GRANADA / La OCG y Ton Koopman: el oficio y la hondura

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 7-II-2025. Klaus Mertens, barítono. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Ton Koopman. Obras de Haydn, Schubert y Mendelssohn.
El sexto concierto de abono de la OCG brindó a los aficionados la oportunidad de asistir a la curiosidad —por lo demás no infrecuente con esta orquesta, han sucedido ya casos análogos— de ver a uno de los grandes intérpretes de la música barroca, organista y gran especialista en Bach Ton Koopman, dirigir un repertorio a priori alejado de sus intereses musicales habituales. Así, el programa incluyó la Sinfonía n.º 100 en sol mayor «Militar» de Haydn, y la Sinfonía nº 5 en re menor op. 107 «de la Reforma» de Mendelssohn. Pero, además, el concierto incluía otra curiosidad: una selección de lieder de Schubert pero, en lugar de con piano, con acompañamiento orquestal: el celebérrimo El rey de los alisos, D 328; Quien nunca comió su pan con lágrimas y Merodearé por las puertas, del ciclo Los cantos del arpista, D 478; En el crepúsculo, D 799; Cantar sobre el agua, D 744; y A la música, D 547, todos ellos con la orquestación de Max Reger excepto uno, y he aquí una sorpresa más: la de Cantar sobre el agua estaba realizada por el propio Koopman.
Fue una experiencia muy sugestiva. La sinfonía de Haydn comenzó lenta —más allá de la introducción—, pesante, incluso un punto aburrida, aunque precisa y con unas dinámicas claras y muy marcadas. Una interpretación algo arcaizante, pero de modo paradójico, en el sentido de que remedaba justamente aquellas que, previas a los criterios historicistas de los que Koopman es un pionero, ahora pueden sonarnos anticuadas. Koopman, seguro de sí, dirigía sin batuta, casi siempre sonriente, y marcando los matices con segura precisión. En el segundo movimiento, la cosa se aclaró: el tema principal fluyó ligero y humorístico, con las apoyaturas muy marcadas. Quienes pudieran estar nerviosos por la ausencia de la percusión turca, llegado el momento pudieron respirar tranquilos: entró en procesión, aportando un simpático toque escénico y abundando en el humorismo, no solo por eso, sino por una intervención continuada, alegre y disruptiva, con simpáticas licencias (el triángulo en redoble durante largos pasajes y con un ataque final tras el acorde conclusivo). El Minueto, ni rápido ni lento, elegante y sutil; y, finalmente, un último movimiento de nuevo serio y solemne que, sin embargo, en su densidad, su brillantez y su hondura —el subrayado contrapuntístico, algunas escalas dramáticas muy bien marcadas—, permitía acceder a lo que Haydn tiene de profundo y que a veces puede pasar desapercibido —y ello sin renunciar al humor, que no es incompatible, nueva procesión incluida de la percusión para la coda—: de repente, la elección del tempo del primer movimiento resultaba coherente, obedecía a una determinada concepción global de la obra genuina y valiosa. Hay que tener fe en Koopman. La orquesta, por cierto, estuvo impecable.
Quizá lo menos interesante de la noche fueron los lieder. Solo en el inquietante y ominoso Erlköning parecía tener cierto sentido la orquestación, que subrayaba lo oscuro de la pieza; la de Koopman, por cierto, marcó un evidente contraste con las de Reger, mucho más sencilla casi ingenua, sin pretensiones, en el mejor sentido. Eso sí: Klaus Mertens estuvo muy bien, en plena forma, con una voz clara, luminosa y elegantísima.
La interpretación de la sinfonía de Mendelssohn fue sencillamente magistral. Quizá porque es una música que casa con el ethos de Koopman, transido de protestantismo, quizá por la huella de Bach que impregna la partitura —y quién mejor para hacerla brillar que este director—, desde el mismo comienzo, solemne y emocionantísimo de las violas —y qué maravilla el motivo luminoso de los violines, tan matizado en su leve rubato—, hasta la apoteosis final, asistimos a un genuino oratorio sin palabras, donde destacó el contraste entre los momentos corales y el juego contrapuntístico, sin renunciar a la levedad juguetona del segundo movimiento, ni al lirismo del Andante, no exento de sentimentalidad. Y todo magistralmente interpretado por la orquesta (esforzadísimas las cuerdas, brillantes los metales) bajo las órdenes de un Ton Koopman siempre sonriente, como si lo que hiciera no tuviera mayor importancia, y, como casi siempre sucede con él, en estado de gracia.
José Manuel Ruiz Martínez


