GRANADA / OCG: Mozart concertante y concentrado

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 10-I-2025. Juan Carlos Chornet, flauta. Eduardo Martínez, oboe. Óscar Sala, trompa. Joaquín Osca, fagot. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Obras de Mozart.
El primer concierto de temporada de la OCG del nuevo año fue monográfico y breve para lo habitual. Estuvo dedicado en exclusiva a Mozart, y alternó una curiosidad con una de las obras más conocidas del compositor: por una parte, la Sinfonía concertante en Mi bemol para flauta, oboe, trompa, fagot y orquesta KV6: KV 297b, en la reconstrucción de Robert Levin de 1983, que restituye la flauta original del nombre, dado que la partitura que se conserva y la versión que se interpreta de forma habitual (tal y como nos recuerdan las informativas notas al programa de Ana García Urcola) no es con flauta sino con clarinete. Por otro, la Sinfonía n.º 40 en sol menor KV 550.
La sinfonía concertante colocó a modo de panoplia a lo más granado de los solistas de viento de la OCG delante de la propia orquesta. Para el público habitual resultaba una disposición curiosa; también lo fue el resultado: los solistas, cuyo virtuosismo está más que acreditado, estuvieron leves y brillantes, y protagonizaron momentos muy elocuentes de diálogo, sobre todo a dos; la orquesta sonó precisa y empastada (un excelente crescendo muy bien matizado por Lucas Macías en un momento dado del devenir del Allegro). Pero la conjunción de ambos grupos no terminó de funcionar, el diálogo característico de la pieza entre la parte y el todo no fluía, y la obra por momentos resultó algo espesa, no todo lo alada y matizada que requeriría —tampoco tengo claro hasta qué punto el orquestador que se mete a reconstruir a Mozart haya tenido su parte de responsabilidad en la cuestión—. Mejor el último movimiento, el Andantino con variazioni, la exposición de cuyo tema sí tuvo el don de la gracia mozartiana (que recuperó en su exposición final), y lo mismo alguna de las variaciones, como una de ellas, especialmente animada, punteada de pizzicati, y que orquesta y solistas acometieron con alacridad.
Para la propina tras los aplausos se incorporó al cuarteto solista el clarinete, Carlos Gil (como si se tratara de acomodar finalmente la pieza de viento que faltaba), y juntos interpretaron una obrita de Piazzolla de forma magistral y brillante, relajados, cómplices —incluso levemente bailarines—, plenamente en su salsa.
Por último, la interpretación de una obra maestra como la Sinfonía 40 de Mozart, además tan conocida, tan escuchada, y por ende, tan difícil de abordar en lo que tiene de evidencia de sí misma (es como estar ante el Panteón o Las Meninas), resultó muy buena, solvente, humilde en el mejor sentido del término: mostrar la obra en sus matices, con algún subrayado interesante en las dinámicas (Macías, sin batuta, muy expresivo, como siempre) o en algún instrumento que destaca de repente, sugestivo, pero sin pretender ningún tipo de innovación ni ocurrencia epatante. El equilibro entre familias instrumentales quedó plenamente restablecido. Los tempi en general fueron más bien rápidos, lo que le sentó muy bien el celebérrimo tema inicial, presentado con elegancia y sin énfasis sentimental; sí se notó más esta velocidad en el Menuetto y, sobre todo, en el Andante, que bordeó lo apresurado. Los fugados y los momentos de patetismo, muy bonitos, apasionados, nobles. En suma, una versión esforzada, honrosa, y honrada, de una de las cimas de la música occidental.
José Manuel Ruiz Martínez


