GRANADA / ‘El Mesías’: Mireia Barrera hace protagonistas a los coros participativos

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 13-XII-2024. María Espada, soprano. Gabriel Díaz, contratenor. Nicholas Scott, tenor. Joan Martín-Royo, bajo. Coros participativos. Coro de la Orquesta Ciudad de Granada (Héctor Eliel Márquez, director). Orquesta Ciudad de Granada. Directora: Mireia Barrera. Haendel: El Mesías.
A estas alturas, la interpretación de El Mesías de Haendel por parte de la Orquesta Ciudad de Granada en su modalidad participativa, esto es, con distintos coros de la ciudad que se suman desde el patio de butacas a un coro principal en el escenario para cantarlo juntos —este año, como desde hace ya muchos, en el escenario el de la OCG—, es una de las tradiciones más arraigadas de la ciudad; en cierto modo, marca ya en el calendario local (al menos en el de los abonados o melómanos) el inicio tácito de las efemérides navideñas. Este año, además, la dirección ha estado a cargo de Mireia Barrera, que fue directora fundadora del Coro de la Orquesta Ciudad de Granada y su titular hasta 2005, con lo que puede decirse que, en cierto modo, se producía un reencuentro y se cerraba un ciclo.
Resultó una interpretación muy interesante, y que propicia una reflexión sobre este tipo de actividades. Comenzó con una Sinfonía correcta, pero sin brillo ni tensión; no era un buen augurio —lo cierto es que, para ser justos, no fue la tónica general: otros momentos orquestales, aun en acompañamiento, resultaron logrados e incluso remarcables—. Sin embargo, al llegar al primer número coral, todo cambió: la directora giró su atril (sería un movimiento curioso y eficaz a lo largo de toda la noche, el atril giratorio, como el timón del barco que estaba comandando), enfrentó al público y, en una suerte de arremangamiento simbólico, su gestualidad se volvió precisa y entusiasta, centrada por entero en los coros participativos; a lo sumo, algún leve recuerdo o indicación de pasada, a sus espaldas, al coro de escenario o a la orquesta; algunas órdenes imperiosas (de piano sobre todo) no escondían ante el público la necesidad de una corrección: todo al servicio de la música. Ningún otro director ha prestado tanta atención a los coros participativos en las interpretaciones precedentes; y nunca han sonado mejor, más elegantes y matizados (aunque alguna oveja inevitablemente se le descarrió también a veces con tanto rebaño por pastorear, si se me permite la licencia, tomada de un fragmento del propio texto del oratorio), consiguiendo por fin jugar de veras con el efecto estereofónico que propician y evitando la sensación de un volumen indeterminado. Esto se vio, entre otros muchos ejemplos, en el espectacular y emocionante For unto us a child is born, donde comenzaba cantando el coro de escenario —aquí, claro se volvía hacia ellos con los mismos gestos precisos y determinados, se pasó la interpretación en un continuo giro del atril— para, en el momento culminante, sumarse los participativos para cantar los atributos de Cristo (Wonderful, Counsellor, etc). El coro de la OCG, por cierto, magnífico y dúctil en sus manos, seguro en las agilidades (muy bien los tenores ahí) y empastado. Qué gran directora coral. El momento culminante y, nos guste o no, esperado por muchos, fue un Hallelujah! increíblemente matizado sin dejar por ello de sonar entusiasta. Un Aleluya participativo entonado con matices e intención: quizá haya sido el verdadero milagro de esta Navidad.

Los solistas tuvieron una ejecución desigual. El tenor, Nicholas Scott, fue una sustitución de última hora. Tenía un bonito timbre, muy acorde con esta música, pero quizá sí que acusó un tanto lo apresurado de la incorporación, con algunos ad libitum muy arriesgados que estuvieron al límite. La soprano, María Espada, tenía una voz poderosa, quizá demasiado densa y sonora para este repertorio, y desplegó las agilidades de manera impecable pero un tanto mecánica y fría. En el aria If God be for us… el concertino, Peter Biely, puesto en pie como solista, dio un verdadero recital a dúo con ella, maravilloso, sentido y emocionante. Joan Martín-Royo, el bajo, tenía una voz profunda y poderosa, precisa y elegante; Gabriel Díaz, una muy bonita de contratenor, dotado además él mismo de un gran sentido musical y del fraseo.
En conclusión: hubo por parte de la directora una apuesta deliberada por el trabajo en equipo, una suerte de delegación en los músicos más experimentados para poder hacer su trabajo con quienes requerían una mayor supervisión. El resultado final quizá no sea un Messiah innovador o relevante desde el punto de vista musicológico o hermenéutico, pero sí una versión vibrante, emocionante de veras y que por tanto cumple de facto y con creces —en cierto modo mejor que otras—, con el cometido y la finalidad con la que fue pensada esta actividad cultural concreta: el empeño y el goce de un grupo de personas por hacer música juntos para celebrar que comienza la Navidad.
José Manuel Ruiz Martínez


