GRANADA / Orquesta de la Suisse Romande, Charles Dutoit, Martha Argerich: Historia y leyenda

Granada. Palacio de Carlos V. 6-VII-2024. 73 Festival de Granada. Martha Argerich, piano. Orquesta de la Suisse Romande. Director: Charles Dutoit. Obras de Falla, Schumann y Stravinsky.
Si ha habido un concierto de la presente edición del Festival de Granada que podía calificarse de histórico, sin duda ha sido el que dieron en el Palacio de Carlos V la Orchestre de la Suisse Romande dirigida por Charles Dutoit y Martha Argerich como solista. Con un programa que incluía tres números de la suite de El sombrero de tres picos de Falla (la Danza de los vecinos, la Danza del molinero y la Danza final), el Concierto para piano y orquesta en La menor op. 54 de Schumann y La consagración de la primavera de Stravinsky, eran muchas las líneas posibles de sentido y complicidad que se entrecruzaban entre la orquesta, las obras, el director y la pianista, aparte de ser todos genuinas leyendas vivas de la interpretación.
La velada no defraudó. La versión de Falla fue excepcional, elegante y llena de matices de color e intensidad poco habituales y que refrescaban y recontextualizaban la obra. Acostumbrados a las versiones autóctonas, que suelen subrayar lo que la música tiene de español (marcando en determinadas melodías ese inefable deje o pellizco que da gana de decir olé, en una decisión lógica y legítima por otra parte), aquí pudimos descubrir un Falla vibrante pero también más sutil, impresionista, la música de un autor europeo de su tiempo en el que el folclore queda como uno más de los elementos compositivos que emplea. Paradójicamente, Dutoit parecía más español que nadie, con un continente de torero retirado que manda y templa con impresionante autoridad, con una dirección precisa y clarísima. Tampoco queremos dejar de subrayar la extrañeza de escuchar en vivo y en todo su esplendor el tema de la Jota final, que en el Festival de Granada es la llamada de aviso al público, y que por tanto habíamos oído hacía solo unos minutos por megafonía (y oiríamos después), en un curioso mise en abyme.

Martha Argerich lleva su aura consigo tras de sí, como su propio pelo neblinoso, y verla aparecer ya resulta galvánico. Solo la autoridad de los acordes iniciales habría valido por el concierto entero. Codirigió con Dutoit, imponiendo sus decisiones con sutil firmeza, así, por ejemplo, templando con un precioso rubato sin afectación en la repetición al piano del primer tema, como diciendo «vamos más despacio». Se permitió también, más allá de cualquier convención, lo que pocos intérpretes pueden o se atreven a hacer en escena: a mostrarse ostensiblemente incómoda, hasta el punto de que incluso los espectadores menos atentos se dieron cuenta: miraba continuamente uno de los focos que la iluminaban con manifiesto desagrado, se apartaba el pelo, se rebullía en la banqueta… Todo su cuerpo parecía no querer estar allí en ese momento y, sin embargo, la música surgía bellísima y natural: era impresionante verle la mirada de contrariedad al foco o el retirarse molesta un mechón para, acto seguido, ejecutar un determinado tema o trino (increíbles los de la cadencia) con tanta natural perfección. Era la definición de la maestría, la música fluyendo a través de ella, quizás a pesar de ella misma, por la fuerza de la costumbre y del talento, en una genuina encarnación del entusiasmo en su sentido etimológico, esto es, el estar poseído por el dios o por la musa sin el concurso de la propia voluntad, y que es la cualidad que le atribuye Platón a los rapsodas verdaderos.
Tras el primer movimiento, parlamentó un rato Dutoit y bajaron algo el foco. Argerich se relajó ostensiblemente, y el Andante fue un idilio genuino, íntimo, a dos voces entre el piano y la orquesta. El tercer movimiento resultó quizá algo accidentado, pero sin perder Argerich un ápice de musicalidad, especialmente en algunos de los desarrollos más virtuosísticos y de bravura. Su saludo final tras la interpretación, abrumada por el cariño desbordado del público, acaso tuvo un punto de disculpa. Dio de propina la primera de las Kinderszenen op. 15 de Schumann («De extraños lugares y países»), y fue sencillamente como tenía que ser: en el absoluto despojamiento de cualquier subrayado que deja intacta toda la ingenua emoción de la pieza, no cabía pensar en otra interpretación posible. A continuación, y antes del intermedio, se le concedió la Medalla de honor del Festival, que ella aceptó con emotiva sencillez.

A la vuelta de la pausa, Dutoit, a solas con la orquesta, de nuevo segurísimo en su porte, hizo una versión de la Consagración de la primavera asombrosa en su claridad, elegancia y precisión, con una soberbia cualidad tímbrica y de color, rasgos todos ellos que estuvieron por encima de los aspectos tremendistas de la pieza, sin que esta dejara de sonar por ello implacable (algo similar, en otro orden de cosas, a lo sucedido con el Falla). La interpretación supo mostrar el caos desatado y dionisiaco que fluye en la trama del ballet desde la claridad del orden meditado con que este se realiza en la forma. Quizá el mejor ejemplo de semejante dominio fue la sobrecogedora parada abrupta después del crescendo en el Cortège du Sage, preludio de siguiente pausa abrupta, de cierre de la primera parte del ballet tras la Danse de la terre. Noche de historia y de leyenda.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


