GRANADA / Josep Pons y la OCG: un reencuentro memorable

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 15-I-2022. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Josep Pons. Obras de Satie/Debussy, Mahler/Britten y Bizet/Shchedrin
Volvió Josep Pons a dirigir a la OCG, a la que tanto tiempo estuvo vinculado como director (y de la que ahora es director honorífico). Y lo hizo con un programa característico suyo, compuesto de obras poco usuales en el repertorio habitual de las salas de conciertos, curioso y muy cuidado en las afinidades entre ellas —sutiles pero existentes—, donde además se perciben algunas de sus especialidades—así, la música de comienzos del siglo XX—. En definitiva, un ‘programa’ en el sentido estricto, que busca expandir la curiosidad y el gusto del espectador sin tampoco epatarlo (ni espantarlo). En este caso, el hilo conductor concreto era la idea de ‘reescritura’ o ‘apropiación’ por parte de un compositor de una obra precedente: así, las Gymnopédies Nº 1 y 3 de Satie en la orquestación de Debussy; What the Wild Flowers Tell Me, la adaptación de Britten del segundo movimiento de la Tercera sinfonía de Mahler para una orquesta de menores dimensiones que la de la obra original; y la Carmen Suite de Shchedrin, ballet a partir de la ópera de Bizet (y que incluye también algún tema característico de La Arlesiana y de la bella muchacha de Perth).
El reencuentro entre orquesta y director mostró que la conexión privilegiada que existe entre ambos (y que, por otra parte, nunca se ha interrumpido del todo) sigue funcionando. Pons consiguió extraer lo mejor de la OCG y dotar a cada una de las obras, tan distintas entre sí, de su color y textura característicos, con una orquesta dúctil en la que todas las familias dieron lo mejor. Las Gymnopédies sonaron lánguidas y delicadísimas, casi etéreas, pero nunca románticas ni kitsch (el riesgo de una obra tan popularizada); Pons supo resaltar su modernidad, subrayando las leves disonancias, la cuerda dulce pero también afilada en el registro más agudo; el oboe solista, Eduardo Martínez, extraordinario como siempre (y valga el oxímoron). En el movimiento de Britten/Mahler —también, por cierto, con un papel destacado del oboe—, cambió de repente la atmósfera, y sonaron los timbres característicos de este último compositor —las irrupciones de los vientos como sonidos de la naturaleza— aligerados, esencializados, mostrando su radical modernidad en la adaptación de Britten. Las cuerdas aquí se volvieron por momentos densas —frente a la textura casi solista de las Gymnopédies—, plenas de empaste, como el carácter de la música requería. Fueron dos momentos diferentes de lirismo y un raro privilegio haber podido asistir a ellos de forma consecutiva.
Por último, el ballet. Con una panoplia impresionante de percusión que ocupaba todo el fondo del escenario, junto con sólo las cuerdas, la interpretación tuvo no poco de espectáculo visual, con los cinco percusionistas, precisos, brillantes, atareados a lo largo de toda la obra como en una suerte de cocina musical en un día particularmente ajetreado. Acertó Pons en dos cosas: la primera, en subrayar el carácter irónico que se desprende del ballet —una ironía fascinada, que reconoce la maestría de la obra original, pero ironía al fin y al cabo—, cualidad esencialmente moderna —otra conexión con el resto de obras del programa—: aquí, la percusión desaforada y algunos subrayados y ornamentos parecen querer replicar al romanticismo (y ya, puestos, al orientalismo) de una música que no podemos ya escuchar con completa inocencia. El segundo acierto de Pons fue dejar claro el arco dramático de una suite que podría haberse hecho tediosa en su sucesión de números: así desde el comienzo, pianissimo, feérico, tremante con que comienza el ballet, con los contrabajos ejecutando entre sí un acorde prodigioso acompañado de un eco de campanas, hasta la conclusión, virtualmente idéntica tras toda la explosión de música, y cuya impresión final resulta no tanto la de una obra cíclica cuanto que lo escuchado ha sido tan solo el relato de una leyenda o de un sueño. En suma, un reencuentro memorable entre Pons y ‘su’ OCG y que esperamos que se repita pronto.
José Manuel Ruiz Martínez


