GRANADA / La OCG, Floristán y Tabita Berglund: una pasión fría

Granada. Palacio de Carlos V. 20-VI-2024. Juan Floristán, piano. Orquesta Ciudad de Granada: Directora: Tabita Berglund. Obras de Rachmaninov y Sibelius.
Concierto de la Orquesta Ciudad de Granada en el Festival con Juan Floristán como solista —tándem que ya colaboró con éxito en una pasada edición—. En un primer momento, iba a dirigir Tarmo Peltokoski, que habría debutado con la OCG y en el Festival, lo que generaba una lógica expectación. No obstante, el director canceló por enfermedad y se consiguió de forma rápida y eficaz su sustitución por la directora Tabita Berglund, que sí había dirigido ya a la orquesta en un brillante concierto, y que mantuvo el programa y se desplazó a Granada de inmediato, circunstancia muy de agradecer y que hay que tener en cuenta. El programa era muy atractivo: Finlandia op. 26 de Sibelius; el Concierto para piano nº 2 en do menor op. 18 de Rachmaninov; y, de nuevo de Sibelius, la Sinfonía nº 5 en mi bemol mayor, op. 82. Una buena idea juntar a dos compositores que fueron vistos con recelo por la vanguardia y que, sin embargo, al explorar sus propios caminos y no renunciar a la imagen sonora o la emoción, marcaron una línea de continuidad con el gran público.
La noche fue sorprendentemente fría para finales de junio, un frío casi invernal y, sin incurrir en excesos metafóricos vinculados con Sibelius y la procedencia noruega de la directora, algo de esta frialdad afectó en parte al concierto y perturbó las interpretaciones. Berglund tiene una dirección enérgica y muy precisa, con tendencia a marcarlo todo, imperiosa. Esto le sentó muy bien a la versión de Finlandia, que sonó poderosa, incluso aunque, en el contexto del patio al aire libre, se echó de menos un mayor volumen orquestal (la OCG tiene una plantilla un tanto justa para este repertorio). Por parafrasear el famoso chiste de Woody Allen, con Berglund dieron ganas de retirarse de Finlandia. Muy emocionante y logrado el himno en las cuerdas, con la directora pidiendo la intensidad con gesto elocuente. Con todo, hubo cierta sensación de precipitación que se acentuaría más adelante.
El concierto de Rachmaninov comenzó también intenso, con un Floristán entregado en los acordes iniciales, y luego muy atento al devenir de la orquesta y las indicaciones a esta de la directora. Su interpretación —es un pianista magnífico, y con muchas tablas aun su juventud— derrochó fogosidad y dominio, pero fue también un tanto rocosa, tonante, sin duda apasionada, pero adoleciendo quizá de cierta falta de legato, de flexibilidad, y mostró cómo la capacidad para ejecutar dinámicas extremas con gran aplomo no implica necesariamente una interpretación matizada. La orquesta no ayudó, con algunas perturbaciones sonoras (probablemente debidas al frío) y un timbre en general apagado y cierta frialdad en su diálogo con el solista. Floristán dio como propina, presentada por él mismo con mucha labia, el preludio de Debussy La puerta del vino, en una versión brillante y extremada, un punto tremendista.
La interpretación de la sinfonía mejoró algo el color orquestal, pero adoleció de la misma sensación de precipitación, de ausencia de respiración que ya se percibía en las piezas anteriores, como si lo imperioso de la dirección estuviera algo descontrolado, con la música por delante en lugar de estarlo la directora. En términos taurinos, parecía no templar. Esto se vio por ejemplo en el movimiento final y especialmente en la prisa de los célebres acordes últimos, o en el emotivo segundo tema, desganado y frío y, sobre todo, estropeado por la ejecución de las trompas, que ya afearon el acorde mismo inicial de la sinfonía como en un mal augurio. Algunos matices innecesariamente bruscos (el cuarto tema del primer movimiento). Por contraste, en los momentos de mayor intensidad y dominio (en general con el protagonismo de las cuerdas, lo mejor junto con los metales) se alcanzaban momentos de gran belleza: así, por ejemplo, en el primer movimiento en la reiteración en desarrollo del tema tercero, un largo momento para las cuerdas, o la inquietante parte lenta y perturbadora que antecede a la coda final, y que nos recordaron lo mejor de estos intérpretes, que no es poco.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Fermín Rodríguez | Festival de Granada 2024)


