GRANADA / Harding y los conjuntos de Santa Cecilia de Roma firman un estupendo Ravel

Granada. 74 Festival de Granada. Palacio de Carlos V. 5-VII-2025. Orchestra e Coro dell’ Accademia Nazionale di Santa Cecilia. Director: Daniel Harding. Director del coro: Andrea Secchi. Obras de Debussy y Ravel.
Entre los muchos atractivos que ofrece el programa sinfónico de la presente edición del Festival de Granada, la doble comparecencia de la Orquesta y Coro de la Academia Nacional de Santa Cecilia de Roma ocupa, sin duda, un lugar más que destacado. No solo es la formación italiana la más conocida de su país en lo referente al repertorio sinfónico sino que fue, de hecho, la primera en dedicarse en exclusiva al mismo desde su creación en 1908. La nómina de directores que ha visitado su podio es tan extensa como ilustre, de esas que pocas orquestas pueden igualar, y más que suficientemente explícita si citamos algunos nombres: Mahler, Debussy, R. Strauss, Stravinski, Sibelius, Hindemith, Toscanini, Furtwängler, De Sabata, Erich y Carlos Kleiber, Solti, Mengelberg, Karajan, Masur, Blomstedt y Abbado. Casi nada. Entre sus titulares han figurado también nombres bien conocidos como Markevitch, Schippers, Sinopoli o, más recientemente, Gatti o Pappano.
Se añade a esa lista de titulares, justamente desde esta temporada, el británico Daniel Harding (Oxford, 1975), que bien pronto asombró primero a Rattle y después a Abbado, convirtiéndose en asistente de ambos y debutando con la Filarmónica de Berlín con apenas 21 años. Harding se ha convertido, con buena razón, en una de las batutas más admiradas del actual panorama. Su gesto, claro, expresivo, elegante, está siempre al servicio de un discurso estupendamente armado, riguroso, sensible y de gran enjundia artística, y se mueve con igual soltura en repertorios variados, desde interpretaciones próximas a lo históricamente informado (ejemplares, en ese sentido sus lecturas beethovenianas con la Deutsche Kammerphilharmonie de Bremen) a lecturas de extraordinaria intensidad emotiva en el mundo sinfónico mahleriano, como hemos podido comprobar en Madrid recientemente, con una sensacional propuesta para La Canción de la tierra.

En el primero de los dos conciertos granadinos se recordaba nuevamente el 150 aniversario del nacimiento de Ravel (que ha protagonizado también otros eventos del festival, como el concierto de la Orquesta Ciudad de Granada con Juanjo Mena en el podio y Jean-Efflam Bavouzet al piano), con la interpretación de Daphnis et Chloé en su versión íntegra, mucho menos escuchada que las dos suites, más habituales en la programación. Antes de la partitura raveliana, la más célebre creación sinfónica del otro gran representante del impresionismo francés, Claude Debussy, con los tres bocetos sinfónicos, forma en la que el compositor subtituló El Mar. Habría de convertirse esta en la creación orquestal más célebre de su autor, y no puede ello extrañar, porque desde la misteriosa grandeza del inicio hasta la brillante conclusión del Diálogo del viento y el mar, el compositor francés nos lleva por toda una variada colección de inventiva tímbrica, de variada textura, que nos produce, por mucho que él abominara del término, una imponente “impresión” marina.
Ravel escribió lo que denominaría “sinfonía coreográfica para coro y orquesta” entre 1909 y 1912 como resultado de un encargo de los ballets rusos de Diaghilev. La obra sería estrenada bajo la dirección de Pierre Monteux (de quien hace poco recordaba quien esto firma, también desde las páginas de Scherzo, los 150 años de su nacimiento) sin los desencuentros que, tiempo después, se producirían entre el ruso y Ravel con ocasión de La Valse, que Diaghilev admiró como obra maestra, pero negándose a considerarla un ballet. La de Daphnis es también música inspiradísima, llena de sensualidad, evocación y sugerencia, con momentos inolvidables, desde el Amanecer a la enfebrecida Bacanal que corona de forma espectacular la partitura. Es una auténtica fiesta del colorido orquestal (y vocal, porque la aportación del coro, con vocalización sin texto, tiene un papel importantísimo en esa creación ambiental). Partitura endemoniada, porque Ravel la inunda de cambios de ritmo y tempo, y porque prescribe pasajes (especialmente para los solistas de madera y muy especialmente la flauta en la tercera parte de la obra) no sólo de altísima exigencia ejecutora, sino que ofrecen tentadoras posibilidades de libertad en el fraseo que la batuta debe, además, ocuparse de encajar en el todo sin que el encuadre se traduzca en rigidez ni la interpretación pierda la sugerencia, sensualidad y evocación que su inherente colorido y ritmo contienen. Papeleta, por tanto, de más que importante demanda para orquesta y batuta, incrementada además por el hecho de no ser partitura frecuente y, en el caso que nos ocupa, encontrarse con una acústica complicada (la del Palacio de Carlos V, para ser un marco abierto, es de las mejores… pero no deja de ser un marco abierto, con lo que ello conlleva).

