GRANADA / Leonskaja y el Cuarteto de la Staatskapelle: emociones en modo menor

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 13-VII-2024. 73 Festival de Granada. Elisabeth Leonskaja, piano. Cuarteto de la Staatskapelle Berlin. Brahms: Cuarteto para piano y cuerdas nº 3, en do menor, op 60; Quinteto con piano en fa menor, op. 34. Schubert: Cuarteto nº 12, en do menor, D 703, “Quartettsatz”.
Un día después de dejar el marchamo de su Beethoven perfecto en el Carlos V junto a Vasily Petrenko y la Sinfónica de Castilla y León, Elisabeth Leonskaja ha vuelto a comparecer en el Festival de Granada en una sesión camerística en la que ha interpretado músicas de otros dos pilares de su inmenso repertorio: Schubert y Brahms. Y lo ha hecho con la complicidad joven y amiga del Cuarteto de la Staatskapelle Berlin. La veteranía de la pianista georgiana se alió con la lozana vitalidad de los berlineses para revitalizar un introspectivo programa de intensas emociones. Todo en modo menor, coronado en la segunda parte con el Quinteto en fa menor de Brahms, cuyo bisado segundo movimiento hizo levitar al Auditorio Manuel de Falla quizá a los más íntimos recovecos de la sensibilidad. Acaso cerca de las lejanas profundidades de Atlàntida, el ensueño pendiente del compositor gaditano que quiso vivir en Granada.
No exageró Hermann Levi cuando definió al Quinteto con piano de Brahms como “extraordinariamente bello”, con ese segundo movimiento “Andante, un poco adagio”, que se sumerge en la más serena y penetrante quietud. Leonskaja, que ha sido siempre una camerista de primer orden (¡cómo no recordar sus legendarias grabaciones y actuaciones con el Cuarteto Borodín!) reveló los mil sueños y estados de ánimo que se suceden en los cuatro movimientos de un quinteto que, como escribe el maestro Arturo Reverter en el programa de mano, “es, sin ambages, composición de fuerza arrebatadora envuelta en un intenso lirismo”. Fundidos en un criterio y línea expresiva unitaria que respiraba y cantaba con idéntico pálpito, Leonskaja y el Cuarteto de la Staatskapelle encontraron el perfecto fiel entre vehemencia y lirismo, el contraste tan característico de la expresión brahmsiana, en la que arrebato e introspección tanto se complementan y potencian. El primer movimiento, con su enigmático comienzo, se insufló pronto de ese ímpetu y energía tan beethovenianas que Brahms tan magníficamente concilia con su perfil melancólico.
Fue la antesala del quieto segundo movimiento, susurrado más que dicho por cinco artistas fusionados y guiados bajo la precisa indicación que anota Brahms al comienzo del pentagrama: “Espressivo sotto voce”. La música ingrávida y quieta, parecía habitar por sí sola en la acústica espaciosa y propicia del Auditorio Manuel de Falla, ajena a sus intérpretes, como si existiera por sí misma. Como La nariz de Gogol/Shostakovich, como cualquier verdadera obra de arte servida por verdaderos artistas. Luego, en el universo de espejos y contrastes, llegó el vivo y vibrante Scherzo, con su reconocible alusión al reiterativo y obstinado motivo rítmico de los esclavizados nibelungos wagnerianos. Finalmente, en el “macromovimiento” (Reverter) que es el Allegro non troppo que cierra el Quinteto, los intérpretes vitalizaron la riqueza temática y el caudal de ideas y motivos que vuelca Brahms en este final alegre y energético, tan lejano (pero premonitorio) de la introspección de sus últimas páginas pianísticas.
Antes, en la primera parte, toda ella en do menor, Leonskaja y sus colegas berlineses ya habían lucido integral sintonía en el brahmsiano Cuarteto para piano opus 60, en una detallada versión cuya riqueza de matices y fantasía recuerda la legendaria grabación de Rubinstein con el Cuarteto Guarneri, de diciembre de 1967. Entre estos dos Brahms, el Cuarteto de la Staatskapelle se adentró en solitario en el incompleto Cuarteto para cuerdas D 703 de Schubert, página de 1820 en la que el creador de la Sinfonía Inacabada destapa, tras un liviano y casi risueño comienzo, sus perfiles más turbadores y dramáticos. Apenas doce minutos en los que los jóvenes instrumentistas berlineses, los cuatro primeros atriles de la Orquesta Staatskapelle de Berlín –titular de la Ópera Unter den Linden–, lucieron una tradición y calidades que ellos galvanizan con la experiencia y el privilegio de haber nacido bajo la luz y el magisterio de Daniel Barenboim, quien además de excepcional pianista y director de orquesta, es uno de los grandes músicos de cámara de la historia. Por cierto, estos días el genio argentino-israelí-español-alemán, pero, sobre todo, universal, anda de vacaciones en su casa de Marbella. Salud y afecto, Maestro.
Justo Romero
(Fermín Rodríguez / Festival de Granada 2024)


