GRANADA / Ian Bostridge, Julius Drake and friends: una experiencia religiosa

Granada. Patio de los Arrayanes de la Alhambra. 2-VII-2025. Tim Morgan, contratenor. Mauro Borgioni, barítono. Ketevan Kemoklidze, mezzosoprano. Juan Carlos Chornet, flauta. Miguel Ángel Sánchez Miranda, arpa. Atsuko Neriishi, violín. Hanna Nisonen, viola. Arnaud Dupont, violonchelo. Óscar Sala, trompa. Julius Drake, piano. Ian Bostridge, tenor. Obras de Falla, Bach/Britten, Purcell/Britten y Britten.
Si bien el concierto en el Patio de los Arrayanes se anunciaba como un recital de Ian Bostridge con su inseparable pianista Julius Drake, en realidad no era así, y el concierto en puridad debería haberse llamado Bostridge, Drake and friends, porque no eran ellos dos los únicos intérpretes. De hecho, todo lo que podríamos denominar la primera parte del concierto —dado que no hubo intermedio—, estuvo ocupada por los friends, lo que, insisto, dado cómo se presentaba el recital, les dio una curiosa cualidad de teloneros. También por el programa, muy variado y un tanto heterodoxo, aunque sin duda exquisito.
Comenzó la velada la mezzosoprano Ketevan Kemoklidze, interpretando la obra más ajena a la lógica del programa, junto con un pequeño ensemble de músicos de la Orquesta Ciudad de Granada y un arpa de la de Málaga: la Psyche de Manuel de Falla: una voz densa y profunda y una interpretación sutil, como la propia pieza, y los instrumentistas sutiles también y matizados. Después, el barítono Mauro Borgini continuó con los arreglos de Britten de cinco Geistliche Lieder de Bach (a partir de aquí el compositor británico sería ya el protagonista vicario o directo de la noche). Con la voz y la dicción claras, resultaba el intérprete ideal para estas piezas leves y cuyo arreglo por parte de Britten —como sucedía en el caso de los posteriores a partir de obras de Henry Purcell— prefiguran en cierto modo la nueva moda de los arreglos o traslaciones de música antigua de algunos solistas actuales. Estos últimos, los citados de Purcell, fueron interpretados por el contratenor Tim Morgan, que, si bien dotado de una bonita voz, no estuvo acertado ni en la afinación ni en el control vocal del timbre en las transiciones del registro agudo al grave.

Hasta aquí el recital resultó tan encantador como —en general— bien interpretado. Pero con la irrupción de Bostridge en escena —con una inevitable aura protagonista— el tono del concierto cambió. Por la naturaleza de la obra —los Canticles de Britten— y también de la interpretación, este adquirió una impresionante hondura artística, estética e incluso espiritual. Una experiencia casi religiosa y una lección de canto e interpretación por parte del tenor. La emisión de la voz, la musicalidad del fraseo, la precisión, la elocuencia de la entonación, incluso la manera de moverse (sobre todo en el Cántico I) en torno al piano, como en trance, todo contribuía a la intensidad de la experiencia. De nuevo, un acierto subtitular los textos (de Quarles , Edith Stirles T. S. Eliot), sobre los misterios del amor, la muerte y la divinidad, de una belleza y de una densidad que no hacían sino poner en valor la inteligencia con que Britten les puso música. Además, en la disposición y las necesidades de cada Cántico hubo un impulso escénico, en el cambio y los movimientos de los intérpretes, controlado todo muy claramente por Bostridge, que redondeaba la experiencia.
En el Cántico II, una sobrecogedora amplificatio —auténtico drama cantado de casi veinte minutos—sobre el sacrificio de Isaac, interpretada a dúo por Bostridge y Morgan, este último se redimió con una actuación sutil, precisa y emocionante junto al tenor —lo viril del padre, lo delicado del hijo—. La voz de Dios la realizaron a dúo, cantando a la caja de resonancia del piano, de espaldas al público, y ejecutando las disonancias con una bellísima precisión verdaderamente ultraterrena. Igualmente hermoso y espiritual fue The Journey of the Magi, cantado por el trío Bostridge, Borgioni y Morgan, magníficos e impecables de nuevo en la desolación no exenta de ironía de los tres Reyes Magos. Impresionante el poema a la crucifixión de Cristo, donde a Bostridge y Drake los acompañó Óscar Sala con la trompa —y otro gran momento de la noche fue el dúo, también en piano que realizaron tenor y trompa en un momento dado de la pieza, perfectamente ensamblado—. Por último, el Cántico V, con acompañamiento de arpa y Bostridge sentado junto a ella, casi al modo de un cantaor flamenco, y que dio fin al recital un un silencio sereno y anticlimático, epítome de la modernidad de la obra. A todo esto, Drake, magistral y perfecto, adaptándose a todos y a todo y dando al acompañamiento el carácter requerido a lo largo de todo el concierto como un copartícipe casi secreto. Un concierto intenso, magistral, memorable, comprometido con la mejor modernidad del siglo XX.
José Manuel Ruiz Martínez


