GRANADA / Virtuoso Roman Simovic con la OCG

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 16-II-2014. Orquesta Ciudad de Granada. Violín y dirección: Roman Simovic. Obras de Strauss, Dvořák, Schumann e Ysaÿe.
El último concierto de la Orquesta Ciudad de Granada se enmarcaba dentro de un curioso ciclo que atestigua la variedad de propuestas de la formación a lo largo de su temporada: el de los directores intérpretes, que recupera y actualiza la figura del solista director, y que ya contó con intérpretes tan prestigiosos como Christian Zacharias. En este caso se trataba de un violinista, Roman Simovic. Se interpretaron la Serenata en mi bemol mayor para vientos op. 7 de Richard Strauss, la Serenata en mi mayor op. 22 de Antonín Dvořák; y el Concierto para violín en re menor WoO 23 de Robert Schumann.
La serenata para vientos de Richard Strauss, genuinamente de cámara, fue interpretada por miembros de los vientos de la orquesta sin director. Resultó una suerte de agradable preludio, casi desgajado del resto del programa, donde el viento de la OCG demostró su elegancia y versatilidad con una interpretación acorde con la naturaleza menor, agradable, con ecos galantes, de la pieza.
La serenata para cuerdas de Dvořák transcurrió —no en vano se trata de una composición de carácter idéntico— en un tono de placidez y lirismo semejantes, muy conseguido, especialmente conforme avanzaban los números y los intérpretes parecían ir adentrándose en la pieza, con un timbre de cuerdas empastado y luminoso, y que brilló especialmente en los números rápidos de la obra, como el Scherzo o el Finale, verdaderamente sugestivo en la citada brillantez. Interpretaron la pieza de pie (aquellas cuerdas que se lo pueden permitir), con Simovic dirigiendo y acompañando con su propio violín, y una gestualidad de director e intérprete amplia, emotiva, pero a la vez contenida y plácida.
El concierto concluyó con una pieza curiosa y poco frecuente en el repertorio (otro acierto de la programación): el Concierto para violín de Schumann, perdido durante mucho tiempo, y que no se estrenó hasta 1937 (por no hablar de que, según una leyenda recogida en las curiosas notas al programa, pudo haber sido descubierto gracias a una sesión de espiritismo en la que habría comparecido el espíritu del propio Schumann). Resultó muy interesante escucharlo: sin duda se trata de una obra extraña e irregular, pero que también suena por momentos inusitadamente contemporáneo por la libertad de su planteamiento. Simovic supo imprimir una claridad muy necesaria a su interpretación, con algunas dinámicas y contrastes rítmicos muy bien marcados en un tono general expresivo y empastado, si bien el empeño no estuvo exento de un evidente sobreesfuerzo en una obra que parece reclamar claramente la presencia de un director aparte del solista.
La interpretación de Simovic como tal solo puede calificarse como virtuosa. Clara y concentrada, el virtuosismo citado tenía algo de peculiar, casi secreto, integrado en la propia dinámica de la obra, lo que casaba muy bien con el carácter más sinfónico que concertante de esta. Muy interesante también el timbre de su violín, un Stradivarius de 1709, oscuro y nítido, muy particular. En esta integración con la orquesta, Simovic entabló algunos diálogos notables con otros músicos, así con el violoncelo solista por ejemplo, en el segundo movimiento, el Langsam, donde supo percibir y mostrar el carácter melancólico, casi desolador (e, insistimos, muy moderno) de algunos pasajes.
A modo de conclusión, Simovic ofreció como propina una obra larga, que sirvió casi como epílogo paralelo al prólogo de Strauss: la Sonata n.º 3 en re menor op. 27, Ballade de Eugène Ysaÿe, en una intepretación donde de nuevo el virtuosismo impecable estuvo al servicio del discurso musical.
José Manuel Ruiz Martínez


