GRANADA / Jospeh Swensen y la OCG: dominio y virtuosismo

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 21-II-2025. Jaeden Izik-Dzurko, piano. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Joseph Swensen. Obras de Mozart y Chaikovski.
El séptimo concierto de abono de la OCG tuvo un programa compuesto por dos greatest hits del repertorio: el Concierto nº 20 para piano y orquesta en Re menor K 466 de Mozart, y la Sinfonía nº 4 en Fa menor op. 36 de Chaikovski. En la dirección, un viejo conocido de la orquesta, y uno de los directores con quien más ha colaborado en los últimos tiempos, Joseph Swensen. Junto a la veteranía de este, un jovencísimo Jaeden Izk-Dzurko como solista, ganador de varios concursos de piano, entre ellos, el de la última edición del Paloma O’Shea de Santander, celebrada en 2022.
En el concierto de Mozart pudimos ver la claridad y el dominio que tiene Swensen sobre la música y la orquesta. Muy sobrio en su gestualidad en los dos primeros movimientos, completamente inmóvil y realizando tan solo un giro continuado de muñecas, con las manos hacia dentro, de una forma que casi parecería mecánica, pero dando los matices con el rostro, consiguió imprimir a la música un tono elegante y sobrio, contenido. Sin embargo, en el tercer movimiento, con los gestos más abiertos, más amplios, digamos también más convencionales, desató sin embargo una pequeña tormenta un tanto sorpresiva, que contrastaba de modo muy interesante con los movimientos anteriores. La orquesta respondió muy bien a estas dinámicas, y especialmente a este súbito «ímpetu y tempestad» del rondó —esforzadas aquí, por ejemplo, las cuerdas—. El solista estuvo correcto, preciso y elegante en el fraseo, y, si bien virtuoso en los momentos de mayor lucimiento, lo cierto es que le faltó cierta expresividad, matiz —incluso malicia— en los pasajes en los que la melodía adquiere esa elocuencia característicamente mozartiana. Como propina, Izk-Dzurko interpretó el Aria de la Partita nº 4 en Re mayor BWV 828, donde supo realzar con gran nitidez el intríngulis polifónico de la pieza.
La sinfonía de Chaikovski comenzó con un descalabro en el tema inicial del destino a cargo de las trompas, desluciendo así algo tan comprometido como el comienzo de esta sinfonía. Para ser justos, hay que decir que luego se redimieron y su ejecución en el resto de la obra resultó impecable, con algún momento muy logrado, como el diálogo del solista, Óscar Sala, con las maderas en la reexposición del segundo tema, tan ensimismado como triste, del primer movimiento.
Aquí, de nuevo, la sensación fue de dominio total del director, y de su capacidad para comunicar su visión de la obra a la orquesta. Fue esta apabullante, apasionada y, superadas algunas irregularidades en el desarrollo del primer movimiento, fluyó plena de emoción. El director supo articular los volúmenes entre instrumentos para que las cuerdas, un punto en inferioridad numérica, no quedaran nunca superadas por los metales. Especialmente interesante resultó cómo el director supo destacar con especial claridad la magistral orquestación de la obra, los timbres sorpresivos, los matices y comentarios continuos, como pequeñas apostillas o filigranas que van haciendo distintos instrumentos aquí y allá, sobre todo la madera, que por cierto estuvo muy brillante e inspirada durante toda la sinfonía. El Andante sostenuto fue una verdadera preciosidad, desde su mismo inicio, con la melodía —tan desolada— que lo principia, maravillosamente interpretada por Eduardo Martínez al oboe, y la bellísima réplica que le dieron unos violonchelos hondos, en estado de gracia. En el Andantino estuvieron brillantísimas las cuerdas en pizzicato, y fue muy acertado su contraste de ligereza alada con la melodía pesante y cómicamente militar que sigue, muy bien plasmada por maderas y metales —de nuevo el oboe, el clarinete y la flauta extremados o el piccolo virtuoso—. El Finale, con un rotundo ataque (que pilló a algún integrante del público desprevenido y lo sobresaltó), deslumbrante, ora terrible, ora triunfal, tenso, rápido sin apresuramientos innecesarios, fue sobrecogedor hasta una coda, ahora sí, desatada, que Swensen remató con un gesto de triunfo casi torero, que constituyó un colofón escénico a la partitura y que culminó con con una ovación tan cerrada y entusiasta por parte del público como merecida por los intérpretes. La OCG y Swensen sigue siendo un tándem que funciona, crea afición y proporciona grandes alegrías al público de Granada.
José Manuel Ruiz Martínez


