GRANADA / Todoterreno Nuno Coelho con la OCG

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 5-IV-2024. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Nuno Coelho. Obras de Mozart y Sibelius.
El octavo concierto de abono de la OCG tuvo un programa contrastado y singular, con la forma y la tonalidad de las obras como elemento conductor —pero ciertamente, el único—: por una parte, la Sinfonía nº 36 en do mayor K. 425, “Linz” de Mozart; y la Sinfonía nº 3 en do mayor op. 52 de Sibelius. Uno es un compositor nuclear y familiar para la OCG. El otro lo interpreta con menos frecuencia, lo que hacía la propuesta especialmente sugestiva.
En términos generales, cabe destacar la dirección de Coelho, cómo emana aplomo, asertividad y optimismo. Con movimientos precisos, medidos, enérgicos ma non troppo, casi siempre sonriente, la sensación que transmite es la de una seguridad esencial. Estas cualidades las supo comunicar a la orquesta y a las interpretaciones, cada una en su estilo y con sus necesidades, tan diferentes.
La sinfonía Linz sonó en este sentido elegante y tersa, luminosa, con tempi justos, al punto. Delicada en la rotundidad de los ritornelli del primer movimiento, tranquila en el segundo, elegante en el minueto, animada en el finale, y, no obstante, poco contrastada en las dinámicas, o al menos, no tan contrastada como nos tienen acostumbradas las interpretaciones al uso, vinculadas a criterios historicistas, a veces un tanto deliberadamente ásperas. ¿Es una impresión mía o, con orquestas como esta (es decir, sin instrumentos originales), se están retomando posibilidades interpretativas más libres y actuales que, paradójicamente, vuelven a paradigmas pretéritos? Sea como fuere, el sonido —magníficas cuerdas, estupendamente bien apuntaladas por los vientos y una percusión situada, de forma inusual, más baja y en un lateral— fue sólido, muy bueno, en la mejor línea, afortunadamente habitual, de la orquesta.
Con todo, lo verdaderamente interesante de un concierto como este fue comprobar cómo la OCG es capaz de cambiar por completo sus cualidades tímbricas de una pieza a otra hasta parecer una formación completamente distinta. En este caso, de la ligereza a la densidad, de la levedad al peso, y no solo por el aumento lógico de la plantilla.
La interpretación de la sinfonía de Sibelius sonó, en efecto, rotunda y empastada, telúrica por momentos, y, a su manera, tan compacta como la de Mozart —parece mentira que dos obras de treinta minutos aproximadamente cada una parezcan durar en la impresión del oyente tiempos tan distintos—. Muy logrados, en el primer movimiento, los sones iniciales de bordón, marcadamente rústicos, desde los que parte el motivo rítmico, obstinado, con el que se construye todo el primer movimiento, y muy bien los efectos conseguidos por el director para las cuerdas en general, y las graves en particular. Los tutti resonaban espectaculares, con los trombones aportando su color y peso específicos; también son destacables algunas intervenciones solistas de la madera (el scherzo). En definitiva, un concierto que muestra la buena forma de la orquesta y su capacidad para abordar repertorios heterogéneos, especialmente cuando, como era el caso evidente, se siente cómoda a las órdenes de un director.
José Manuel Ruiz Martínez