La interpretación de El Mar comenzó con envidiable encanto, un sugerente pp de la cuerda grave y un delicadísimo ppp del timbal. Harding, con ese gesto muy natural, muy deudor de uno de sus mentores (Abbado), claro, atento y eficaz, gobernó con seguridad y firmeza la nave dibujando con acierto transiciones e inflexiones de tempo, con claridad de planos y texturas. Hubo momentos muy afortunados (el hermoso canto de los chelos en divisi en Desde el amanecer hasta el mediodía en el mar) junto a otros que (especialmente teniendo en cuenta lo escuchado después) dejaron alguna sensación de que hubiera hecho falta algo más de tiempo de ensayo (algún ajuste no tan perfecto de la cuerda en el Diálogo del viento y el mar). Tuvo apropiada ligereza el segundo de los bocetos, Juego de olas, y evidente vibración el mencionado Diálogo del viento y el mar, aunque la interpretación en su totalidad, correctísima, dejó cierta sensación de que tanto la orquesta como su director pueden sacarle más partido quizá con más ensayo y tal vez en acústicas más familiares.
Sensación que tuvo confirmación en la segunda parte, porque lo que la orquesta romana y Harding ofrecieron en su interpretación completa del Daphnis raveliano fue realmente extraordinario. Cierto, si uno se pone celibidachiano, y recupera las palabras del rumano (contundentes) en un ensayo con la Filarmónica de Berlín (la Séptima de Bruckner en los atriles), no encontramos aquí ese singularísimo “trémolo de color” que trataba de impulsar el maestro, y sin el cual (sus palabras) “la totalidad del repertorio francés es inejecutable”. Pero Harding evidenció una vez más que es un maestro muy capaz de presentar un discurso tan bien armado como fluido, con magistral manejo de la agógica (algo que ya vimos en el estupendo Mahler citado antes), sugerente, cuidadísimo en transiciones y de fino pincel en los matices. El comienzo, delicadísimo, con unos maravillosos pp de las trompas (¡qué sección de trompas tiene esta orquesta, dicho sea de paso!), una etérea aportación del coro (extraordinario en toda la obra), y una solemne, bellísima Danse religieuse, ya nos sumergió en la atmósfera adecuada. Que Harding y la orquesta estaban creando la atmósfera adecuada pasó la clásica prueba del algodón: en los momentos más delicados, no se escuchaba ni una mosca en el Carlos V. A lo largo y ancho de la interpretación, lució la orquesta su extraordinaria clase: cuerda ajustada, de bella y redonda sonoridad, en todas sus secciones, metales capaces de matices exquisitos (se habló de las trompas, pero extiéndase al resto) y unas maderas de categoría especial: flautas, clarinetes… todos desplegaron no solo un virtuosismo de primera (la partitura, como ya se apuntó antes, se las trae) sino de una gama amplísima de matices y colores, aprovechando al máximo el campo que Harding, muy inteligentemente, les dejaba para ejercer el papel que se les demanda: solistas. Lo anterior vale también para el coro, empastado y preciso en el matiz.
Se podrían destacar muchos momentos de especial fortuna. Basten como ejemplos la extraordinaria atmósfera creada en el Nocturne – Danse lente et Mysérieuse des Nymphes, o la sobresaliente traducción de los dos últimos números, Pantomime y Danse générale, respondiendo esta con perfección a una brillante, trepidante bacanal, con una respuesta orquestal magnífica. El público acogió con mucho más entusiasmo (lógico, dado lo que acababa de escuchar) esta página de Ravel, y premió con justos y calurosos aplausos a los solistas de la orquesta, destacados oportunamente por Harding. Un estupendo concierto que dejó un sabor de boca extraordinario y una expectativa más que alta para el que aguarda esta noche: el Requiem de Verdi.
Rafael Ortega Basagoiti


