GRANADA / La OCG con un Gordan Nikolic más barroco que romántico

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 18-IX-2026. Celine Flamen, violonchelo. Orquesta Ciudad de Granada. Violín y director: Gordan Nikolic. Obras de Haendel, Vivaldi y Brahms.
Los primeros conciertos de la temporada de la OCG, como viene siendo tradición, son en realidad una suerte de pre-temporada dedicada, más o menos, a la música antigua. Para este primero actuó como director y solista un feliz conocido de la formación y del público de Granada: el violinista Gordan Nikolic. Además, el programa incluía una peculiaridad: junto con el Concerto grosso nº 12 en Si menor del op. 6 de Haendel, El Doble concierto para violín y violonchelo en Si bemol mayor RV 547 y el Concierto para 10 instrumentos en Re mayor RV 562a «Concerto di Amsterdam», se interpretó como culminación el Doble concierto para violín y violonchelo en La menor op. 102 de Brahms. La intención fue tan evidente como eficaz: mostrar la evolución de la idea de concierto con diversos instrumentos solistas desde su conformación en el barroco hasta llegar al romanticismo tardío. La metáfora evolutiva es pertinente, porque, aunque el concierto de Brahms apenas si se parece al de Vivaldi, lo cierto es que son los genes de este los que permitieron aquel, en una progresión estética continua.
La interpretación del concierto de Haendel fue límpida, clarísima, delicada y enérgica. La OCG, con los directores apropiados, aun sin tocar con instrumentos de época, sabe adoptar hechuras, dinámicas, sonoridades y aun timbres barrocos. Nikolic aquí ejerció de solista-concertino. El tercer movimiento, Largo, con inteligencia y coherencia interpretativa por su parte, tuvo un cierto regusto vivaldiano anticipatorio en su planteamiento sonoro, piannisimo, lento, expectante.
El Doble concierto de Vivaldi resultaba para el oyente tan característico, con algunos temas y motivos tan reconocibles, que a veces sonaba casi a popurrí, y podría resultar directamente arquetípico de lo que es un concierto de este compositor. La interpretación resultó sobresaliente, con un Nikolic pleno de virtuosismo: qué grandísimo solista; acompañó, también brillante, la violonchelista, Celine Flamen. Sin renunciar al contraste de dinámicas ni a los matices, resultó una interpretación más elegante, equilibrada, musical y comedida que algunas otras a la moda, tremendistas, extremadas, que pueden rayar lo arbitrario. El «Concerto di Amsterdam», por su parte, si bien netamente vivaldiano, no dejó al mismo tiempo de sonar original, y aun por momentos sorprendente, por la peculiaridad tímbrica de su combinación instrumental, que además de las cuerdas, incluía oboes, trompas y timbales, fagot (más el violín solista, los diez instrumentos del título). Resultaba una suerte de Vivaldi amplificado, como de cine. De nuevo la interpretación fue notable, y el virtuosismo de Nikolic (la filigrana asombrosa del Grave, a partir de una melodía lenta y mínima), maravilloso.
Más problemática fue la interpretación del Doble concierto de Brahms, que recuperó a Flamen como solista de violoncelo. Nikolic dirigió a la orquesta como el comandante a su batallón en marcha: de espaldas a ellos, mirada al frente, sin apenas volverse alguna vez para asegurarse de que lo siguen; ejerciendo en suma de solista (si bien tocando con ellos a manera de concertino). La cuestión es que la orquesta sonó muy bien, y, en algunos aspectos, la interpretación fue impecable. Pero lo cierto es que las dinámicas presentes en los conciertos precedentes se diluyeron. El sonido tendía a ser uniforme, no se destacaban matices, juegos, diálogos, complejidades; la orquesta llegó a apabullar a los solistas en alguna ocasión. Nikolic estuvo brillante, y Flamen (tampoco se miraron entre ellos) resultó tan irreprochable como impersonal, en una interpretación en conjunto y en general fría, como sin intención.
Hubo propina, presentada por la violonchelista, que la dedicó a todos los que luchan por la libertad y saben decir «no». Fue una adaptación para violín, violonchelo y cuerdas del célebre El cant dels ocells. Si el matiz y la emoción y la expresividad alcanzadas en la propina hubieran estado presentes también en el Brahms, la interpretación de este habría sido muy distinta y, como diría un castizo, otro gallo nos habría cantado.
José Manuel Ruiz Martínez


