GRANADA / Petrenko, Leonskaja y los mejores “cuartos” de la literatura musical

Granada. Palacio de Carlos V. 12-VII-2024. 73 Festival de Granada. Elisabeth Leonskaja, piano. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Dirección musical: Vasily Petrenko. Beethoven: Cuarto concierto para piano y orquesta. Bruckner: Cuarta sinfonía, “Romántica”.
Nueva fecha de cinco estrellas en el Festival de Granada. Basada en un programa de alta enjundia, protagonizada por dos artistas de calado y una orquesta creciente que se ha hecho un lugar de privilegio entre el grupo de cabecera de las formaciones sinfónicas españolas. Todos se presentaron y triunfaron el viernes en la Granada “de festivales”, en el marco único del Palacio de Carlos V. El programa combinaba los que son quizá –con permiso de la Cuarta de Brahms– los mejores “cuartos” de la literatura musical. Frente al romanticismo firme y radiante del Cuarto concierto para piano de Beethoven, los sinfónicos castellanoleoneses emplazaron, de la mano certera y efectiva del petersburgués Vasily Petrenko (1976), una Cuarta sinfonía de Bruckner rotunda y específica: futurista y remota a las lentitudes metafísicas de Celibidache. Un Bruckner de valioso calado instrumenta, objetivo y que soslaya regodeos y divagaciones.
De explosiones determinantes y exento de grandilocuentes ritardandos. Fue una Sinfonía “Romántica” singular y con firma, que podrá gustar o no, pero marcada por una personalidad y criterio que saltan en cada nota y en cada frase. Una versión fiel al apodo, de un romanticismo más cercano al futuro que a un pasado que entonces –penúltima década del XIX– vivía el apogeo, pero ya apuntaba nuevas sendas. Petrenko, que grabará el próximo octubre la gran sinfonía bruckneriana con los músicos de Castilla y León, impone su marchamo personal desde el conocimiento, el apego y su gran talento en el podio.
Ya en los primeros fortísimos del movimiento inicial el maestro petersburgués dejó clara su visión personalísima y novedosa, con un Bruckner preciso y extremo, que vuela desde los episodios más líricos y cálidos a unos puntos culminantes que se sienten como puñetazos en la mesa. De alguna manera, Petrenko desacraliza la tradición bruckneriana para convertir su música en sustancia objetiva y laica. Lo despoja también de reminiscencias folclóricas –Scherzo y su trio– para centrar la expresión en un lenguaje musical enorgullecido de sí mismo. En este sentido, humaniza al genio divinizado y establece un novedoso y distintivo concepto expresivo y estético.
Petrenko prescinde de la elucubración para centrar la pupila en la materia musical. Las dinámicas –extremas– se liberan de su lógica pleitesía métrica, mientras que texturas y fraseos aparecen con clarividente nitidez, como ocurrió particularmente en el segundo movimiento (Un “Andante, quasi Allegretto” que tuvo más de lo segundo que de lo primero), y en un final cargado de grandiosidad y temple. Contó, claro, con un instrumento que conoce al detalle, en el que confía, del que es director asociado y con el que ha firmado memorables noches de gran música. Toda la Sinfónica de Castilla y León brilló en este Bruckner atrevido y de alto riesgo, claro y limpio de hojarascas y elucubraciones. Todo discurrió entre lo notable y lo sobresaliente: desde las intervenciones esenciales del trompa solista, a una cuerda que en su conjunto mostró admirable empaste y sintonía. Maderas y metales completaron las excelencias instrumentales de un conjunto bien engrasado, dúctil y de precisa y rápida respuesta.
Fueron estas mismas calidades y mimbres las compañeras de viaje de la veterana Elisabeth Leonskaja, quien a sus 78 años (nació en Tiflis, Georgia, en 1945) sigue tocando tan bien como siempre. Su Beethoven es, como el Bruckner de Petrenko, preciso y objetivo. Quizá inapelable. Pleno de aliento romántico y orgulloso de la nueva esencia pianística (1805). De la mano del genio de Bonn, Leonskaja y Petrenko, Petrenko y Leonskaja, abrieron el viernes las puertas de un romanticismo que dará sus últimos coletazos apenas después de la Sinfonía “Romántica” de Bruckner. La diva georgiana, afincada desde hace décadas en Viena, ha sido siempre una beethoveniana de primera, que ha recorrido el mundo con sus interpretaciones maestras de sus conciertos y sonatas para piano.
Y magistral, cargada de autoridad, rigor, respeto, estilo y alcurnia pianística, ha sido su interpretación granadina de una visión que encontró epicentro en el prodigioso Andante central, dicho y cantado con la naturalidad, gusto y amor, que, como ella misma cuenta, “es el alma que alimenta la inspiración”. Antes, tintó de dramatismo el Allegro inicial e irradió de luminosidades el feliz rondó final. Aliados con la solista y su Beethoven personal y total, Petrenko y orquesta pusieron la guinda a este testimonio de plenitud de quién es una de las grandes del teclado de las últimas décadas. El triunfo fue, claro, total, como su Beethoven. Definitivamente, sobró, y por muchas razones, el Debussy –preludio Fuegos de artificio– que tan fuera de lugar se escuchó como propina. La noche, sin fuegos ni artificios, queda en la memoria como la del “concierto de los cuartos”.
Justo Romero
(Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


