GRANADA / Sergei Dogadin y la OCG: un Brahms noble y emotivo

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 9-II-2024. Sergei Dogadin, violín. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Obras de Brahms.
El sexto concierto de abono de la Orquesta Ciudad de Granada estuvo dedicado en su integridad a Brahms: el programa lo formó el Concierto para violín en re mayor op. 77 y la Sinfonía nº 1 en do menor op. 68. Acostumbrados a interpretaciones de Brahms con formaciones mayores, la OCG se veía en este concierto mínima, clásica y compacta. Macías dispuso esta vez las cuerdas con los violonchelos en el centro y los violines primeros y segundos enfrentados, lo que no suele ser lo habitual en esta orquesta. El resultado fue magnífico, porque en efecto la orquesta sonó compacta y clásica, y ofreció un Brahms muy sólido, pero también emocionante, donde se destacó su equilibrio esencial —formal, estructural— sin renunciar por ello a los momentos de exaltación romántica. En este caso, la proverbial elegancia en la gestualidad de Macías se correspondió exactamente con la elegancia de las versiones, especialmente en el Concierto para violín, cuya interpretación resultó redonda.
El solista, Sergei Dogadin, estuvo sobresaliente, espectacular, con una combinación extraordinaria de precisión y sentimiento. Expresivo, del tipo de solistas de violín que se mueve por escena (hasta el punto de pensar que podía arramblar con alguna partitura de la orquesta en algún ataque), y con el tupé ondeando en los staccati como el ala de un pájaro a punto de alzar el vuelo, ofreció una versión noble y sentida, donde el agudísimo y característico timbre del violín en este concierto y sus dobles cuerdas sonaron siempre tersos y emocionantes sobre el fondo de una orquesta muy bien empastada (y a veces con unas cuerdas no menos agudas que las del solista compitiendo con él). Precioso el solo de oboe —qué prodigio siempre Eduardo Martínez, el solista— escoltado por el resto de las maderas con que se abre el segundo movimiento antes de que tome el relevo de la melodía el violín, o el final del movimiento, que se extinguió de forma mágica; también la exaltación del tercero, con el trino de flautas desatado punteando el tema húngaro… Como propina, Dogadin ofreció Flamenco Fantasy, de Aleksey Igudesman: una pieza característica de exhibición casi circense donde tienen cabida todos los efectos posibles que pueden realizarse con un violín (y algunos casi imposibles); creo que pocas veces se ha visto una ejecución de una obra de este tipo realizada con tal limpieza, sin falla alguna en ningún cambio, salto o transición, en una interpretación estupefaciente que evocaba cierta noción de “más difícil todavía”.
La versión de la sinfonía transcurrió por los mismos derroteros que el concierto: solidez, hondura y emoción contenida. Especialmente brillante en los momentos más exaltados (el comienzo fue espectacular en su dramatismo punteado implacable por el timbal), y en el paroxismo conflictivo de los desarrollos, pero también muy noble por ejemplo en la calma de himno del célebre tema “beethoveniano” del cuarto movimiento. La orquesta, de nuevo con la cuerda sedosa, contrastada —agudos contra graves— tan característica de Brahms, muy bien servida, y cabe destacar una vez más asimismo la excelente calidad de las maderas, solistas y en conjunto, y la breve pero noble intervención de la concertino con el solo de violín al final del segundo movimiento.
José Manuel Ruiz Martínez


