GRANADA / Más sombras que luces en la actuación de Riccardo Muti en el Palacio de Carlos V

Granada. Palacio de Carlos V. 28-VII-2026. Orchestra Giovanile Luigi Cherubini, Riccardo Muti. Obras de Verdi, Falla y Ravel.
Uno de los grandes reclamos de la presente edición de Festival de Música y Danza de Granada era el debut de Riccardo Muti y la Orchestra Giovanile Luigi Cherubini. El maestro italiano, que cumplirá en unas semanas 85 años, demostró que sigue en plenitud de facultades físicas y artísticas. Su impecable técnica, precisión y energía dominó todo el concierto. Continúa, por ejemplo, agachándose para marcar las dinámicas, en el que es uno de los gestos más característicos y enérgicos. El programa presentaba cierto eclecticismo marcado por la firma personal del director napolitano: la primera parte estuvo dedicada a la música de Verdi y la segunda a Falla y Ravel. Muti es reconocido con justicia como la máxima autoridad en la música de Verdi. Al respecto, y sin querer abusar de la anécdota personal, coincidiendo con mi etapa de estudios en Italia, tuve la suerte de asistir a todos las interpretaciones de las óperas de Verdi que dirigió en la Scala con motivo del centenario de la muerte del compositor en 2001; gracias a esa experiencia, comencé a valorar al italiano con la dignidad que se merece, tanto la música de Verdi como todo el repertorio lírico, y desde entonces mi admiración por el maestro es absoluta.
Comenzó la primera parte con la obertura de Nabucco, interpretada con la característica elegancia y sobriedad en el fraseo que el director sabe imprimir a esta página. A continuación, Le quattro stagioni, el ballet de Les vêpres siciliennes, del que Muti es un arduo defensor. Antes de la interpretación, como le he visto hacer en otras ocasiones al presentar esta página, defendió que se trata de la pieza sinfónica más importante que compuso Verdi. Sin duda, al menos en extensión, lo es. Otra cuestión es si, realmente, es la música orquestal más interesante que escribió. Desde luego, Muti es su más excelso intérprete y su dirección tan magistral como reveladora. Ahora bien, ¿dónde radicó el problema? Pues en el hecho de que la orquesta que tenía delante presentó deficiencias más que notables. El principal déficit que se arrastró durante todo el concierto, y ya se pudo percibir en la obertura de Nabucco, fue una cuerda tirante, sin entendimiento entre los atriles, algo especialmente evidente en los primeros violines y las violas. La pieza de Verdi tiene pasajes muy comprometidos en los que las deficiencias se hicieron aún más evidentes. Lo mejor fue el solo de clarinete a cargo de Davide Pellegri con un sonido recio y aterciopelado y una exquisita musicalidad.

Pero si en la primera parte los problemas se hicieron evidentes, en la Suite nº 2 de El sombrero de tres picos, con la que comenzó la segunda parte, se rozó la catástrofe. En la Seguidilla, de nuevo los problemas de la cuerda se hicieron presentes. En la Danza del molinero, el corno inglés, que había demostrado tener un sonido redondo y atractivo, no logró completar su solo, algo que le pueden pasar a cualquiera y más cuando se es un intérprete joven (no podemos sino mandarle al joven músico todo el ánimo y afecto del mundo). En la Jota final, hubo momentos de auténtico caos. Poco pudo hacer un Muti entregado al máximo, derrochando energía y fuerza con todo el cuerpo. Era increíble ver la tensión en sus brazos y piernas, pero, con todo ello, no evitó desencuentros, imprecisiones y confusión, en una interpretación para el olvido.
El nivel mejoró significativamente en el Bolero de Ravel. Muti dirigió la célebre página con gesto seguro e infalible. En la sucesión de los distintos solistas de viento, se pudo apreciar el potencial de estos jóvenes músicos, pero hemos de destacar de nuevo a Pellegri al clarinete y a Sofia Alice Zavattini al saxo tenor. Con todo, las deficiencias de la cuerda volvieron a hacerse evidentes en la primera entrada de los violines en arco hacia el final de la obra. No hubo bises pese a los generosos aplausos: una decisión más que acertada.
César Rus
(fotos: Fermín Rodríguez / Festival de Granada)


