GRANADA / Pleitesía del marco incomparable

GRANADA / Pleitesía del marco incomparable

Granada. Palacio de Carlos V. 13-VII-2020. 69º Festival Internacional de Música y Danza de Granada. Orquesta Nacional de España. Director: David Afkham. Obras de Beethoven.

No tuvo su día la Orquesta Nacional en su segunda comparecencia en el Festival de Granada, con un monográfico Beethoven que hizo aguas por bastantes sitios. Si en la primera jornada, la OCNE sonó más que bien con un Mozart diferente y repensado liderado por Josep Pons, ahora ha naufragado con el Beethoven animoso, vibrante —en ocasiones quizá hasta el exceso— y de vivos tiempos de un David Afkham (1983) que, liberado de la tiranía de la batuta, mostró finas maneras y una gestualidad acaso más hermosa que efectiva. Fue un Beethoven más de impacto y lucimiento que de resabios historicistas. Una mezcolanza de las viejas y nuevas maneras preparada con habilidad e inatacable rigor por la rotunda impronta personal del maestro alemán de origen iraní.

Pero el naufragio no se debió  a que los conceptos, estilos o maneras fueran más o menos pertinentes, sino a la pobre prestación de una devaluada orquesta que poco o nada tenía que ver con la escuchada solo dos días antes. Si con Pons sonó perfectamente ensamblada, como un buen conjunto de rango europeo, en esta ocasión lo que se escuchó fue una formación destemplada, desajustada más allá de lo tolerable y desafinada hasta lo indecible. Es de suponer que a tan baja prestación instrumental no resultara ajena la mucha lluvia caída apenas un par de horas antes del concierto sobre el patio central del Carlos V, lo que originó un alto índice de humedad ambiental y una repentina bajada de temperaturas que repercutió severamente en la afinación de los delicados instrumentos. Es la pleitesía del marco incomparable.

Asombra que ni el concertino ni el maestro tuvieran la sencilla idea de afinar entre movimientos y movimientos para al menos hacer tolerable la escucha. En la memoria queda el flautín calando hasta lo indecible en el Allegro final de la Quinta sinfonía, o las trompas a su aire pifiándola cada dos por tres. También para el olvido la llamada de la trompeta desde la galería superior del Carlos V en la obertura Leonore II.

Fue precisamente en esta obertura que porticó el programa donde la OCNE recordó más al calibrado conjunto sinfónico escuchado dos días antes. También donde Afkham cuajó el mejor Beethoven de la noche: libre, brillante, dramático y con una fluida e ininterrumpida línea expresiva. Luego, en la Segunda sinfonía, aún tan anclada en sus raíces clásicas, todo siguió siendo lo mismo. Y luego, en la Quinta, más de lo mismo. Fue así un Beethoven demasiado homogéneo y unitario. Casi más Afkham que Beethoven. Al final, después del frenesí de los acordes que cierran la más popular sinfonía de la historia, llegó el silencio e inmediatamente los aplausos, generosos para lo que se había escuchado. Pero la noche seguía fría en el marco incomparable.

(Foto: Fermín Rodríguez)