GRANADA / Malov, solista y director: del Romanticismo a la Vanguardia

GRANADA / Malov, solista y director: del Romanticismo a la Vanguardia

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 24-III-2021. Orquesta Ciudad de Granada. Director y violín solista: Sergey Malov. Obras de Mendelssohn, Schumann y Bartók.

Sergey Malov ya inauguró la presente temporada de la OCG y causó sensación con su dominio virtuoso de varios instrumentos poco ortodoxos (así, aparte del violín piccolo, el más raro aún violoncello alla spalla), que tañó como solista mientras ejercía de director. En esta ocasión volvía con el mismo doble papel, ahora con un violín convencional, pero sin renunciar tampoco a las novedades y así, entre las obras interpretadas, figuraba el Concierto para violonchelo en La menor op. 129 de Schumann, pero en un arreglo para violín del propio compositor —una transposición sin cambios sustanciales llevada a cabo por encargo del omnipresente e influyente Joachim—.

Comenzaba el programa, no obstante, con la obertura de La bella Melusina de Mendelssohn, donde destacaron las maderas de la OCG, que supieron imprimir al primer tema su calidad líquida, acuarelística, tan evocadora. La escucha del concierto de Schumann resultó un ejercicio interesante de desautomatización para cualquier aficionado. Hechos al sonido del violonchelo solista, al principio el violín sonaba extraño, algo chillón, por ejemplo, en la exposición y glosa del primer tema, tan característico; luego uno se acostumbraba y, por momentos, parecía estar escuchando un concierto para violín romántico inédito (lo que en cierto modo es) y, a la vez, extrañamente familiar.

Malov —excéntrico en la indumentaria: camisa negra abierta y camiseta blanca a la vista con un logotipo de su marca personal—, largo y delgado, con tendencia a zangolotear y a los movimientos verticales amplios y continuos de brazos, dirigió el concierto sin apenas desencajarse el violín de la mandíbula, principalmente con los hombros y de espaldas a la orquesta. El virtuosismo y la brillantez iban de suyo, pero lo interesante es que consiguió que el esquema habitual de diálogo entre el solista y la orquesta no pareciera planteado en términos agonísticos sino dialogantes, como un primus inter pares, de manera que por momentos la pieza parecía más un concerto grosso: así las réplicas de motivos breves con las cuerdas o los vientos del desarrollo en el primer movimiento; o, en el segundo, cuando entabló un precioso y genuino dúo con la primer violoncello. Supo por tanto mostrar lo que el concierto tiene de orgánico y hacer aflorar detalles musicales concretos. Muy bonito, y muy logrado. Como propina interpretó, justificándose en la premura del horario (“hay que tocarse de queda, o quedarse de toque”, dijo con mucha gracia, por lo demás en un español sorprendente por correcto), el Capricho más breve de Paganini, el nº 14, un poco a la tremenda y recreándose en la suerte, por usar dos símiles taurinos.

En la Música para cuerda percusión y celesta de Bartók, el espectáculo fue sonoro pero también visual, por la especial disposición de los instrumentos; se trata además de una pieza cuyo desenvolvimiento puede verse. Las cuerdas, atentas a Malov, conscientes y concentradas en lo suyo —la tensión casi se palpaba en los compases iniciales de la fuga y otros pasajes imitativos en piano—, lograron esa sonoridad extraña, alienada y lunar de la obra en combinación con una percusión —hasta cuatro instrumentistas, más el piano y la celesta— espectacular. Dicha tensión acumulada se libró en un finale rítmico, agresivo, interpretado con alacridad, que arrancó quizá la ovación más sostenida de la temporada.