GRANADA / Sondra Radvanovsky en la Alhambra: historias de una diva

Granada. Patio de los Arrayanes de la Alhambra. 30-VI-2025. Sondra Radvanovsky, soprano. Anthony Manoli, piano. Obras de Purcell, Haendel, Rachmaninov, R. Strauss, Dvořák, Heggie, Giordano, Cilea y Verdi.
No parece apropiado hablar del vestido elegido por un intérprete a la hora de dar un concierto, sobre todo porque, por lo general, se hace solo con las mujeres y es una muestra relativamente inocua pero clara de sexismo. No obstante, en el caso del recital de la soprano Sondra Radvanovsky en el Patio de los Arrayanes de la Alhambra, creo que resulta pertinente por lo que tenía de declaración de intenciones: la soprano no apareció con el (quizá) esperable vestido de noche más o menos espectacular, sino con un traje chaqueta blanco, sencillo—y el pianista, por cierto, con camisa de manga corta—, que me parece que marcaba el tono del concierto (al poco, se desprendió de la chaqueta y, en la segunda parte, cantó con un vestido ligero, colorido, veraniego). En efecto: el recital se caracterizó por la sencillez y la informalidad, no en un sentido peyorativo, sino como planteamiento escénico: una pretendida reunión de amigos, una suerte de monólogo confesional con canciones intercaladas.
Así, tras cantar «When I am laid in earth» del Dido y Eneas de Purcell, y «Piangerò la sorte mia» de Giulio Cesare de Haendel, la Radvanosky, tras saludar en español, comenzó a hablar en inglés (mala suerte para quien no conociera el idioma, porque habló mucho). Con simpatía e indudable encanto, dijo que el recital venía a ser un recuento vital, que se había divorciado, que había muerto su madre y que además había encontrado al amor de su vida, que estaba entre el público (y al que señaló sin rebozo varias veces a lo largo del concierto). Que el recital contaba la historia de un camino from loss to hope: de la pérdida a la esperanza. Por eso, además, había comenzado con estas dos arias barrocas: porque fue lo primero que aprendió a cantar —y en parte también porque hablaban de la traición amorosa—. El pretexto biográfico explicaba lo extraño de esta elección. No se trata de buscar una interpretación historicista donde no era posible; pero la soprano estuvo en estas obras encorsetada y contenida, su voz como un torrente que apenas puede dominarse —e impresionante cuando podía liberarlo en algún momento concreto—, supliendo con musicalidad y oficio cierta inadecuación vocal y el punto excesivo de vibrato. En este sentido, el recital fue un irse encontrando y liberando paulatinamente conforme se acercaba a su repertorio natural.

Continuó con tres canciones de Rachmaninov, que le enseñó, según siguió contando, el malogrado Dmitri Hvorostovsky. Resultó una interpretación muy bonita, noble y sentida, que en el contexto del lugar estuvo impregnada de un indudable encanto romántico. Fue un acierto, además, que el concierto se subtitulara, de manera que arias y canciones cobraron su pleno sentido como música y palabra. Después, Radvanosky contó que estaba ampliando su repertorio y que estaba cantando a Richard Strauss por primera vez en su carrera. Ahora los poemas se adensaron en su sentido en comparación con la ingenuidad de los de Rajmáninov. También lo hizo la propia música y la voz de la soprano, cada vez más cómoda, libre y expresiva. Cabe destacar la impresionante ejecución de «Befreit», op. 39 nº 4, y el emocionante «Morgen!», op. 27 nº 4 cantado en un bellísimo y contenido piano.
Para la segunda parte estaba previsto un interludio a cargo del pianista, que toda la noche estuvo en un profesional, eficaz y cómplice segundo plano, con la interpretación de los Tres sonetos de Petrarca de Liszt. Pero la soprano volvió a escena diciendo que la noche era muy bonita y alegre, que se acordaba de su padre, nacido en la República Checa y, con gracia de diva, dijo que iba a cambiar el programa y cantar la «Canción a la luna» de la ópera Rusalka de Dvořák. Aquí su potencia de voz y sus sobresalientes cualidades de soprano operística comenzaron a brillar, a pesar de la emisión un poco densa y el punto de más de vibrato. La luna no tuvo a bien comparecer, pero, si lo hubiera hecho reflejándose en la hipnótica alberca del patio, habría sido espectacular.
Y llegó el momento de la pérdida de su madre y también de la esperanza (el amor de su vida es el médico que la atendió y así se conocieron, según contó también): primero cantó una letra propia escrita al morir su madre y musicada por Jake Heggie, una pieza ingenua y terapéutica, pero que seguramente caló por esto mismo en las emociones del público. Y, por último, «La mama morta», de Andrea Chénier de Giordano (donde en efecto, tras la muerte de la madre, triunfa el amor). Aquí Radvanosky llegó al culmen del recital, con un sonido bellísimo, poderoso, el vibrato encauzado y un impresionante sentido dramático; estaba en su elemento: la voz dominaba el espacio. Luego remató con dos arias de propina más que, junto con la anterior, fueron la sensacional apoteosis del concierto: «Io sono l’umile ancella», de Adriana Lecouvreur de Cilea (espectacular messa di voce final), y «Pace, pace, mio Dio!» de La forza del destino de Verdi. Un maravilloso recital con la historia de una vida y de una diva.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Festival de Granada | Fermín Rodríguez)


