GRANADA / Un Mozart lírico y un Schubert noble y religioso

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 20-III-2026. Sabrina Gárdez, soprano. Marta Infante, mezzosoprano. Pablo García-López, tenor I. Francesco Luci, tenor II. Gerard Farreras, barítono. Coro de la Orquesta Ciudad de Granada (Héctor Eliel Márquez, director). Orquesta Ciudad de Granada. Director: Christian Zacharias. Obras de Mozart y Schubert.
Parecida a la tradición no escrita de interpretar El Mesías de Haendel por Navidad (sin que en puridad quepa atribuir a este oratorio una cualidad exclusivamente navideña), está la de programar obras de carácter religioso en las fechas próximas a la Semana Santa, sobre todo (esta vez con toda propiedad), las Pasiones de Bach entre otras composiciones similares. La OCG no suele ser ajena a este uso, pero esta vez lo ha realizado de modo atípico al proponer, dentro de su ciclo extraordinario de conciertos, la Misa nº 6 de Mi bemol mayor D 950 de Schubert. Acompañaba además a la misa en la primera parte la nada pía Serenata nº 9 en Re mayor K 320 “Posthorn” de Mozart, configurando así una especie de híbrido de Cuaresma y concierto convencional.
Contó para ello con su principal director invitado, Christian Zacharias, una presencia felizmente habitual ya en Granada, quien parece sentirse cómodo con la orquesta, y que desplegó su gestualidad habitual, sin batuta, suelta, ligera, desmayada, cimbreante y cordial, marcando algunos matices con el cuerpo, ora encorvándose, ora inclinándose peligrosamente con el torso echado hacia atrás. El resultado, en el caso de la serenata, fue un sonido limpio, un Mozart dulce y elegante, un poco de otra época (digamos para entendernos, a la Saint Martin-in-the Fields), con unas cuerdas estupendas y empastadas, pero al que le faltó, quizá por eso mismo, algo de energía y jovialidad, de contraste, sobre todo en el Allegro con spirito inicial y el Finale, aunque sin duda era una decisión deliberada, tanto de tiempo como de dinámica, que podía deducirse por los gestos de Zacharias y el espíritu del conjunto. Por el contrario, con esta decisión ganaron los movimientos lentos, como el Concertante, verdaderamente lírico y lleno de gracia, con unos magníficos vientos dando la réplica a las cuerdas en un fructífero diálogo, o el arranque lánguido y sombrío del Andantino, muy logrado. Los vientos —siempre los vientos de la OCG— estupendos en su salpimentado solista, en este caso con la simpática intervención de la piccolo y, cómo no, la de la trompa de postillón, tan fugaz como precisa, imprescindible para dar nombre a la pieza, sin olvidar last but not least a la siempre certera concertino.
Con la misa, y el mayor volumen orquestal, cambió el tono, ahora sí propiamente religioso. Fue una interpretación excelente en su conjunto, vibrante, densa pero nítida, emocionante, muy bien balanceada en su sonido en la relación entre el coro, la orquesta y los solistas. Quizá cabría reprocharle a Zacharias que las fugas resultaron algo lentas y pesantes, la del cum sancto spirito del Gloria al borde de lo aburrido, pero sin duda también clarísimas y solemnes. No obstante, en el resto de momentos el tiempo resultó preciso y elegante. El coro de la OCG estuvo excelente, una de sus mejores interpretaciones de los últimos tiempos, dúctil, capaz de matices emocionantes, con virtuosos cambios de volumen, dicción clara, preciso en los breves momentos a cappella y poderoso en los forti: qué gran atmósfera ominosa y de genuino temor de Dios crearon en el originalísimo Sanctus schubertiano, más amedrentado ante la grandeza omnipotente que cantor de su gloria. Los solistas estuvieron tan bien en sus brevísimas intervenciones —solidarias y de poco lucimiento en esta obra— tan apropiados, empastados entre ellos y claros en su enunciación, que echamos de menos haberlos podido escuchar un poco más, y esperamos que vuelvan pronto para lucirse como se merecen. En definitiva, el concierto que, desde un punto de vista estético y musical y aun las heterodoxias, se espera como preludio de la Semana Santa.
José Manuel Ruiz Martínez


