GRANADA / Hermoso recuerdo de Alessandro Scarlatti por Mena, Vieira Leite y la Capilla Santa María

Granada. 74º Festival de Música y Danza. Iglesia del Monasterio de la Cartuja. 3-VII-2025. Capilla Santa María (Manfredo Kraemer, Guadalupe del Moral, violines; Alex Jellici, violonchelo; Manuel Minguillón, tiorba; Daniel Oyarzabal, clave y órgano). Ana Vieira Leite, soprano. Carlos Mena, contratenor y director. Obras de A. Scarlatti y F. Durante.
El Festival de Granada tiene, como es bien sabido, múltiples atractivos. No es el menor de ellos, ni mucho menos, el hecho de presentar los eventos en marcos históricos hermosísimos, que en sí mismos constituyen una invitación para una inmersión especial en una belleza que entra por los ojos e inunda por los oídos. No fue excepción la velada que se comenta, celebrada en el precioso marco de la Iglesia del Monasterio de la Cartuja de la capital granadina, un templo considerado con justicia uno de los más significados exponentes de la arquitectura barroca española. Marco que, además, ofrece unas condiciones acústicas idóneas para una música como la que se comenta.
En el tricentenario de la muerte de Alessandro Scarlatti, padre de Domenico, más conocido entre nosotros, es muy justo que se rinda tributo a un compositor que fue más grande de lo que hoy tiende a reconocerse. Cierto que el estilo de Scarlatti padre es, pese al tinte operístico que impregna su enorme colección de cantatas (cita Consuelo Pérez-Colodrero en sus notas más de 800), muchas veces más contenido y menos, si se me permite la expresión, florido y directo que el de su prácticamente coetáneo Corelli. Y tampoco sonrió la fortuna, en lo tocante a la pervivencia de su obra, cuando muy poco después apareció la chispa genial de cierto Antonio Vivaldi. Pero hay mucha belleza en la música de Alessandro Scarlatti, y es por ello oportuna la ocasión que brindaba el Festival de Granada para ofrecer, de la sabia mano de Carlos Mena, una colección de piezas, como señala el programa, Escoxidas.

Como el propio Mena explicó en un breve parlamento mediado el concierto, las dos cantatas de este compositor escuchadas están, en efecto, seleccionadas entre las que figuran en el manuscrito M/2245 que se guarda en la Biblioteca Nacional de Madrid: Del Tirreno a le sponde y E penar degg’io ancora, dedicadas a Francisca Bibiana Alonso Pérez de Guzmán el Bueno, duquesa de Osuna consorte. Cada una de ellas consiste en una doble secuencia de recitativo y aria da capo. Mena tuvo, además, el acierto de incluir dos recitativos de Scarlatti para otras dos cantatas, Dormono l’aure estive y Al fin m’ucciderete, seguidos de sendos duetos compuestos por su discípulo Francesco Durante sobre esos mismos recitativos (hasta doce de esos duetos escribiría Durante sobre los recitativos de su maestro pertenecientes a otras cantatas). Las Cantatas contienen música hermosa, bien escrita y de grata escucha, pero lo más hermoso del concierto vino, para quien esto firma, de la mano de esos dos duetos de Durante, de una gran riqueza de elaboración, y alcanzó su punto culminante en la obra principal (en este caso “escoxida” por los intérpretes, como destacó Mena), el bellísimo Stabat Mater, compuesto por Scarlatti en 1724 por encargo de la Confraternitá dei Cavalieri della Vergine dei Dolori de la Iglesia de San Luis en Nápoles. Obra que, pese a su belleza, sería muy poco después, apenas una década, reemplazada por la homónima, hoy mucho más conocida, de Pergolesi.
Las cantatas y duetos fueron ofrecidos con el apoyo instrumental de violonchelo, tiorba y clave, con alternancia de los solistas. Mena se encargó de la primera, Del Tirreno a le sponde, y Vieira Leite de la segunda, E penar degg’io ancora. Hubo también alternancia en los recitativos que precedieron a los duetos de Durante. Vieira Leite se encargó del primero, Dormono l’aure estive, y Mena hizo lo propio con el segundo, Al fin m’ucciderete. Por su parte, el Stabat Mater contó con soporte instrumental adicional (dos violines, además de chelo y tiorba) y el clave fue, como procedía, reemplazado por el órgano positivo. Los dieciocho números que componen la obra guardan un cuidado equilibrio de distribución entre piezas a solo, equitativamente repartidas entre soprano y contratenor, y duetos.
No vamos a descubrir ahora al contratenor vitoriano Carlos Mena, músico de enorme clase al que encontramos en plena forma en esta velada. La voz corrió con soltura, firme, con gran presencia, emisión redonda y articulación y entonación precisas. Mostró una vez más su gran control del fiato (el larguísimo regulador en el inicio del da capo del aria Caro arene, de la primera de las Cantatas, fue una muestra palmaria de ello) y su envidiable capacidad para matizar y extraer de esta hermosa música todas las inflexiones de expresión que hay. Su sobria pero bien contrastada y acentuada dirección a lo largo de todo el concierto fue igualmente modélica.

En cuanto a Vieira Leite, mi llorado Eduardo Torrico se deshizo en elogios sobre ella cuando, apenas recién graduada, le dejó pasmado en un concierto del Festival Bal y Gay, en plena pandemia. No puedo sino compartir en gran medida su entusiasmo. La voz no es especialmente grande en el volumen, aunque el firmante se encontraba en una situación privilegiada para la escucha (en la segunda fila), pero es de una belleza tímbrica extraordinaria, y se nos presenta manejada con una maestría asombrosa para alguien que se supone está apenas en los primeros años de su carrera. Todas sus contribuciones fueron magníficas, y es difícil destacar una, aunque, puestos… quizá su Fac ut ardeat en el Stabat Mater marcara uno de los momentos álgidos de su participación.
Los dos cantantes se fundieron admirablemente en los Duetos de Durante (especialmente bello el segundo, Al fin m’ucciderete) y también en el Stabat Mater, pieza en la que Scarlatti emplea con inteligente sensibilidad los choques de disonancia entre ambos solistas y ese recurso tan barroco para expresar el lamento que es el cromatismo descendente. Música de emotiva expresión, delineada con sencillez, sin recargar, con el grado justo de tristeza. Desde el doliente inicio hasta el Fac me vere (el número más largo de la obra y uno de los más bellos, cantado de manera sobresaliente por Mena), este lamento de la madre dolorosa nos llegó con toda la emoción que contiene, hasta culminar en un Amén que, en su animada brillantez, no escondía un aliento de esperanza.
Estupendo el conjunto instrumental, con modélicas contribuciones de Daniel Oyarzábal, Alex Jellici y Manuel Minguillón, y ejemplares aportaciones del veterano Manfredo Kraemer y Guadalupe del Moral. Todos se sobrepusieron con ejemplar entrega al sofocante calor que hacía en el templo granadino. Y consiguieron que los demás también nos olvidáramos de la temperatura y disfrutáramos de la preciosa música de Scarlatti y Durante en un marco incomparable. Una magnífica velada que se coronó con un gran y merecido éxito.
Rafael Ortega Basagoiti
(fotos: Festival de Granada | Fermín Rodríguez)


