GRANADA / El maestro Heinz Holliger orquesta a Schoenberg y dirige a la OCG

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 10-IV-2026. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Heinz Holliger. Obras de Schoenberg y Schubert.
El noveno concierto de abono de la OCG contó con la presencia de uno de los oboístas más importantes del siglo XX —y por ende del XXI—, pero curiosamente, no como tal, sino en su doble faceta de director y compositor. Así, dirigió a la orquesta e interpretó con ella la Sinfonía de cámara nº 1 op. 9 de Schoenberg, la Sinfonía nº 5 en Si bemol mayor D 485 de Schubert, y, también de Schoenberg, las Seis pequeñas piezas para piano op. 19, pero en su propia orquestación.
La interpretación de la sinfonía de Schoenberg —con la que comenzó el concierto en un cambio en el orden de las piezas indicado en el programa— fue antológica. De haberse grabado (no podría asegurar que no se haya hecho, y ojalá que sí) podría figurar como un registro de referencia. Está claro el compromiso de Holliger con la obra y con su interpretación. Su dirección precisa, exigente, amplia, nítida y minuciosa, supo comunicar a la pieza a través del pequeño conjunto orquestal todas estas cualidades. Cabría destacar de la interpretación sobre todo su perspicuitas, esto es, su claridad que, sin embargo, no implicaba una simplificación ni una renuncia a mostrar la complejidad arquitectónica o armónica de la pieza, pero que, sin embargo, la vuelve inteligible. También la variedad suntuosa y sorprendente del timbre y de los colores orquestales, capaces de revelar la belleza de la obra, especialmente al subrayar esas fugas súbitas hacia lugares expresivos, donde se sugieren incluso ecos sentimentales o amagos de música cuasi ligera que absorbe casi de inmediato la lógica compositiva ensimismada e implacable que domina la escritura de la sinfonía.
Algo parecido —una atmósfera idéntica— sucedió con la interpretación de las pequeñas piezas para piano. Como en una sucesión de apuntes o (en atinada expresión de Santiago Martín Bermúdez en las notas al programa) aforismos, la orquestación de Holliger parece tener algo de amplificatio expresiva, de un coloreado preciso, respetuoso con la esencia de la obra pero que sabe traer a las pequeñas piezas a un lugar de aún mayor contemporaneidad si cabe (como haciéndoles decir lo que no dicen pero podrían), con la inclusión muy interesante de instrumentos como un (de hecho) piano, más una celesta y un órgano eléctrico, y una batería notable de percusión que incluía campanas tubulares y hasta dos idiófonos de láminas distintos, instrumentos que sin embargo en ningún caso remedaban al piano sino que creaban su propia textura sonora en el contexto de la pieza (por ejemplo, en una de las piezas el pianista pulsaba la tecla al mismo tiempo que contenía su sonido deteniendo la cuerda con la mano). Creo que la divulgación de la música del siglo XX pasa más por este tipo de interpretaciones que por otros caminos más fáciles pero quizá con menos recorrido a la larga.
La sinfonía de Schubert continuó con esta racha interpretativa virtuosa, si bien de forma más calmada, más previsible y menos espectacular, quizá ser una música más esperable o por la presencia de una plantilla más nutrida y menos concentrada. Holliger escogió unos tempi muy equilibrados para transmitir la bella ligereza de la obra, con sus toques sutiles toques de dramatismo o melancolía. Muy bien subrayadas y sugestivas las variaciones leves (los adornos de las flautas, por ejemplo), en la reexposición del Allegro. El acierto de los tempi se vio también en el Andante con moto, que superó el escollo que a veces implican las repeticiones de temas tan del gusto de Schubert. Por último el Allegro vivace, más enérgico en este caso que ligero, muy expresivo (en especial en sus breves excursos tempestuosos), culminó una interpretación tan cuidada como notable, con algo de genuino acontecimiento musical en una ciudad en la que por suerte no resultan infrecuentes.
José Manuel Ruiz Martínez


