GRANADA / Iván Fischer y su Orquesta del Festival de Budapest: un emocionante final de ‘La Valquiria’

Granada. Palacio de Carlos V. 4-VII-26. Anja Kampe, soprano. Hanno Müller-Brachmann, bajo. Orquesta del Festival de Budapest. Director: Iván Fischer. Obras de Schumann y Wagner.
Quizá uno de los conciertos más esperados de esta 75ª edición del Festival de Música y Danza de Granada, al menos en su apartado sinfónico, era el de la Orquesta del Festival de Budapest bajo la dirección su inseparable Iván Fischer, fundador de la formación junto con Zoltán Kocsis. En su debut en el Festival el año pasado hicieron un excepcional programa mahleriano (los Kindertotenlieder y la Quinta), una de las especialidades de la casa, que causó sensación. Esta vez venían con otra propuesta interesante y original, una suerte de mínima muestra de la música germánica que, si necesitáramos un pretexto extramusical, diríamos vinculada vagamente con el Rin: la Sinfonía nº 3 en Mi bemol mayor op. 97, «Renana»; y la Escena final (escena 3 del Acto III) de Die Walküre de Wagner, con la soprano Anja Kampe y el bajo Hanno Müller Brachmann.
Orquesta y director no defraudaron. Fischer, con unos movimientos seguros y relajados a un tiempo, con una suerte de amabilidad no por ello menos exenta de autoridad, transmitió una sensación de convicción y ligereza a la vez. Los músicos tenían entre ellos miradas y gestos de complicidad notables. Y todo esto se traducía en un sonido propio, con personalidad: la sensación de estar oyendo una orquesta en particular, no cualquier orquesta. La disposición de esta también resultó curiosa e interesante: aparte de los violines enfrentados y los violoncelos en el centro (hasta aquí, nada novedoso), los contrabajos se colocaron al fondo, y el sonido, sumado a las condiciones acústicas del patio del Palacio, resultó ciertamente sugestivo.
Y redundó en la interpretación de la sinfonía de Schumann, una obra tan sui generis que pide un tipo concreto de claridad y de matiz que la orquesta supo darle. En determinados momentos, a la trama contrapuntística de la sinfonía se le sobrepuso, quizá a raíz de la citada disposición de los músicos, una curiosa cualidad estereofónica (me disculparán que no sepa explicarme mejor): por ejemplo en los adornos que los segundos violines hacen acompañando a las trompas en el scherzo —uno de los momentos más altos de la interpretación: fue delicado, no muy rápido, matizado y clarísimo en sus repeticiones un punto obsesivas de felicidad campestre—, que sonaron con una sorpresiva independencia a la hora de captar la atención sin dejar de estar integrados en el conjunto; y otro tanto sucedió con algunos otros matices inesperados aquí y allá.
El contrapunto solemne, religioso, de raíz netamente bachiana (Schumann se inspiró para su composición al parecer en la contemplación de la catedral de Colonia) de la primera parte del cuarto movimiento, estuvo en este sentido muy bien planteado en su riqueza armónica, en contraste además con el súbito ataque de la jovialidad de la segunda parte.

Con Wagner la orquesta se adensó sin perder claridad, y ganó en empaste y rotundidad. Fue una interpretación profunda y emocionante, que supo captar la grandeza de la escena. Si no se hubiera malbaratado un tanto la palabra, podríamos decir que fue una interpretación épica, en el sentido más alto y preciso del término; también trágica, en un sentido análogo.
En las notas al programa, Luis Suñén aludía a las palabras de Giuseppe Sinopoli sobre la liberación que en cierto modo implica escuchar a Wagner sin aparato escénico. Algo hubo de eso aquí en la posibilidad de concentrarse sin distracciones en la auténtica trama que implica la urdimbre musical más allá del texto, sobre todo expuesta con semejante claridad.
El Wotan de Müller Brachmann resultó notable, si bien con un timbre algo agudo y metálico para el personaje; no obstante, supo dotar al momento en que el dios evoca los ojos de su hija en el pasado feliz de una digna emoción y un bello fraseo.
Anja Kampe fue una Brünnhilde soberbia. No solo por su musicalidad, su timbre, sus evidentes cualidades para el personaje. Es que, de manera en cierto modo paradójica a lo dicho antes, hizo una genuina interpretación dramática. Actuó con la voz y con el canto, sí, pero también con el cuerpo —inmóvil— y con el gesto —digno, trágico—, y estuvo en personaje durante toda la escena. En el breve interludio orquestal cuando ya todo está dicho y la walkiria asume su destino, antes de que Wotan ordene a Loge que prenda el fuego mágico, le asomaron a los ojos unas lágrimas que no llegaron a rebosar: fue uno de esos instantes mágicos de intensa emoción escénica cuya belleza y poder nos redime de tanta fealdad y vulgaridad cotidianas.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Fermín Rodríguez / Festival de Granada)


