GRANADA / ‘Requiem’ de Verdi: Drama con excelente dirección, orquesta y coro, pero desigual cuarteto solista

Granada. 74 Festival de Granada. Palacio de Carlos V. 6-VII-2025. Orchestra e Coro dell’ Accademia Nazionale di Santa Cecilia. Director del coro: Andrea Secchi. Federica Lombardi, soprano. Teresa Romano, mezzosoprano. Francesco Demuro, tenor. Giorgi Manoshvili, bajo. Director: Daniel Harding. Verdi: Misa de Requiem.
La segunda participación de la Orquesta y Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia en el Festival de Granada se centraba en una obra colosal: la Misa de Requiem de Giuseppe Verdi, que estos mismos intérpretes ofrecerán también en Sevilla el día 7. El comienzo susurrado y doliente de la cuerda grave y el coro, en un canto apenas perceptible (Verdi prescribe ppp sottovoce y, como si le pareciera poco exigente, apunta inmediatamente después, il più piano possibile, sobre las palabras requiem aeternam), estremece en su sencillez porque contiene una mezcla emocionante de dolor, temor… y hasta resignada impotencia. Llega inmediatamente el apabullante terror en el arrollador Dies Irae, con orquesta y coro en unos tutti devastadores en su contundencia, inclementes como el propio juicio final que anticipa el texto. Pasamos aquí al otro extremo: hasta 5 f demanda Verdi, que en este momento no escatima recursos para demoler al oyente. Y luego, en estos primeros números, el golpe, sin duda muy teatral, del Tuba mirum. Prescribe Verdi para él 8 trompetas: 4 en escena, 2 más “fuera de escena e invisibles”, y otras dos “fuera de escena, en otro lugar y también invisibles”. La fanfarria resultante, que crece hasta que se suma todo el metal (se añaden las 4 trompas, los tres trombones y la tuba, fff con tutta forza) antes de la explosión del coro, también a pleno pulmón) tiene un efecto dramático devastador.
Más adelante, Verdi despliega la plegaria (Ingemisco), el canto hasta jubiloso (Sanctus), la súplica, primero como ruego (Agnus) y luego con ansiedad, casi angustiada (Libera me). La obra en su totalidad, de principio a fin, supone un tránsito de emociones realmente difícil de resistir. Una misa de difuntos escrita por un agnóstico, que nos llega de forma profundamente humana, con un impacto emocional tremendo, que trasciende la creencia, y en la cual, sin embargo, no es difícil encontrar esos rasgos de oración mencionados. Se ha dicho a menudo que el Requiem es la mejor ópera de Verdi. Sin embargo, en una entrevista muy reciente, un intérprete de la obra tan distinguido como Riccardo Muti, expresa su desacuerdo. Considera Muti que el Requiem es, en alguna medida, casi imposible de interpretar, precisamente porque los extremos demandados en cuanto a dinámica por el compositor (además de lo ya apuntado, hay pasajes en los que demanda hasta 6 p, como en los susurrados coros durante el Liber scriptus) parecen imposibles. Más aún, se exige a los cantantes que, sin perder sus voces “operísticas” no canten como si estuvieran cantando ópera. Lo expresa de forma inequívoca cuando se refiere al tenor en el Ingemisco. “Es una oración, no un aria de ópera… tienes que decir que estás llorando, pero sin llorar tú mismo… es extremadamente difícil… los pianissimi tienen que ser extremos… pero deben tener cuerpo, sustancia”.

Sí, el Requiem es una obra profundamente emocionante, desgarradora, una “interpretación hecha por un agnóstico del drama del día del Juicio Final, magnífica por su intensidad y por la compasión de su trágica visión de la condición humana” por utilizar las palabras de Charles Osborne que menciona Reverter, y, como señala Muti, extraordinariamente difícil para cantantes, coro y orquesta, por no hablar, por supuesto, de quien preside la interpretación, que no solo ha de gobernar la imponente masa orquestal y coral, sino que ha de ser capaz de dibujar con precisión esos inverosímiles extremos dinámicos citados, y de llevar a los cantantes a esa suerte de contradicción en la que, sin renunciar a su vena operística en su carácter vocal, eviten una línea de canto que les aleje de la expresión deseable en esta partitura, que no es una ópera, aunque en muchos aspectos lo parezca. En cuanto al cuarteto solista, detalla con su proverbial conocimiento Reverter en sus notas los requerimientos, que no son pocos. Por resumir, o el cuarteto solista es de plena garantía o es fácil que la costuras salten.
Las cosas empezaron de forma inmejorable: un estupendo pp de la cuerda y un susurro del coro (genuino ppp sottovoce) sobre la palabra Requiem. Los precisos reguladores dibujados por Harding, con sobresaliente respuesta de orquesta y coro, crearon la atmósfera adecuada. Correcta sin más la aportación de los solistas en el Kyrie. Se situaron justo delante del coro, tras la madera. Teniendo en cuenta las características del recinto, no estoy muy seguro de que la ubicación fuera la mejor en cuanto a la proyección de las voces. Sonó rotundo, apropiadamente atemorizador, imponente, el Dies Irae, con el coro y la orquesta respondiendo magníficamente en cuando a sonoridad y empaste. Consiguió el maestro británico un estremecedor contraste sobre las palabras Quantus tremor est futurus, de nuevo con un espléndido ppp sottovoce, como demanda Verdi. Precisa igualmente la matización de las trompetas en el inicio del Tuba mirum. El efecto conseguido por un crescendo muy bien graduado, con las trompetas fuera de escena situadas a ambos lados de la galería superior del Carlos V, produjo el fuerte impacto deseado (y buscado por Verdi, claro está): el aterrador dibujo del juicio final. Ya en el Mors stupebit mostró una clase notable el bajo georgiano Manoshvili, un bajo cantante (lo que pide la partitura, como apunta Reverter en sus notas) de buena presencia, atractivo timbre, con buena emisión, impecable matización y precisa entonación. Sería uno de los dos puntos fuertes del cuarteto solista.

