinfonía 39, donde la flauta solista (muy destacable su actuación en todo el concierto) y el clarinete sostuvieron un coloquio muy elocuente con algunos adornos ad libitum plenos de gracia.
En general, la interpretación parecía ir de forma curiosa siempre de menos a más, con unos movimientos primeros más dubitativos en cada sinfonía para ir alcanzando la seguridad, el interés y la plenitud interpretativos conforme avanzaba la obra, con los movimientos últimos siempre más vivos e interesantes que los iniciales. Y sucedió algo semejante dentro de la propia progresión sinfónica, como si en la complejidad contrapuntística de la Sinfonía «Júpiter» y sus contrastes tímbricos y tonales la orquesta se encontrar más cómoda y segura, con lo que el concierto fue in crescendo y culminó en un vibrante molto allegro genuinamente jovial.
Los directores de orquesta permanecen eternamente jóvenes en las carátulas de los discos; en la vida envejecen, pero solo hasta que comienza a sonar la música y logran convocar con su talento intacto su imagen ideal, eterna e inmarcesible.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Fermín Rodríguez)


