GRANADA / La OCG en el séptimo cielo de la modernidad

Granada. Auditorio Manuel de Falla. Jonathan Mamora, piano. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Obras de Wormser, Debussy, Sánchez-Verdú y Falla.
No nos cansaremos de decir que uno de los aciertos de la Orquesta Ciudad de Granada radica en la elección de sus programas. Su apuesta por obras y autores lejos del repertorio más trillado, pero sin renunciar a este, la inclusión de obras menos conocidas de autores que sí lo son, o la combinación de compositores raros con obras célebres, más la presencia de estrenos de música actual, se materializan en programas que resultan un atractivo per se. En este caso, con una peripecia vital de Manuel de Falla como pretexto, pudimos escuchar la música incidental de André Wormser para la pantomima L’enfant prodigue de Michel Carré hijo, estreno en España. Además, el estreno absoluto de El palacio de los siete cielos de José María Sánchez-Verdú, obra encargo del Patronato de la Alhambra y Generalife. Acompañaron a estas obras, las Danses sacrée e profane y La boîte a joujoux de Debussy, y las Noches en los jardines de España de Falla (en todo caso sí podría objetarse que el programa resultó un poco largo en su ambición, al menos para los estándares de atención, cada vez más escasos, que los tiempos y las costumbres vienen conformando).
La música de Wormser resultó encantadora sin más, capaz de evocar de forma paradigmática a la belle époque, con aires y recursos (marchas militares irónicas, valses, guiños a la infancia) a los que compositores contemporáneos suyos sacarán mayor partido —el propio Debussy precisamente en La boîte a jojoux—. La orquesta, quizá subrayando de modo inconsciente estas limitaciones, realizó una interpretación correcta pero un poco seca, sobre todo las cuerdas; muy logrado el clímax de la pantomima, su momento de drama de opereta, con la intervención solista de la concertino Birgit Kolar, estupenda en todas sus intervenciones de la velada, y una marcha final brillante, genuina y divertida.
Una interpretación igualmente encantadora, pero en un sentido más sutil, lúcido y ambivalente, con unas cuerdas, ahora sí, hipnóticas, fue la de las danzas sacra y profana de Debussy. Tuvimos además la suerte de escuchar la poco frecuente versión para piano en lugar de arpa, con la primera intervención del solista, Jonathan Mamora, ganador del concurso internacional de piano Maria Canals 2023. Resulta curiosa, más debussiniana si cabe, más moderna y menos evocadora y mística. Maravillosas las filigranas aladas y levísimas del solista en la danza profana.
La obra de Sánchez-Verdú hizo que volvieran a Granada los ecos de su Festival: por haber sido éste compositor residente en la pasada edición, y por la propia evocación de techo de la sala del trono de Comares de la Alhambra. Fue un grato reencuentro después de las obras escuchadas en verano, con una composición plenamente de su autor en su estudiado despliegue de reiteraciones y variaciones, timbre, color, mímesis e intertextualidad. Fue quizá la mejor interpretación de la noche —qué exhibición de la percusión—, con una OCG tensa y concentrada desde el mismo inicio, pleno de misterio, y que logró atrapar la atención del público.
Este cuidado —preciso y elegante Macías durante toda la velada, como acostumbra—, la precisión, y la búsqueda de matiz del timbre y el color orquestales, se exhibieron como una suerte de prolongación (incluso con algunos sorprendentes ecos, como en un diálogo), en la Boîte a jojoux de Debussy —qué contraste ahora en ductilidad de la cuerda con la interpretación de Wormser—; hubo diversas intervenciones solistas notables en la madera; en particular, el bellísimo y prolongado solo de corno inglés de José Antonio Masmano, que volvería a lucirse, claro, en Falla.
Falla para terminar. Una versión elegante y contenida, muy matizada también en su color —fantásticas transiciones de una misma nota entre instrumentos: de la trompa al corno inglés, por ejemplo: detalles—. Volvió a resaltar su cualidad Mamora para el fraseo leve en pianissimo, cristalino, acuático —y muy bien captado el eco rítmico del folclore, no exento de duende—, que le iba muy bien a la obra en la media en que integraba el piano en el discurso sonoro y lo alejaba del papel de solista. Tan fue así que en el clímax de En el Generalife, con toda la potencia de la orquesta, los glissandi del pianista no se oyeron, y resultó una brillante ejecución como de cine mudo, en un desajuste que no ensombreció una estupenda interpretación que dio lugar a una propina del solista: la canción Zdes’ Khorosho (algo así como «qué bello lugar»), la séptima de las 12 romances op. 21 de Rachmaninov, en versión para piano solo, una bonita bagatela para concluir.
José Manuel Ruiz Martínez
(foto: José Albornoz)


