GRANADA / La OCG y Joseph Swensen: de la levedad al peso

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 8-XI-2024. Olga Mykytenko, soprano. Giorgi Kirof, bajo. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Joseph Swensen. Obras de Suk y Shostakovich.
El quinto concierto de la temporada de la OCG ha sido uno de los más originales e interesantes de los últimos tiempos. Incluía dos obras que suelen programarse poco en general, y que además no podían contrastar más entre sí, como si buscara subrayarse de modo deliberado la diferencia que el novelista Milan Kundera estableció sobre la levedad y el peso; ligera, breve y bienhumorada una; larga y densa y pesimista la otra: La Serenata para cuerdas de Josef Suk, y la Sinfonía nº 14 de Shostakovich; solo tenían en común el hecho de estar compuestas ambas para orquesta de cuerdas —la sinfonía, además, con percusión y las intervenciones protagónicas de los dos solistas vocales—.
Ha sido también, a nuestro juicio, uno de los conciertos más logrados de la formación. La dirección de Swensen, hiperexpresiva, y que, a veces, para el espectador, puede bordear lo cómico involuntario, es sin duda muy eficaz a la hora de arrancar matices y articular unas interpretaciones emocionantes a la par que muy meditadas. Por su parte, la cuerda de la OCG demostró estar en plena forma, con un sonido impecable, pleno, denso y claro a la vez, con un empaste natural y una excelente capacidad para combinar articulación y equilibrio entre las voces.
Esto se pudo apreciar especialmente en el tercer movimiento de la serenata, el adagio que, en su bellísima variedad de tonos, permitió a la orquesta lucirse en todo su potencial, desde la suavidad y contraste danzado de cuerdas agudas y graves, hasta el delicadísimo pizzicato, o, por ejemplo, la preciosa entrada de los violines como en sordina recuperando el tema principal del movimiento. Muy notable la intervención solista del violonchelo, Arnaud Dupont, que tuvo una magnífica actuación en toda la velada. En el último movimiento de la serenata fue cuando Swensen pudo por fin dar rienda suelta a su impulso bailarín, con gestos asombrosos que iban desde el vago remedo del golpe de la grulla de Karate Kid (sin patada, eso sí), a un alegre Tai chi algo dislocado. Sin embargo, el sonido y el tempo eran exactos, alegres ambos ma non troppo, con unos momentos solemnes de acordes nobilísimos muy logrados, y una brillante coda.
La interpretación de la sinfonía de Shostakovich resultó, en su asombrosa dificultad, mejor aún si cabe. Con un Swensen lógicamente más contenido por la propia naturaleza de la música, pero también clarísimo en sus indicaciones y su intención general, se creó un contraste muy marcado y acertado entre las partes de la sinfonía solemnes, lentas sin ninguna concesión, plenamente coherentes con la naturaleza del canto y de los poemas correspondientes, a las otras, dislocadas, terribles e igualmente pertinentes. Aquí los efectos, la expresividad, el diálogo entre familias, subrayado siempre por una acertada percusión, resultó magnífico. Puede que esta haya sido una de las grandes interpretaciones de la orquesta. El conjunto de las cuerdas con las intervenciones de sus solistas respectivos a la cabeza: la del del violonchelo; la del contrabjo, Frano Kakarigi, secundado por sus colegas, resonantes tremendos y sombríos; y la de la viola, Hanna Nisonen, y el propio concertino, Peter Biely, magnífico como acostumbra. El pequeño interludio orquestal del nº VII, À la santé, con los efectos de los pizzicati y el con legno, resultó sobrecogedor en su desolación.
La redondez de la versión se completó con las intervenciones de los cantantes, Olga Mykytenko y Giorgi Kirof, verdaderamente sobresalientes. Tanto soprano como bajo —seguramente no es casual el origen ruso de ambos— demostraron la aptitud especial de sus voces para esta obra, rotundas ambas, articuladas, plena de volumen la de la soprano sin incurrir en el grito, y profundísima, cavernosa y a la vez límpida la del bajo, con una dicción además impecable en los dos casos, que se percibía justamente desde el desconocimiento del ruso, toda vez que permitía el reconocimiento de palabras de raíz etimológica común a las románicas, lo que facilitaba el seguimiento de la obra desde los poemas, indisociables en esta obra de la música. Fue toda una experiencia y un ejemplo de concierto monumental y comprometido con lo mejor de la música y de la poesía de la Modernidad europea; una apuesta por el peso kunderiano necesario en la programación cultural más allá del mero divertimento, apuesta arriesgada, muy de agradecer y que salió muy bien.
José Manuel Ruiz Martínez


