GRANADA / Noche de celebración, madrugada de despedidas

Granada. Palacio de Carlos V. 14-VII-2024. 73º Festival de Granada. Elsa Dreisig, soprano. Orquesta del Capitole de Toulouse. Dirección musical: Tarmo Peltokoski. Wagner: Los maestros cantores (Obertura). Strauss: Cuatro últimos Lieder. Bruckner: Novena sinfonía.
Los dioses y el talento se aliaron con Antonio Moral y su polémica idea de instalar una pantalla en el Palacio de Carlos V para que forofos y melómanos pudieran disfrutar sin moverse de sus asientos de la final de la Eurocopa y del concierto de clausura del 73º Festival de Granada. La Roja cumplió con el Festival y selló el partido justo cinco minutos antes del momento acordado para el comienzo del concierto, las 23 horas. También triunfaron, y por goleada, el propio festival y el talento atrevido e innovador de Moral, quien ha culminado su etapa como director con el sello de la excelencia como bandera de un festival que él ha convertido en referencia.
Fútbol y música abrazados en “maravillosa” noche de celebración, en la que, tras la euforia del éxito deportivo, la radiante obertura de Los maestros cantores de Núremberg se convirtió en prórroga triunfal; también en preludio del milagro de los crepusculares Cuatro últimos cuatro Lieder de Strauss. Un perfecto y unísono programa coronado en esta exitosa madrugada de despedidas con la inacabada pero acabadísima Novena sinfonía de Bruckner, que parecía un guiño a la tarea y al imprevisto final de Antonio Moral en Granada.

Los protagonistas musicales de la doble velada ‒los forofosmelómanos estuvieron pegados a sus localidades en el Carlos V desde antes de las 21 horas hasta bien pasada la una de la madrugada del día siguiente‒ fueron la Orquesta del Capitole de Toulouse y su director musical, el joven finlandés Tarmo Peltokoski (2000), quien a sus 24 años se ha convertido en director revelación. Lo tiene todo: joven, finlandés, talento a raudales, buen director y paisano de Klaus Mäkelä, la nueva divinidad de los podios del siglo XXI, ahora que Thielemann anda ya por las 65 primaveras y los Barenboim y cía están de retirada. Como solista en las canciones de Strauss, la soprano franco-danesa Elsa Dreisig (1991), que puso el acento expresivo desde su inadecuada vocalidad de soprano lírico-ligera, pero que ella recompensa en esta incursión con una manera de decir ‒palabra y música‒ y una categoría vocal de primerísimo rango. De hecho, artísticamente, su canto fue lo mejor de la noche en la que el palacio fue también estadio.
Choca encontrar a la centuria tolosana ante un programa intensamente germánico, ante un universo conceptual, técnico y anímico tan alejado de la órbita francesa. Tampoco el joven maestro Peltokoski es, pese a su evidente bagaje cultural y efectividad en el podio, el maestro ideal para afrontar un programa de tal calado, exigencias y densidad. En los atriles y en el podio faltó consistencia sinfónica y todo lo que atesoran unos pentagramas cargados de años y tradición. Orquesta y maestro pasaron de puntillas por las nostalgias, añoranzas, heridas y reflexiones e incertidumbres finales de los Cuatro últimos Lieder, en las que se impuso el decir idiomático y salido del alma de una Elsa Dreisig que, al final y a la postre, fue la gran artífice de una versión interiorizada, pero cantada con plenitud y arrojo.

Los tres movimientos de la Novena de Bruckner están plagados de exigencias instrumentales y expresivas, y suponen uno de los mayores retos a los que puede enfrentarse cualquier orquesta y director. La del Capitole de Toulouse, tan rica en grabaciones importantes, no es, por escuela ni mimbres, el conjunto ideal para abordar una obra que por tantas aristas le resulta distante. Las sonoridades “catedralicias” de Bruckner poco o nada tienen que ver con la música francesa y sus maneras de frasear y tocar. Las densidades y largos desarrollos temáticos, y las colosales arquitecturas brucknerianas vienen a ser para los franceses tan ajenos como lo son para la mayoría de las orquestas alemanas las transparencias, pinceladas y reflejos de Debussy o Ravel. De ahí, que más allá de carencias instrumentales y falta de tradición, este Bruckner tolosano dirigido por el veinteañero Peltokoski se haya sentido, pese a su claro decir y dominio, epidérmico y ajeno a la “intransferible materia, a la vez vulnerable y eterna”, de la que habla Luis Suñén en el programa de mano. “Al acabamiento, lo fatal” que decía Rubén Darío y cita el editor y crítico madrileño.
Además del canto conmovedor y certero de Dreisig y del asunto de la Roja, lo mejor de la dual noche fue la obertura de Los maestros cantores, henchida por maestro e instrumentistas de énfasis, colores y una energía positiva y radiante que iba como anillo al dedo al exultante estado de ánimo de todos tras el final del partido de marras. No ha podido tener mejor y más pertinente colofón la “Era Moral” que este final en el que la Granada “de festivales” ha triunfado tan definitivamente como la selección española en Berlín. La “noche maravillosa” del Palacio de Carlos V fue testigo radiante de ambos acontecimientos. Inolvidable.
Justo Romero
(Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


