GRANADA / Heras-Casado, el reencuentro de quien nunca se fue de Granada

Granada. Palacio de Carlos V. 12-VII-2025. Orquesta Sinfónica SWR de Stuttgart. Alexander Kantorow, piano. Pablo Heras Casado, director. Obras de Brahms.
Pablo Heras Casado (Granada, 1977) nunca se fue de Granada. Por eso, ahora, más que hablar de su regreso a una ciudad que nunca ha dejado, hay que hablar de su reencuentro con el Festival de Granada, cuando ya ha transcurrido un lustro desde su nunca explicada dimisión de la dirección de ”los festivales”, por utilizar la jerga de su ciudad natal. Y lo ha hecho por la puerta grande, aunque haya sido en una situación sobrevenida, sustituyendo al indispuesto Andrés Orozco-Estrada en los dos conciertos con los que el maestro colombiano iba a clausurar esta 74 edición, al frente de la Sinfónica de la SWR de Stuttgart y con el concurso solista del pianista francés Alexander Kantorow.
Se palpaba el aprecio del público hacia su músico más ilustre. El maestro también dejaba asomar el plus de responsabilidad que supone actuar ante tus propios paisanos y en el marco del festival que él mismo lideró durante tres años (2017-2020). La cordialidad del recibimiento cuando Heras-Casado irrumpió en el Palacio de Carlos V fue clamor al final del programa, ya entrada la madrugada. Arreciaron los bravos de un público que puesto en pie vitoreaba al paisano y al maestro que acababa de dirigir una Primera sinfonía de Brahms cargada de nervio, músculo y temperamento. Apasionada, incandescente y decididamente romántica. No exenta de ese lirismo efusivo que tanto distingue la escritura del compositor hamburgués.

Fuel colofón de esta primera cita brahmsiana que había comenzado con el Primer concierto para piano, y que hoy domingo culmina con la clausura del festival, en la que se escucharán la Segunda sinfonía y el Segundo concierto para piano. La Orquesta de la SWR, fruto de la cuestionada y acaso fallida fusión en 2016 de la Sinfonía de la Radio de Stuttgart con la vecina Sinfónica de la SWR de Baden-Baden y Friburgo, sigue siendo una orquesta de alto nivel, pero distante y distinta de otras formaciones hermanas de la radiodifusión alemana, como la reina de la Radio de Baviera o las de Hamburgo o Colonia.
Brahms forma parte de su ADN (en la memoria y en la fonografía quedan las versiones integrales de la Sinfonías lideradas por quien fuera si titular entre 1971 y1977, Sergiu Celibidache) tanto como Falla en la ONE o Dvořák en la Filarmónica Checa. Y este pedigrí encuentra y encontró su mejor correspondencia en la corpórea y empastada sección de cuerdas, sin duda lo mejor de la orquesta. Los vientos son otro cantar. Las discretas maderas, sin llegar a aquello que escribió Joaquín Turina de cierta orquesta –“las maderas mejor que se hubieran quedado en el árbol”-, distan del empaque y calidad que cabe imaginar de una buena orquesta alemana, y los metales -sobre todo trompas y trombones- dieron la nota en más de una ocasión. Hubo desajustes y hasta desencuentros, pese a los intentos de Heras Casado de poner orden en específicos momentos de desconcierto, como en el segundo movimiento del Concierto para piano o en el último de la Sinfonía.

Brilló con luz propia y un pianismo de primerísima factura Alexander Kantorow (Clermont-Ferrand, 1997), hijo de quien fuera titular de la Orquesta Ciudad de Granada entre 2004 y 2008: el violinista y director Jean–Jacques Kantorow. Fue un Brahms juvenil -cuenta 25 años cuando compone su primer concierto; Kantorow acaba de cumplir 28- y de decididos contrastes; bellísimamente cantado y coloreado en mil matices y registros, enaltecido por un sonido cristalino y expansivo no ajeno al uso preciso, leve y ciertamente magistral de los pedales. Brahms fresco y natural, más cercano a los contrastes y arrebatos de Julius Katchen que a la reflexión introspectiva de un Guilels. Estilizado y de clara impronta personal. El extenso y quieto soliloquio del Adagio central constituyó uno de los puntos culminantes del concierto y de la gran noche brahmsiana.
Como contrapunto y en respuesta al entusiasmo de casi todos, Kantorow ofreció de propina nada menos que la música enfrentada de Wagner, en la transfiguración genial que Liszt llevó al teclado de la Muerte de Isolda, el prodigioso Liebestod que cierra Tristan e Isolde. Fue un final ideal y pertinente –“¿por qué no Wagner después de Brahms?: son músicas maravillosas que casan de maravilla”, comentó Kantorow tras el concierto-, y preludio ideal para lo que aún quedaba de programa, tras la pausa. Una Primera sinfonía de Brahms en la que Heras Casado dejó constancia de su sintonía con orquesta y repertorio. Después de muchos aplausos e idas y venidas al escenario, y el regalo de una feliz Danza húngara (la quinta, en sol menor) con la orquesta negándose a ponerse en pie para ceder toda la gloria del éxito al maestro, el director granadino se llevó una mano al corazón mientras miraba sonriente y agradecido a sus conciudadanos. A no muchos metros, le esperaban los limoneros, el silencio y el azahar de su carmen albaicinero. Bonita historia esta del regreso de quien nunca se fue de Granada.
Justo Romero


