GRANADA / Trío Arbós: Noche y ensueño en la Alhambra

Granada. Alhambra. 17-VI-2024. Trío Arbós. Obras de Sánchez-Verdú y Schubert.
Concierto de cámara en en el Patio de los Arrayanes de la Alhambra en el que confluían dos de los ciclos propuestos por el festival para esta edición: el llamado Schubert esencial, y también el que recogerá algunas obras del compositor residente de este año, José María Sánchez-Verdú, cuya música sonaba por primera vez en este Festival. Así, el programa alternó en cada una de sus partes sendas piezas de este autor con los dos tríos con piano de Schubert, en un contraste muy sugestivo y bien pensado: En la primera parte, …In aeternam (del Trío II), obra de 1996, y el Trío en si bemol mayor D. 898, op. 99; en la segunda, un estreno absoluto de Sánchez-Verdú encargo del Festival: Jardín de agua II (Trío VI); y el Trío en mi bemol mayor D. 929 op. 100.
Las interpretaciones del Trío Arbós fueron extraordinarias, con una asombrosa capacidad para cambiar el registro, el tono, el volumen y las maneras del contemporáneo al clásico, en un eficaz juego de contrastes (en definitiva: lo que se pretendía con el programa). La primera obra de Sánchez-Verdú, …In aeternum fue breve, construida sobre algunas texturas tentativas de las que emergía de pronto un súbito y sombrío ostinato con un leve eco de reiteración minimalista y que volvía a quebrarse en miríadas de sonidos. En el caso del estreno, Jardín de agua II, como su nombre indica, fue una suerte de reflexión sonora en torno al agua cultivada, domesticada por el ser humano, obra que no renunciaba al juego de la mímesis, en una sucesión de timbres y texturas que, con una preponderancia continuada del piano en arpegios y ornamentos, iba desde los pizzicati del principio hasta cobrar poco a poco protagonismo la cuerda frotada y los glisandi entre otros efectos, con un clímax central; también caben destacar las sonoridades desautomatizadas y sugerentes, como alguna, recurrente, del violoncelo. El Trío Arbós desplegó una interpretación concentrada y asombrosa: una excelente carta de presentación del compositor y una manera óptima de traer la música de hoy al gran público, parte del cual, por cierto, resultó algo filisteo y se obstinó en aplaudir sin mucha convicción entre cada movimiento de los Tríos schubertianos hasta, por alguna razón, el final del célebre segundo movimiento del op. 100.
Por su parte, Schubert trajo, en la interpretación de los solistas, como decimos, su propia sonoridad característica, su elegancia, su elegía, su gracia y su jovialidad. Si la versión del op. 99 fue soberbia, me atrevería a decir que la del op. 100 se produjo en un verdadero estado de gracia, a la vez por compacta y contrastada, muy elocuente en el diálogo de los tres instrumentos. Algunos de las pequeñas cascadas del piano del Allegro inicial establecían un interesante diálogo en su dinámica con El jardín del agua de Sánchez-Verdú. El Andante con moto (inevitable no detenerse en él) resultó especialmente matizado y hermoso; y el último movimiento, el Allegro moderato, verdaderamente monumental.
El Trío interpretó como propina deliberada, como todo en este concierto, un arreglo del lied «Noche y ensueño» donde las cuerdas, especialmente el violín, sonaron delicadas y emocionantes como cierre de una velada inolvidable. No quiero incurrir en el lirismo crítico, menos en la cursilería, pero cuando corría la brisa por el patio y brizaba el agua de la alberca, proyectaba sobre la pared unos caprichosos y casi inverosímiles juegos de luces, como un deliberado espectáculo visual que acompañara a las piezas. Y doy mi palabra de que, durante las obras de Sánchez-Verdú, el reflejo tendía a ser de ondas concéntricas, aisladas y reiterativas, y, en el Schubert, masas móviles que se adensaban caprichosas. Es lo que tiene hacer música en la Alhambra.
José Manuel Ruiz Martínez
(foto: Fermín Rodríguez | Festival de Granada 2024)


