GRANADA / Emocionante ‘noche americana’ de la OCG

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 29-V-2026. Francesca Dego, violín. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Obras de Barber y Dvořák.
El último concierto de la temporada de la OCG tuvo uno de esos programas característicos y acertados de la formación en el que, de forma muy sugestiva, se combinan, en torno a una idea libre y genérica, una obra conocida con otra que no lo es tanto, de modo que se va ampliando el repertorio y el gusto de los oyentes. En este caso, la conocida lo era mucho: la Sinfonía nº 9 en mi menor op. 95, «del Nuevo Mundo» de Antonín Dvořák; y, junto con ella, el Concierto para violín op. 14 de Samuel Barber; la idea, claro, es lo que podríamos denominar, de forma intuitiva, la música culta de, o en torno, a los Estados Unidos.
El concierto de Samuel Barber, compositor aquejado de esa maldición de tener una obra archiconocida que opaca el resto de su producción, es una pieza de un estilo armónico y tímbrico característico (suyo y, por extensión, de nuevo de forma intuitiva, de lo que podemos reconocer, con un poco de oído, como un aire «estadounidense»), meditativa, evocadora, con una instrumentación compleja y donde los elementos vanguardistas y disonantes son medios, no fines en sí mismos, al servicio de la expresividad y el sentimiento. Todo eso supo reflejarlo muy bien la versión de la OCG bajo la dirección de Macías, en una interpretación elegante, expresiva y muy matizada, salpicada aquí y allá con sutiles pinceladas tímbricas y el diálogo entre los solistas de la orquesta y la solista principal, como fue el caso específico del que sostuvieron violín y clarinete, dulce, y sentido. Francesca Dego realizó una interpretación extraordinaria: sobria, segura, sin aspavientos, con un sentimiento matizado y tremendamente precisa en los continuos agudos y dobles cuerdas. Parecía una interpretación que requiriera más de lirismo, fraseo e intención que de virtuosismo de agilidad…, hasta el último movimiento, que contrastaba de modo abrupto e interesante con el tono general del concierto y convertía la ejecución del solista en un enhebrado de notas rápidas implacable y casi obsesivo, que no remitió de hecho ni dio tregua hasta el final de concierto, y donde pareció acumularse toda la espectacularidad que parecía ajena a este concierto, y que Dego solventó con una precisión y acierto casi sonámbulos.
Si Barber tiene la dificultad de lo desconocido, Dvořák tiene la de lo demasiado conocido. Es difícil interpretar una sinfonía que parecería que conocemos de memoria y que está registrada en una infinidad de grabaciones (si bien es cierto que es también de forma paradójica el tipo de obra que a veces deja de escucharse por evidente, y a la que conviene volver de vez en cuando), y aportar en esas condiciones algo nuevo. La interpretación de Macías fue solvente, emocionante y poderosa, aunque ciertamente no planteó nada nuevo ni nos señaló nada distinto; por otra parte, una obra tan inspirada no lo necesita, y además es de agradecer que se eviten excentricidades en busca de una novedad sin propósito. Quizá faltó un poco más de empuje en el movimiento inicial y en el Scherzo, y mayor claridad en los momentos climáticos de ambos. Por el contrario, el Largo resultó brillante, sentido y emocionante, con un tempo justo, acertado (ni muy lento ni muy rápido) y supo redescubrir al espectador la emoción y la belleza sin complejos de un momento musical que, de conocido (insistimos) ha resultado por ello sobreexplotado. Magnífica la intervención de una jovencísima solista en el corno inglés, tan expuesta. Magníficas también por cierto las maderas en su conjunto, que le dieron a la interpretación el color y el brillo que la sinfonía requiere. En el Allegro con fuoco sí nos parece que se consiguió alcanzar el equilibrio justo entre potencia, expresividad y precisión. La coda, con esa combinación de brillantez orquestal y el extraño final anticlimático estuvo muy bien planteada y ejecutada (lo que no es fácil) para conseguir esa suerte como de final de una ensoñación que parece querer transmitir, y que culminó por tanto de la mejor manera posible, con una orquesta y director que siguen mostrando su buena forma y su buena sintonía.
José Manuel Ruiz Martínez
(foto: Sofía Biely)


