GRANADA / La Cenicienta, la ópera, los niños, o cuando los sueños se hacen realidad

Atarfe (Granada). Centro cultural Medina Elvira. 4-VI-2025. La Cenicienta. Gran hotel de los sueños (a partir de La Cenerentola de Gioachino Rossini). Luis Arance (Ramiro), Marcelo Solís (Dandini), Łukasz Biela (Don Magnífico), Rocío Faus (Clorinda), Solomía Antonyak (Tisbe), Belén Herrero (Angelina), Gonzalo Ruiz (Alidoro), Chema Caballero, Samuel Cosme y Adrián Zamora (tres botones). Iberian Symphony Orchestra. Dirección musical: Héctor Eliel Márquez. Dirección de escena: Daniele Menghini.
Como uno de los acontecimientos fundamentales de la temporada musical de la ciudad, el Festival de Música y Danza de Granada ha ido extendiendo su actividad y su influencia más allá de los grandes conciertos que conforman su programación principal. Esta vez, su primera propuesta de esta edición, alejada de los escenarios señeros y del público habitual, responde a una vocación didáctica y al deseo de divulgar la ópera y fomentar el gusto por esta entre los más jóvenes. Se trata del espectáculo La Cenicienta, gran hotel de los sueños, basado en La Cenerentola de Rossini. En el contexto de una iniciativa denominada Ópera kids, va a contar en sus distintas funciones con más de 3000 alumnos de toda la provincia como espectadores y participantes a través de un programa formativo realizado con sus profesores.
Lo primero que cabe destacar de esta propuesta es el acierto de eludir cualquier tentación de paternalismo o condescendencia en relación con el público al que va dirigida. La escenografía de Davide Signorini no difiere en lo sustancial de la que se podría plantear en cualquier teatro de ópera de la Cenerentola original: la acción se traslada a un hotel —con algún guiño al Gran Hotel Budapest de Wes Anderson— y se articula en un juego gracioso y no exento de complejidad a través de sus plantas y dependencias: la cocina (como en el primer acto del original, por cierto), pero también la recepción, el salón de fiestas o las distintas plantas articuladas a través de puertas con números cambiantes, todo articulado a través de un ascensor que cohesiona los espacios y sirve para la entrada y la salida de los personajes en momentos clave. Hubo algunos artificios, trucos y cambios de vestuario —este último ecléctico y multitemporal— sofisticados, y algún momento, como la aparición de Cenicienta en el baile, genuinamente onírico, muy bonito (si los espectadores quizá no supieron apreciarlo, no dejaron de verlo, y quizá ahí les quede).
La dirección escénica de Daniele Menghini incidió en lo cómico, lo absurdo, lo payasesco, como corresponde a un espectáculo infantil, pero también a una ópera bufa sin más. Cabe destacar el acierto de incluir a tres botones mudos, genuinos clowns, divertidísimos, que realizaron un espectacular trabajo físico a lo largo de toda la función (cabriolas, peleas, caídas, sustos, disparates), como un fondo continuo que atraviesa la acción y que corre el riesgo de llevarse la atención de los espectadores, pero, insistimos, se trata de un recurso planteado de forma no muy distinta a como se hace en prestigiosos montajes operísticos para adultos con idéntico propósito de no perder la atención del público y aun a riesgo de desviarla de lo puramente musical. Los gags eran graciosos y nada ñoños; más allá del triunfo final y verosímil de la bondad, no había invitaciones extemporáneas a la paz o el reciclaje y sí complicidades gamberras a las que los niños respondían encantados, como debe ser: si se sostiene que la ópera es divertida de verdad (y las de Rossini lo son), hay que ser consecuentes; y la risa y la belleza tienen un valor educativo per se, algo que a veces se olvida.

Desde el punto de vista musical, en el contexto de la producción y de su alcance, los cantantes estuvieron solventes, profesionales, convincentes en sus roles y muy divertidos. Cabe destacar la excelente actuación de Marcelo Solís como Dandini, como una voz poderosa y nítida, y la clarísima dicción de Belén Herrero como Cenicienta. Los concertantes —en el planteamiento musical hubo cortes pero no se escatimaron, arias, dúos etc.— resultaron especialmente logrados, tanto en lo escénico como en lo musical. La orquesta, debidamente adaptada, sonó igualmente competente y graciosa, con las distintas familias, reducidas al mínimo, muy bien balanceadas. Las intervenciones del público infantil a modo de coro en algunos momentos destacados (que permitían trazar un mapa en el patio de butacas de los colegios que habían ensayado más y mejor e iban desde la entrega emocionada al pasotismo preadolescente) aportaban un indudable encanto estereofónico, incluyendo las entradas a destiempo y los desmayos inopinados en la intensidad o en la entonación, y eran lógicamente una de las claves didácticas del espectáculo.
El director musical, Héctor Eliel Márquez, se volvía en esos instantes al público y aumentaba aún más si cabe su entusiasmo, su precisión y su sonrisa en relación con su eficaz y enérgica dirección de la orquesta y de los cantantes. Él es sin duda uno de los principales artífices del éxito del espectáculo, desde su trabajo como traductor del libreto (que se cantaba en español, claro, e incluía partes habladas), ingenioso, graciosísimo, de nuevo nada condescendiente (no se resignaba a rimar infinitivos y palabras en -on, valga de ejemplo, «me codeo con plebeyos / siempre hay mugre en mis cabellos»), hasta sus decisiones musicales a partir de la adaptación realizada por AsLiCo, aparte de su incansable capacidad para galvanizar grupos humanos en torno al entusiasmo contagioso por la música, y que esta vez ha eclosionado en un espectáculo lucido, ameno y jovial.
Si existe la posibilidad de haber despertado la imaginación o la sensibilidad de algún niño y su curiosidad hacia la ópera sin duda es así: sin trivializarla ni desleírla, sino aupándolos a ellos al proscenio con un espectáculo genuino y bien pensado y bien hecho.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Festival de Granada / Fermín Rodríguez)