Temo no poder decir lo mismo de la contribución de la mezzo Teresa Romano que, por lo que vemos en su biografía, ha transitado desde el registro de soprano al de mezzo. La decisión, teniendo en cuenta los buenos graves escuchados y el color y cuerpo de la voz, parece acertada. La de Romano tiene sin duda el color de una mezzo dramática, y en eso cumple con los requisitos de la partitura que, como señala Reverter, demanda centro y graves consistentes. Pero también, en efecto, ha de ascender con frecuencia a zonas más confortables para una soprano. A priori, uno esperaría que eso no fuera un problema para quien procede de ese registro. Y sin embargo fue justamente en los agudos donde la entonación de Romano no fue a menudo todo lo precisa que sería deseable. Ya desde el salto al mi en su primera frase del Liber scriptus la entonación se antojó baja (Verdi no facilita las cosas, todo hay que decirlo, exigiendo que el salto se produzca en pp). Sin embargo, no parece que la cuestión estribe en la tesitura, porque después alcanzó alguna altura superior sin aparente problema (el fa sostenido sobre la sílaba inicial de Judex, por ejemplo, bien es cierto que aquí cantado en ff). Lo cierto es que esa insegura entonación lastró buena parte de su contribución (muy especialmente un Lacrimosa que no terminó de conseguir la doliente intensidad que encierra), lo que no deja de ser una lástima, porque la de la mezzo en esta obra es una participación abundante y de gran importancia.
No deslumbró tampoco al firmante la voz del tenor Demuro, que pareció un tanto tirante y engolada en el agudo, y sonó algo ahogada en su esfuerzo por apianar adecuadamente el Ingemisco. La soprano Lombardi marcó, junto al bajo, el punto más alto del reparto. Bonita voz, bien timbrada y con emisión suficientemente segura y bien proyectada. Dibujó con acierto ese momento precioso, de exquisito lirismo, que es el dúo (muy operístico, hay que decirlo) con la mezzo en el Quaerens me.

Resolvió muy bien Harding el doble coro del Sanctus, de más que comprometido encuadre. Como a lo largo de los dos días, estupenda la respuesta del Coro de la Santa Cecilia. Igualmente logrado el Agnus, con buen dúo de soprano y mezzo, pese a la tendencia de esta, aquí y allá, a quedar baja de entonación. Mejoró Romano en el Lux aeterna, punto en el que, en cambio, flojeó un tanto Demuro, inseguro en la entonación y sin el matiz adecuado. Llegó el Libera me, muy dramático, y encontró a una Lombardi muy inspirada. Ejemplar su ppp dolcissimo sobre las palabras Requiem aeternam, muy bien secundada por el coro. El final de esta sección, antes del retorno al Libera me, trae otro momento de esos imposibles señalados por Muti: le pide a la soprano, sobre una última mención de la palabra Requiem, un ascenso al si bemol agudo con pppp. Lombardi dio la nota con precisión, pero no pudo ajustar ese casi inhumano pppp. Si consiguió Harding cumplir esa misma exigencia con el coro en el acorde final de la obra (bien es cierto que sin parecida exigencia de tesitura). El público respetó, albricias, los brazos en alto del maestro británico y no aplaudió hasta que Harding no los bajó. Muy de agradecer en obra que crea un clima tan especial.
Interpretación, en fin, muy notable, bien contrastada y planteada, más inclinada al drama (del que tuvimos muy buena dosis) que a la oración, ésta tal vez más afectada por un cuarteto solista de desigual prestación. Orquesta y coro confirmaron la formidable clase mostrada ya en la primera velada.
Rafael Ortega Basagoiti


