GRANADA / ‘The Fairy Queen’ o el triunfo de la formación y el talento joven

GRANADA / ‘The Fairy Queen’ o el triunfo de la formación y el talento joven

Granada. Teatro Isabel la Católica. 2-VII-2021. Purcell: The Fairy Queen. Soraya Méncid, soprano. Roger Casanova, barítono. Víctor Cruz, barítono. Rebeca Cardiel, soprano. Serena Pérez, mezzosoprano. Christina Campsall, mezzosoprano. Coro de la Orquesta Ciudad de Granada. Academia Barroca del Festival de Granada. Director musical: Aarón Zapico. Directora de escena: Rita Cosentino.

Es un lugar común, al menos desde los albores de la civilización, despotricar contra los jóvenes. En los últimos tiempos, por las circunstancias particulares en las que nos hallamos inmersos, se han podido oír algunas jeremiadas notables al respecto. Por no hablar, en particular, de cuando se mira con desesperanza la relación entre la juventud y la llamada ‘música culta’. Pero todos estos lamentos y augurios cenizos se ponen en su contexto después de asistir a espectáculos como este The Fairy Queen, donde un grupo de jóvenes, tras un proceso de selección, se han reunido en torno a unos maestros para trabajar, pensar y hacer música juntos por iniciativa del Festival de Música y Danza de Granada. Y el resultado de todo, que se ofrece al escrutinio público, ha sido una versión de la obra de Purcell que recoge la música y reinventa el marco dramático (en esencia, una versión libre de El sueño de una noche de verano de Shakespeare) a partir de la idea original de semiópera, gracias a una escenografía espectacular y abigarrada y una puesta en escena simpática, alocada, más inverosímil que absurda, que resulta, no sé si de forma consciente, en un sofisticado pretexto escénico puesto al servicio de una música de belleza intemporal.

Desde que Aarón Zapico, el director musical, atento, concentrado, resolutivo, dirigiendo desde el clave muy pegado a su formación, ataca el preludio, comienza una sucesión de casi dos horas de excelente (y emocionante) interpretación que muestra el talento y el esfuerzo realizado durante el taller: precisión, elegancia, fuerza, lirismo, alacridad. Es impresionante el trabajo de estos músicos que, en tres semanas de trabajo conjunto, se han convertido en un genuino ensemble. Luego están las voces. Sería injusto destacar a alguno de los seis cantantes sobre los demás, porque sus actuaciones fueron sobresalientes; como además cada uno tenía su protagonismo más o menos sucesivo, el público podía asombrarse así sucesivamente con sus intervenciones.

Pero no solo destacaron en lo vocal (se ve ahí la proverbial buena mano formativa del contratenor Carlos Mena); también se revelaron como estupendos actores, muy precisos en sus movimientos y acciones escénicas, siempre muy cuidados (ahí, la buena mano de la directora de escena): hay que ser muy bueno para cantar con tanta elegancia y dominio, mientras a la vez se hace el ganso de forma tan graciosa y estudiada en la mejor tradición de la pantomima. Al asistir al espectáculo, conceptos como “joven” y “promesa” se desvanecían: solo había buena música estupendamente bien interpretada. Los acompañaba el coro de la OCG, cuyo director, Héctor Eliel Márquez, ha conseguido convertir en una formación solvente y todoterreno: ora en el foso, ora en acción, desplegándose por la escena como ayudantes mágicos, durante toda la obra fueron realizando un comentario musical, matizado y elocuente, de la acción dramática.

La ‘cultura’, ese concepto tan vago y manoseado, sobre todo cuando se vincula con lo público, quizá tenga que ver con esto: proporcionar medios y espacios de formación desde la base para que el talento, más o menos joven, pueda aprender, desarrollarse y encontrarse con la tradición para poder así releerla y darle continuidad.

(Foto: Fermín Rodríguez)