GRANADA / La familia de la OCG interpreta un Mahler vibrante y juvenil

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 17-X-2025. Emily D’Angelo, mezzosoprano. Coro Femenino de la Orquesta Ciudad de Granda (dir: Héctor E. Márquez). Seraphim Pueri Cantores de la Catedral de Granada (directora: Patricia Latorre). Joven Academia de la Orquesta Ciudad de Granada. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Mahler: Tercera Sinfonía.
Tercer concierto de abono de le temporada de la OCG, y segundo dedicado a Gustav Mahler. Esta vez, en el programa, la Sinfonía nº 3 en Re menor. Una obra magna en duración y efectivos orquestales para la que se ha recurrido, como en otras ocasiones, a la Joven Academia de la Orquesta Ciudad de Granada, cuyos integrantes compartieron atriles con los maestros de la OCG. A ellos se sumaron las voces femeninas del Coro de la OCG, y, como coro de voces blancas, los Seraphim Pueri Cantores de la Catedral de Granada.
En este tipo de conciertos, uno se repite en sus apreciaciones (por suerte los lectores, benévolos, tampoco llevan la cuenta de lo dicho). Pero resulta siempre estimulante y emocionante per se ver a tantos músicos jóvenes reunidos en torno a los experimentados, en un concierto que va de veras, para realizar juntos una obra ambiciosa y compleja —aunque en cierto modo también muy juvenil en su tono y su espíritu— como esta. Y más si el resultado, como es el caso, es una interpretación notable, con momentos que rozaron la genuina excelencia, y que podría medirse con otras de orquestas con plantillas compuestas solo por seniors. En ella pudimos apreciar lo que Mahler tiene de extremado, de asombroso en su variedad tímbrica, en el color y el carácter de sus motivos, temas, melodías, como en una cornucopia de la que manan sin fin nuevas sorpresas, ejecutado todo con los planos sonoros muy bien equilibrados, y dirigido por un Lucas Macías que, como en una especie de portagayola permanente, lo hizo sin partitura y con su elegante aplomo habitual.
El monumental primer movimiento resultó logradísimo: el paisaje desértico, extraño, ominoso, quedó muy bien reflejado, con un sonido por momentos abrupto y seco, sin escatimar disonancias, y de ahí a las sucesivas transiciones hacia los otros paisajes sonoros, incluido el tan característicamente mahleriano de banda de música ligera y sentimental. Hubo algunos desajustes menores, esperables, que no empañaron en buen hacer del conjunto, y todo culminó con una coda espectacular, vibrante, desaforada, plena de emoción y virtuosismo. Sorprendentemente, no se escapó ni un aplauso, y, por una vez, se habría comprendido el error: dieron ganas de aplaudir.

Minueto y Scherzo transcurrieron con su preciosismo prolijo, con cuerdas, vientos y percusión brillantes en su diálogo permanente, y otro tanto sucedió en los solos caprichosos que se alzan de repente aquí y allá y que se agotan en su propia filigrana —magníficos, en general, los solos en toda la sinfonía—. Especialmente bien las maderas, fundamentales en estos dos movimientos en particular. Estupenda y comprometida la intervención solista del fliscorno, fuera de sala, en la parte central del Scherzo, arropada por las cuerdas en un sutilísimo piano.
En el cuarto movimiento apareció la mezzosoprano, Emily D’Angelo: extraordinaria en timbre y dicción, parecía pensada ex profeso para cantar esto, incluso en su porte escénico, sereno e hierático, con algo de art déco. Ojalá vuelva pronto con un programa más extenso, pero menudo lujo de breve intervención. Aquí, sin embargo, no se terminó de entender el volumen de la orquesta en un movimiento que se marca literalmente como siempre ppp, y el el que los trombones, trompas, y aun las cuerdas, sonaron estridentes en exceso rompiendo el tono hipnótico de la música y compitiendo casi con la cantante —por el contrario, qué acierto el bellísimo e inquietante glissando del oboe solista—.
En el quinto movimiento, tanto las voces femeninas de la OCG como los Seraphim Pueri Cantores demostraron su solvencia, con una expresividad y un empaste que se perdieron un poco debido a su lejana ubicación (en todo lo alto de la la zona de butacas que se abre tras la orquesta y por encima del nutrido público sentado allí), pero que pudieron apreciarse plenamente en los luminosos momentos a cappella. Si hay cantera orquestal, también la hay coral.
En el Adagio final se observó un cierto agotamiento, una caída de la tensión que había recorrido toda la sinfonía, aunque aún se lograron momentos muy bonitos y emocionantes hacia la zona central del movimiento y en los clímax del final, para culminar de nuevo en una coda grandiosa e incluso coreográfica, con la imagen poderosa de los dos intérpretes de timbal golpeando inexorables al unísono. Un concierto extraordinario en muchos sentidos; también el tipo de ambición bien entendida que en una ciudad como Granada se deben fomentar.
José Manuel Ruiz Martínez


