GRANADA / OCG: Cantar a la muerte para celebrar la vida

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 11-4-2025. Birgit Kolar, violín. Marko Mimica, bajo-barítono. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Obras de Rueda, Mahler, Berg, Musorsgski y Shostakovich.
El décimo concierto de abono de la OCG ha sido probablemente uno de los más interesantes, variados y mejor hilados de toda la temporada, con la muerte sobrevolando como protagonista —una muerte laica y modernista, alejada de la divina de estas fechas—; y además incluía un estreno absoluto: la obra de Jesús Rueda titulada Vísperas. Se completaba el concierto con el Adagietto de la Sinfonía nº 5 de Mahler; el Concierto para violín “a la memoria de un ángel” de Berg; las Canciones y danzas de la muerte de Musorgski, en la orquestación de Shostakovich; y, finalmente, de este último, la Sinfonía nº 1 en fa menor op. 10. No es solo que las obras de Berg y Musorsgski aborden de forma explícita la cuestión de la muerte: también está el hecho de que Shostakovich, que aparece con su temprano debut como sinfonista y orquestador de las canciones, se inspiró en ellas para su Sinfonía nº 14 —también interpretada, por cierto, por la OCG esta temporada—; además, de forma inevitable asociamos ya el Adagietto de Mahler a la adaptación cinematográfica de Visconti de La muerte en Venecia; por no hablar de que el concierto de Berg está dedicado, como es sabido, a la memoria de Manon, hija de Walter Gropius y la viuda de Mahler, Alma. Lo dicho: un programa que casi podríamos calificar de ensayo (en el sentido literario del término) musical.
La obra de estreno, inspirada según el propio compositor y como recogen las notas, en la imagen de una catedral y también, como indica el título, «en la hora entre el día y la noche en la que el tiempo se paraliza, la hora azul», tenía un tono noble de dulce melancolía, y parecía planteada como un diálogo entre familias instrumentales, con preponderancia de las cuerdas, densas y expresivas. Fue un tanto sorprendente la cierta frialdad en los aplausos a una obra que no renuncia a la emotividad ni a la belleza y que tampoco se lo pone especialmente difícil a los oyentes; quizá influyó que no estuviera el compositor en la sala, debido según parece a un contratiempo de última hora.
El Adagietto de Mahler demostró tanto la buena forma de las cuerdas de la OCG como de la especial afinidad de Lucas Macías por el repertorio de la primera mitad del siglo XX (que se ratificaría con la interpretación del concierto de Berg): la obra se fue desplegando, como suspendida en el tiempo, cogiendo cuerpo progresivamente desde el pianissimo de las violas muy logrado en su solemne emotividad, hasta el ataque impresionante de los segundos violines en el primer forte, y concluyendo hacia el final con una expresiva intervención de los contrabajos; y sobrevolando siempre, etérea y ensoñada, el arpa.

Como decimos, el Concierto para violín de Berg abundó en las mejores cualidades de la orquesta y de su director: fue una versión bellísima en su diáfana claridad— muy de agradecer en esta obra—, que consiguió transmitir la síntesis que implica de belleza e irrenunciable modernidad, con unas dinámicas muy logradas, nunca excesivas (los momentos de forte, los ataques sutilísimos, nada estridentes, de la percusión). La solista, Brigit Kolar, plenamente integrada con la orquesta —casi como no podía ser de otro modo— estuvo extraordinaria en su discurso elegíaco, cuyo virtuosismo radicaba en su hondura. El concierto estaba dedicado, como en un eco con Manon Gropius, a la memoria de la joven músico Ana Rayen Defries López, fallecida recientemente, y Kolar interpretó como propina una encantadora gavota compuesta por aquella, y que sustentaba el ritmo de la danza en juegos de dobles cuerdas.
La interpretación de las canciones de Musorgski, lo que tienen de terrible, bordeando lo expresionista, subrayado además por la orquestación de Shostakovich, estuvo muy bien plasmado por el bajo-barítono Marko Mimica, con una voz profunda, transparente y expresiva, en una interpretación que supo subrayar lo que de dramático y operístico tienen las canciones, acompañado por una enérgica interpretación de la orquesta.
Por último, la versión de la Sinfonía de Shostakovich resultó sencillamente espectacular: insistimos en la afinidad de Macías con el repertorio del pasado siglo. Fue una interpretación virtuosa, exultante, coronada por una impresionante percusión, con una orquesta cómplice en la que las intervenciones solistas (magníficos todos, por ejemplo Arnaud Dupont al violoncelo, felino el clarinete de Carlos Gil, o la imponente pausa del solo de timbal de Jaume Esteve) se entreveraron con un empastado tutti hasta la apoteosis final. Sin duda uno de los grandes conciertos de la temporada.
José Manuel Ruiz Martínez


