GRANADA / Segundo concierto granadino de Mäkelä, intensidad en el podio

Granada. Palacio de Carlos V. 30-VI-2024. 73 Festival de Granada. Orchestre de Paris. Director: Klaus Mäkelä. Stravinsky: Petrushka (Ballet, versión 1947). Debussy: Prélude à l’après-midi d’un faune. Mozart: Sinfonía nº 31 en re mayor «París», K 297.
El segundo concierto del joven finlandés Mäkelä al frente de la Orquesta de París traía un programa variado, aunque ordenado de forma singular. Abrió el fuego la revisión que Stravinsky llevó a cabo en 1946-47 de la música compuesta para el ballet Petrushka. Revisión de orquestación, indicaciones de tempo y también de la propia música, pensado todo ello para la ejecución en concierto y no tanto para las representaciones de ballet. De hecho, la partitura concluye con un acorde de violas, chelos y contrabajos en piano, pero Stravinski añadió 10 compases más con la indicación “final para la interpretación de la obra en concierto”. Ese final concluye con un acorde rotundo de toda la orquesta en fff, que invita al aplauso inmediato, pero Mäkelä optó, creo que con buen criterio, por omitir dicho final ayer y concluir la interpretación con el final escrito para el ballet, lejos del cierre brillante, pero más adecuado a la narrativa.
El titular de la orquesta parisina, que aunque siempre tiene la partitura delante apenas la mira y es evidente que dirige de memoria, lució su mejor técnica de batuta marcando con precisión la siempre endiablada rítmica cambiante de Stravinsky. Vive el joven finlandés la música con intensidad, y dota a su planteamiento de indudable colorido y vigor rítmico, ingredientes que le van a esta música como anillo al dedo. La narrativa, en cambio, pareció más afortunada en resaltar el lado más desenfadado y colorista que el drama que a menudo subyace.
La partitura de Stravinsky sí retrata, en cambio, las virtudes y limitaciones de una orquesta, porque, como todas las de su autor, es de encaje complicado en el ritmo cambiante, exigente el máximo en la ejecución, y la orquestación brillante pone a prueba los balances, aspecto aún más problemático en la complicada acústica del Carlos V, traicionera como he apuntado en otras ocasiones en lo que a la escucha de los músicos entre ellos se refiere.

Y eso quedó también en evidencia ayer. Las dos secciones de violines lucen buen timbre, pero el empaste y ajuste no siempre es redondo, y ello pese al evidente esfuerzo del concertino invitado, Andrea Obiso (de la Orquesta de la Academia de Santa Cecilia de Roma) por asegurarlo. El solista de trompeta estuvo más centrado que el día anterior, y lució muy bien su pasaje en La estancia del moro, al igual que, junto a fagot y flauta, en el vals que cierra la tercera parte. Los trompas, en cambio, parecieron de nuevo fallones, tanto en el número inicial como en la Danza de las nodrizas y la Danza de las gitanas. La Danza rusa tuvo brillantez, aunque el pianista Jean Baptiste Doulcet pasó en ella un tanto inadvertido.
La segunda obra del programa, tras el descanso, era el Preludio a la siesta de un fauno de Debussy, obra que los mismos intérpretes grabaron no hace mucho (precisamente junto a Petrushka) para Decca. La dibujó Mäkelä con sugerente evanescencia inicial, con un buen solo de flauta, y logró quizá, en lo que a ejecución se refiere, el mejor resultado de la orquesta, con una sonoridad bella y sugerente en una música que sin duda conocen y dominan bien.
Cerraba el programa la sinfonía que Mozart compuso en París en 1778, y que se estrenó en la capital francesa en junio de ese año: la nº 31 en re mayor K 297 (300a). Mäkelä la afrontó con un nutrido contingente de cuerda (no podría precisar número y distribución dado que en el Carlos V las localidades están en un plano inferior al del escenario y no pude hacer recuento), y tomando nota de la pauta históricamente informada en lo que se refiere al vibrato de la cuerda y las baquetas duras del timbal, aunque sin trompas ni trompetas naturales.
Mozart es también (como Haydn o Beethoven) de los que rápidamente desata costuras no bien fijadas en cuanto a ajuste, especialmente en la cuerda. Hay que aplaudir que Mäkelä asumiera riesgos y se lanzara con decisión a una interpretación vigorosa, brillante (como la obra misma), aunque en esa decisión la agrupación parisina quedara por detrás de las intenciones de su titular. La cuerda se vio apurada en más de una ocasión tanto en el allegro assai inicial como en el allegro final, porque en ninguno de los dos ahorra Mozart pasajes que exigen una agilidad de articulación que son toda una prueba para asegurar el encaje adecuado. La intención de Mäkelä fue más que plausible, pero el resultado pareció corto respecto a ella.

El finlandés optó por la versión alternativa del segundo movimiento, que no se escucha a menudo. El prólogo a la edición de la partitura en la Neue Mozart Ausgabe describe en palabras del propio Mozart la razón por la que escribió ese andante alternativo: “la sinfonía se estrenó, con grandes aplausos, el día del Corpus Christi… su éxito ha sido excepcional… sólo el andante ‘pareció no correr la misma suerte en cuanto a agradar al público…’”. Más adelante, Mozart comenta que Le Gros, el mandamás del Concert Spirituel donde se estrenó la obra, había apuntado que ese andante “es demasiado largo y tiene demasiadas modulaciones”. Lo de “demasiado largo” parece para nota, teniendo en cuenta que la sinfonía entera no llega a los 20 minutos. Pero, en fin, esas eran las pautas. Aunque Mozart declaró sin duda estar completamente satisfecho con el andante que había escrito, compuso otro, más breve y sencillo, que fue el que se escuchó ayer. El compositor, finalmente, escribió que ambos eran de su agrado, cada uno con su carácter.
La breve sinfonía obtuvo una interpretación de acentos plausiblemente vigorosos, aunque sin llegar a los extremos de Harnoncourt o algunos otros en esa línea. Elegante y luminosa, aunque discreta en lo que a la ejecución se refiere. Éxito muy grande de un director comprensiblemente muy querido por el público (tiene una simpatía natural y un gancho indudables). Al contrario que el día anterior, esta vez sí hubo regalo: se repitió el último tiempo de la sinfonía mozartiana. El resumen bien podría ser el titular que encabeza esta reseña: Mäkelä vive su labor con la intensidad y eso, qué duda cabe, llega. Aguardamos con ganas su siguiente visita (dos conciertos) con la Orquesta del Concertgebouw en la temporada de Ibermúsica.
Quien esto firma cierra por esta temporada el capítulo de reseñas de conciertos, y aprovecha para desearles a todos un feliz verano. Obligado agradecimiento y felicitación al Festival de Granada, que tan brillante singladura ha tenido estos años, un logro extraordinario de Antonio Moral y su equipo. Ojalá esa brillante andadura continúe con quienes tomarán el relevo.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


