GRANADA / Silvia Márquez y la OCG: delicadeza y tempestad barrocas

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 12-IX-2025. Orquesta Ciudad de Granada. Clave y dirección: Silvia Márquez. Obras de Rebel, C. P. E. Bach, Rameau y Vranický.
Primer concierto de la temporada de la OCG, planteado, como en otras ocasiones, en el contexto de un miniciclo barroco a modo de preludio a la temporada sinfónica. En este caso, con un programa de obras poco interpretadas y, por ende, muy interesantes. Se hicieron, de Jean-Féry Rebel, Les caractères de la danse, el Concierto en mi menor para clave, cuerdas y bajo continuo Wq. 15 H 418 de Carl Philipp Emanuel Bach, una suite orquestal de Naïs de Rameau y, por último, la Sinfonía en re menor «La tempesta» de Pavel Vranický —que en puridad es ya un compositor plenamente clasicista—.
Silvia Márquez dirigió desde el clave —que además es el suyo, que la acompañaba—, y lo hizo con gestos mínimos y precisos, como dando solo las indicaciones necesarias. La obra de Rebel, cuyos distintos números de danza se interpretan sin solución de continuidad, sonó elegante y ligera, variada y graciosa, con el continuo diálogo entre cuerdas, y vientos, casi como en dos planos diferentes que apenas si se cortan entre sí, muy bien llevado. Las cuerdas siguieron sonando ligeras y muy precisas en el concierto de C. P. E. Bach, donde Márquez —que pasaba con el clave en su función ancilar de acompañamiento al discurso solista de forma ligada y elegante— desplegó todo su elocuente virtuosismo con el instrumento. Supo además equilibrar muy bien el sonido del clave, mínimo pero siempre presente en su inacabable floritura, con las cuerdas, que en no pocas ocasiones llegaban a adelgazar su intensidad para dejarle al teclado su protagonismo. Especialmente logrado en ese sentido fue el diálogo entre el violín solista (que dio algunas notas graves, sostenidas, tan tenues que eran casi una intuición del sonido), la viola, y algún apunte ocasional de un segundo violín del adagio y que constituyó un momento precioso de levedad triste y galante.
Contrastó toda esta levedad de la primera parte con la segunda, estruendosa y jovial. Así sonó la suite orquestal de la ópera Naïs de Rameau, variada, brillante y colorida en su orquestación, mejor de hecho en los números tranquilos y leves que en los grandilocuentes, que a veces se descompensaban en los distintos planos sonoros, y con algunas notables intervenciones solistas en los vientos.
Por último, la sinfonía de Vranický, que sin duda hace honor a su sobrenombre tormentoso, y que ya planteaba una indudable expectativa escénica con la presencia de toda una panoplia de instrumentos de percusión (incluida una máquina de viento y una enorme lámina metálica para los truenos) y que la percusionista, Noelia Arco, manejó con su solvencia habitual en conjunción con los atronadores (nunca mejor dicho) timbales de Jaume Esteve. Sonó la sinfonía poderosa, plena de Sturm (¡de nuevo, nunca mejor dicho!) y de Drang desde su inicio, con un primer movimiento verdaderamente dramático y tronante y muy bien contrastado con la calma lírica del Adagio, con unas bonitas cuerdas en sordina, para desembocar finalmente en la tormenta propiamente dicha, ingeniosa en su mimetismo—también un poco ingenua en comparación con otras sucesoras más ilustres—, donde de nuevo los solistas de viento (la flauta, también una divertida imitación entre el oboes y fagots) descollaron para culminar en un final en el que se atisba el triunfo final del sol.
José Manuel Ruiz Martínez


