GRANADA / Seong-Jin Cho, brillantez y delicadeza

Granada. Palacio de Carlos V. 22-VI-2024. Seong-Jin Cho, piano. Obras de Ravel y Liszt.
Concierto del pianista Seong-Jin Cho dentro del ciclo de “grandes intérpretes” del Festival de Granada. Y ciertamente hizo honor al nombre del ciclo. Escogió para la ocasión una primera parte con piezas de Ravel: la Sonatine, los Valses nobles et sentimentales, y Le tombeau de Couperin. Para la segunda parte, Liszt: Los Anées de pèlerinage, el Deuxième année, “Italie”, S. 161.
Cuando un concierto resulta tan redondo en su ejecución es difícil extenderse sin redundar en determinados adjetivos que, además, pueden resultar triviales y gastados. Fue una interpretación deslumbrante en su brillantez y sensibilidad. Cada uno de los dos compositores tuvo su tono y su carácter propio. En el caso de Ravel, casan bien con la interpretación de Seong-Jin Cho los adjetivos que el propio autor puso a su pequeña suite de valses: noble y sentimental. Por ejemplo, en esta obra concreta, demostró un dominio impresionante del tempo y del swing propio del vals, atravesado además por el tamiz irónico de Ravel, una ironía amable, tan característica, y que el intérprete supo captar en la aceleración o la ralentización de los distintos movimientos y en el uso del rubato. El otro adjetivo apropiado para esta parte fue la delicadeza, a la que aunó una impresionante claridad, así en todas esas miríadas de notas ravelianas como un continuo y mínimo juego de agua. La citada ironía amable, fascinada en el fondo con el supuesto objeto de la parodia, continuó en Le tombeau de Couperin, entre otros lugares, en la precisa y maravillosa ejecución de la Fuga, en la evocación arcaizante y casi esotérica del pasaje de marcha central del Rigodón —¿qué pensará Seong-Jin Cho de los fugaces momentos pentatónicos cuando se presentan, qué le evocarán?—. También en ese terminar vaporoso de varios números, en un trino leve, que parece prometer una continuación.

En Liszt el tono se adensó se hizo más sonoro, con un fraseo y un legato más rotundo, y mayor potencia en el ataque. A diferencia de otros grandes maestros, no es Seong-Jin Cho un pianista que al verlo tocar parezca que lo hace sin esfuerzo aparente. No hay gesticulación excesiva, pero sí tensión. La música lo atraviesa en leves descargas que lo arquean; se agacha hasta casi rozar el teclado con la nariz en los pasajes delicados; y, sobre todo, asiente de vez en cuando, como seguro de sí, en momentos clave. Sea como fuere, subsistía la capacidad para cambiar de registro, el matiz y el temple, el dominio sobre la materia. Así, el tono sombrío, ominoso casi, de Il Penseroso; la gracia maestosa y obstinada de la Canzonetta del Salvator Rosa; el lirismo arrebatado de los sonetos del Petrarca, cuya cumbre se alcanzó, a mi juicio, en el 104. Y, por último, la brillantísima Après una lecture du Dante, subtitulada significativamente Fantasia quasi sonata, donde ejecutó con asombrosa celeridad y nitidez los pasajes típicamente fáusticos de Liszt, especialmente en el registro grave y con la mano izquierda. Pero además, no se trataba tan solo de pirotecnia o habilidad. La precisión, la técnica depurada estaba al servicio de una idea, resultaba elocuente aunque pudiera pecar de fría por perfecta.
Seong-Ji Cho agradeció los aplausos con una versión del celebérrimo Träumerei de las Kinderszenen op. 15 de Schumann un tanto desganada, como la del artista agotado que ofrece un último regalo por cortesía, pero que no deslució una noche apoteósica, que culminó con unos saludos encantadores del intérprete a uno y otro lado del escenario a modo de despedida definitiva.
José Manuel Ruiz Martínez
(foto: Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


