GRANADA / Elisabeth Leonskaja, o Frau Schubert

GRANADA / Elisabeth Leonskaja, o Frau Schubert

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 10/VII/2021. Elisabeth Leonskaja, piano. Obras de Schubert.

Los conciertos suelen recordarse más por su conclusión que por su comienzo. Y el recital de la gran pianista georgiana Elisabeth Leonskaja (Tiflis, 75 años), dedicado a Schubert, ayer sábado en el Festival de Granada, terminó con buena parte del público aplaudiendo de pie en el Auditorio Manuel de Falla. Habían transcurrido casi cien minutos sin descanso desde que la pianista compareció en escena con rostro serio y concentrado. Y de su precipitado ataque de la primera de las tardías Piezas para piano D. 946, donde apenas percibimos la síncopa inicial. Leonskaja optó, incomprensiblemente, por suprimir todas las repeticiones, algo impensable en una pianista que tiene a Sviatoslav Richter como dios schubertiano. Y esa decisión, que afectó a la comprensión formal de la pieza y que no escuchamos en su grabación para MDG, se acompañó por un tempo frenético y algunas notas erradas, lo que contribuyó a cierta inestabilidad inicial.

Todo se disipó en la segunda pieza del D. 946. Regresaron las repeticiones (no todas) y escuchamos los primeros momentos mágicos en que Leonskaja consiguió hacer flotar etéreas las melodías de Schubert. Fue el caso del bellísimo segundo episodio de este rondó, en la bemol menor, cuya repetición fue también eludida. La tercera pieza del D. 946, un Allegro tripartito en do mayor, fluyó con normalidad, en su beethoveniano discurso sincopado, si exceptuamos un leve lapso de memoria justo antes de la coda final.

El recital no había comenzado bien, pero estábamos escuchando a una legendaria especialista en Schubert. De hecho, Leonskaja ha profundizado todavía más en este compositor, en los últimos años, tras abordar la integral de sus sonatas que ha grabado para el sello Easonus. Un lanzamiento, en dos lujosos estuches, publicados en 2016 y 2019, que todo aficionado a Schubert debería conocer. El último, dedicado a las sonatas tempranas incluye, además, uno de los mejores ensayos que he leído sobre el tema, que firma el musicólogo Miguel Ángel Marín. Pero, en el primero, centrado en las sonatas tardías y lanzado como celebración del 70 aniversario de la pianista, leemos algunas opiniones suyas acerca de Schubert. Concretamente, de la Sonata en la menor D. 784 afirma que es como una esfinge. Aquí la tensión, la escasez de material musical y el poder aterrador resultan asombrosos y apocalípticos. Habría que añadir que esta sonata, de 1823, parece una reacción al diagnóstico de la sífilis que terminaría prematuramente con su vida.

Ese poder aterrador y apocalíptico, del Allegro giusto inicial, lo escuchamos en los contrastes agógicos y dinámicos que Leonskaja subrayó con maestría. Su interpretación adquirió cierto aire épico y hasta caballeresco con esas imponentes cabalgatas de corcheas con puntillo en donde el piano asume una escritura casi orquestal. El Andante central fue otra muestra de la exquisitez melódica y hasta mística que extrae la pianista georgiana de estas partituras, en medio de contrastes dinámicos y explosiones dramáticas. Y el Allegro vivace final fue la ideal evocación del viento que se transforma en tormenta, con esas ristras de tresillos que culminan en acordes llenos que sonaron como truenos en las manos de Leonskaja.

Pero lo mejor del programa llegó con la Fantasía “Wanderer” D. 760, una composición schubertiana de unos veinte minutos que Leonskaja ha grabado con brillantez hasta en dos ocasiones. Incluso la llegó a convertir, en 2009, en la segunda propina de su recital en el Auditorio Nacional de Madrid, tras las tres últimas sonatas del compositor vienés. La pianista arrancó su versión, en Granada, con una energía arrolladora y apoyándose con autoridad en el tema cíclico dáctilo de la obra. Desde este tema estableció todo tipo de conexiones y contrastes. El subsiguiente Adagio sonó intenso y conmovedor, pero sus cinco variaciones fueron a más en ímpetu y tensión, y sin perder un ápice de sustrato melódico. Ese fuego tampoco decayó en el Presto, un scherzo con toda la fuerza y la capacidad lírica, que demostró cantando a placer en el segundo trío. Y el Allegro final, que fue lo mejor de todo el concierto, fue una lección magistral de fuga. El poderío de Leonskaja en el enunciado del tema fue a más hasta alcanzar una verdadera dimensión sinfónica que causó estupor entre el público.

El programa había terminado, pero Leonskaja no dudó en corresponder a los aplausos con más de veinte minutos de propinas, sin salirse de Schubert. Y el recital siguió en ascenso. Las inició con el Cuarto impromptu D. 899 donde elevó especialmente el episodio central en do sostenido menor, con esa capacidad para combinar el cantar de la mano izquierda con el aleteo de la derecha. Siguió el impromptu anterior del mismo ciclo, el nº 3 del D. 899, que la pianista elevó a una especie de himno acompañado por arpas celestiales, aunque sin desatender ese matiz sombrío que Schubert inocula desde el registro grave. Y, cuando pareció que Leonskaja seguiría con todo el ciclo de impromptus en sentido inverso, nos sorprendió a todos con el Andantino de la Sonata D. 959 que cerró su recital. Partió de una hipnótica languidez, en el comienzo, que reforzó el contraste con la turbulenta sección central, verdaderamente inhumana y brutal en sus manos, con esa munición de arpegios, acordes, octavas quebradas, trinos y notas repetidas en todos los registros. Y después de la tormenta llegó la calma, aunque teñida por un matiz sombrío. Hemos pasado lo peor, pero nada ha terminado todavía, parecía decirnos desde el teclado.

(Fotos: Fermín Rodríguez)