GRANADA / Kantorow y Heras-Casado: un Brahms claro y equilibrado

Granada. Palacio de Carlos V. 13-VII-2025. Festival de Granada. Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart. Alexandre Kantorow, piano. Pablo Heras-Casado, director. Obras de Brahms.
Culminó el 74º Festival de Granada con el segundo monográfico Brahms protagonizado por la Sinfónica SWR de Stuttgart bajo el gobierno invitado de Pablo Heras Casado y el concurso solista de Alexandre Kantorow en el Segundo concierto para piano y orquesta. Una vez más, el Palacio de Carlos V se abarrotó en la noche festivalera, y como el día anterior, la SWR mostró sus aristas menos perfiladas en una actuación irregular solo salvada por la gloría pianística de Kantorow y el empeño de Heras-Casado por llevar a buen puerto un programa completado con una Segunda sinfonía plena de intención pero desdibujada por las carencias de una orquesta manifiestamente mejorable y distante de su brillante pasado. Atrás quedan los tiempos de directores como Celibidache, Gelmetti, Marriner o, ya más recientemente, Teodor Currentzis. Trabajo tiene por delante su inminente próximo titular, el francés François-Xavier Roth.
Como en el primer día, lo mejor llegó de las manos del solista invitado, Alexandre Kantorow, un fuera de serie del piano contemporáneo, que pese a su juventud ‒acaba de cumplir los 28‒ luce plenitud, maestría, modos, virtuosismo y solera. Únicamente desde tales atributos es posible sacar a flote y revelar los entresijos y opulencias de un concierto que por extensión, exigencias y ambición no tenía precedente cuando se estrenó en 1881, en Budapest, tocado por el propio Brahms y la Filarmónica de Budapest, dirigida por su entonces titular, Sándor Erkel. Kantorow, que en 2019 deslumbró a todos cuando se alzó con la Medalla de Oro del Concurso Chaikovski de Moscú, es dueño de un pianismo transparente y natural, cuya fogosidad y temperamento nunca se sale de tiesto, del canon que marca la partitura y sus maneras particulares.

Fue un Brahms noble, grande y musculoso, pero que se repliega al universo camerístico e íntimo que también conforma el monumental concierto en cuatro movimientos, incluido el “pequeño y dulce scherzo”, como escribe Brahms cargado de ironía. Aliado con Heras-Casado, Kantorow escucha la orquesta y enmarca la interpretación dentro del sentido sinfónico y concertante que impregna y distingue el concierto. Del nervio inicial, con graves profundos y plenos de redondez, a las claridades en el tejido polifónico de una obra que es, además, una “sinfonía con piano obligado”; del lirismo etéreo y y efusivo del Andante ‒dicho y cantado al alimón con el célebre solo de violonchelo‒, a la pasión sin demagogia que volcó en el vehemente Allegro appassionato, que tanto contrastó con la ligereza viva y precisa con que expresó el liviano movimiento final. Fue una versión para la memoria. Un Brahms de primera tan fascinante como el tierno intermezzo opus 117, con el que, fuera de programa, sosegó al clamor de todos.
Heras-Casado, músico versátil donde los haya, que igual vuela con Monteverdi y Wagner que con Mozart o Ligeti, se adentra en Brahms desde esa mirada abierta y sin corsés ni prejuicios que tanto singulariza su trayectoria. Consecuente con ello, la Segunda sinfonía se escuchó desde la poderosa impronta, rotunda, minuciosa y decidida, que marca su manera de dirigir sin batuta. Directa y sin elucubraciones. La música establece la pauta desde sus infinitas perspectivas. Y ese entregarse a ella, sin más, por derecho y con la maestría que da el talento, la experiencia y el trabajo, marcaron este Brahms claro y equilibrado, sentido en primera persona y de definitivos aromas románticos. Difícil imaginar mejor punto final que este todo-Brahms aún prorrogado con la más que previsible danza húngara de turno. ¡Hasta el año que viene!
Justo Romero
(fotos: Fermín Rodríguez – Festival de Granada)


