GRANADA / OCG: Un Requiem para una celebración de vida

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 22-III-2024. Erika Grimaldi, soprano. Teresa Iervolino, mezzosoprano. Airam Hernández, tenor. Insung Sim, bajo. Coro de la OCG (Héctor E. Márquez, director). Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Obras de Mozart.
No deja de ser paradójico que el concierto que se hace para conmemorar el 20 aniversario de la creación del Coro de la Orquesta Ciudad de Granada —y con el deseo, además, de que siga existiendo muchos años— sea justamente el Requiem en re menor K 626 de Mozart. Pero también es cierto que se trata de una obra señera que ha quedado ya desgajada por completo de su propósito original, y que además estamos también en vísperas de Semana Santa, donde, junto con las películas de romanos a la televisión, llega a los auditorios la música sacra. El concierto se completó con la Sinfonía nº 39 en mi bemol mayor K 543, también de Mozart.
El coro de la OCG merecía un concierto de homenaje, pero merece más. Se trata de una formación que, de manera humilde, sin dar una voz más alta que otra (valga el chiste), ha regalado (literalmente) a la afición de Granada algunas actuaciones memorables, y a la que la labor animosa e incansable de su actual director, Héctor Eliel Márquez, dotado de un talento y sensibilidad tan extraordinarios como específicos para la dirección coral —además de ser, por cierto, un estupendo compositor de obras corales—, ha llevado a convertirse en un conjunto versátil, profesional, de amplio repertorio, y un referente en su ámbito. Esperamos no tener que echarlos (a ambos) algún día de menos, como sucede con las cosas buenas que no se valoran porque se dan por supuestas.
En relación con el concierto, la interpretación de la sinfonía fue enérgica y jovial, en correspondencia con los gestos imperiosos y felices de Lucas Macías. Especialmente logrados los contrastes, por ejemplo la melodía del tema inicial, tras la introducción, enlentecida y delicada, para estallar briosa y brillante en su desarrollo, con las cuerdas a su mejor nivel, como se pudo apreciar luego en el Andante con moto, donde iban extrayendo matices a las variaciones del tema recurrente, tan haydiniano. Contrastante también el Menuetto, con los clarinetes en el trio acídulos y graciosos.
Por su parte, la versión del Requiem resultó precisa y pulcra, en general un punto algo más lenta de lo que acostumbra a hacerse desde el ya casi previsible paradigma interpretativo más filológico, lo que remitía a las grandes interpretaciones precedentes a dicho paradigma. El coro protagonista de la velada no acusó ningún pánico escénico por la ocasión y, de hecho, posiblemente rayó a su mejor nivel, con momentos notables, como el Rex tremendae, tanto en su parte majestuosa y terrible, como en la delicada y humilde, y lo mismo, por los mismos motivos, en el Confutatis. La orquesta participó de este sonido irreprochable, y los solistas demostraron un grandísimo nivel en sus intervenciones en cuarteto (con especial mención para el Recordare y el Benedictus), con voces solventes, poderosas y seguras. Con todo, la impresión general, un tanto paradójica e inevitablemente subjetiva, fue la de que, aunque no se pudiera reprochar técnicamente apenas nada, el resultado final fue un tanto frío, una versión que adolecía por momentos de cierta impersonalidad —incluidas, por cierto, las intervenciones de los solistas—, incluso cuando, insistimos, el sonido y algunos matices resultaban exactos y bien traídos; pero el conjunto parecía carecer de una intención última, como agotándose en la propia ejecución. Con todo, esta, como decimos, resultó impecable, y así lo entendió el público, que prodigó una de las ovaciones más largas de la temporada, lo que llevó a la repetición (solistas incluidos), a modo de bis, del célebre Lacrimosa.
José Manuel Ruiz Martínez
(foto: José A. Albornoz)


