GRANADA / Israel Galván, Benjamin Alard & cía: Bailar en el tiempo, tocar en el espacio

Granada. Hospital Real. 18-VI-2024. Miguel Colom, violín. Fernando Arias, violonchelo. Álvaro Octavio, flauta. Ángel Luis Sánchez, oboe. Vicente Alberola, clarinete. Israel Galván, baile. Benjamin Alard, clave y dirección. Obras de Bach, Scarlatti, Sánchez-Verdú, Vásquez/Sánchez-Verdú, Tomás Luis de Victoria/Sánchez-Verdú y Falla.
Interesante y sugestiva propuesta la del pasado martes en el Patio de los Inocentes del Hospital Real de Granada —de los cuatro que tiene, el más recóndito y humilde, sin logias ni arcos, pero con cipreses—: un diálogo entre músicas de tiempos y lugares diferentes, y entre distintas artes (música y danza, que así se denomina el propio Festival); también un fascinante ejercicio práctico del eco intertextual que implican ciertas composiciones. Desde el punto de vista musical, todo giraba en torno al Concierto para clavicémbalo, flauta, oboe, clarinete, violín y violonchelo de Falla. Como piezas precedentes, composiciones que lo habían inspirado y que incluso se citan de forma explícita en la obra: el Affettuoso del Concierto de Brandeburgo nº 5 en re mayor BWV 1050 de Bach; la Sonata para clavicémbalo en si menor K. 87 de Scarlatti; De los álamos vengo, madre de Juan Vásquez; y el Tantum ergo de Tomás Luis de Victoria, estas últimas en sendos arreglos del compositor residente del Festival, José María Sánchez-Verdú realizados ex profeso para la ocasión: para clarinete y violonchelo la canción, y para el quinteto de solistas el motete. Y, por último, un estreno absoluto, también de Sánchez-Verdú, vinculado también al concierto de Falla: Las ínsulas extrañas, titulado con verso de San Juan de la Cruz e inspirado en parte por la estancia del poeta en Granada, en el convento de los Mártires, hoy desaparecido —solo queda la acequia—, y ubicado no muy lejos del Carmen donde residió Falla, según explicó el propio compositor antes de comenzar el concierto en una intervención precisa y cordial. El concierto se completaba con la presencia del bailaor y coreógrafo Israel Galván, que danzó sobre un pequeño tablao frente a los músicos tres de las obras interpretadas, más por tanto un concierto con apuntes danzados que un espectáculo de danza propiamente dicho.
Fue una experiencia mínima y delicadísima, un genuino goce. Las interpretaciones fueron elegantes, virtuosas, brillantes, de la dulzura de Bach y la levedad Scarlatti a la explosión de jovialidad solemne —oxímoron— del concierto de Falla. Alard, magistral, hilo conductor en todas las obras, permaneció sin embargo en un segundo plano, un miembro más del conjunto. La composición de estreno, Las ínsulas extrañas (que dirigió Sánchez-Verdú) se sucedió en su progresión de paisajes sonoros y ostinati, con un despliegue de efectos y el clave omnipresente (con momentos en los que adquiría un timbre casi electrónico), y un instante último al borde de lo conceptual cuando los vientos soplaron sin emitir ninguna nota, igualados en timbre pero dispares en ritmo y respiración (¿cabe mayor misticismo?). Los arreglos resultaron muy logrados, ingenuo y agradable el de la canción de Vásquez, que derivaba al final a cierta distorsión algo pícara, y transcripción solemne el de Victoria.

Galván, ataviado entero de negro, con una levita o camisola, falda muy corta, pantalones también cortos asomando por debajo, medias y, como contraste, botas bajas blancas con algo de botines, bailó arriesgando, andrógino, eléctrico, egipcio y flamenco. En el Affetuoso de Bach ensayó (en el sentido literario del término, de búsqueda), una serie de gestos y poses que parecían (o buscaban parecer) improvisados, las más veces estático, algo nervioso, con gesto casi agresivo (todo ello, de nuevo, deliberado o no). El resultado fue sin duda interesante pero no sé si del todo convincente. Bailó también la sonata de Scarlatti y De los álamos vengo, mucho más suelto y relajado, sonriente, imprevisible y magistral, desautomatizando con gran sabiduría algunos gestos estereotipados de la danza. Qué atrevimiento asombroso y genial el taconeo que llegaba a tapar en su ritmo imitado y retumbante el tenue sonido del clave en Scarlatti.
Hubo propina. Un arreglo de las Sevillanas del siglo XVIII que armonizó García Lorca. Galván se adornó “con un jazmín sinvergüenza” (Lorca) y las bailó remedando los gestos que correspondían, pero sentado en una silla, pies al aire, con algo de parodia y muchísima gracia, en todos los sentidos del término. Ojalá más espectáculos tan bien pensados y sustanciosos en su brevedad como este.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Fermín Rodríguez | Festival de Granada 2024)


