GRANADA / De Messiaen, de Aimard y de los maestros, los pájaros

Granada. 74º Festival de Granada. 7-VII-2025. Fundación Rodríguez-Acosta. Carmen de los Mártires. Parador de Granada. Patio de los Arrayanes. Pierre-Laurent Aimard, piano. Olivier Messiaen: Catalogue d’oiseaux.
En varias ocasiones Pierre-Laurent Aimard ha comentado que descubrir Catalogue d’oiseaux, de Olivier Messiaen (1908-1992), le cambió la vida. Sumergirse en ella le ha llevado años, décadas, un trabajo que todavía continúa (por más que, recientemente, ya plasmado por él mismo en disco) y cuyas ramificaciones van más allá de lo puramente sonoro; está la experiencia de la contemplación/escucha de las aves, también del conocimiento de las profundas resonancias religiosas que, entre canto y canto, restallan en esta colección de partituras.
¿Cómo entonces, en cada uno de los cuatro conciertos programados por el Festival de Granada para mostrar todo el Catálogo, hubo tal grado de espontaneidad? Tal vez solo fuera una ensoñación, una más, de las que se producen al escuchar esta música que tantas veces parece estar diciendo lo mismo de distinta manera. En las antípodas del minimalismo, hay en el Catálogo un traqueteo gozoso, un ir y venir constante, como si ya hubiéramos pasado por allí, como si cada nuevo aporte arrastrara consigo gran parte del anterior.
Cada obra es un pájaro, pero en cada una viven decenas de otras aves. Como si, en términos cinematográficos, aquellas hicieran cameos en las películas de los demás. El pianista que se enfrenta a todo esto ha de tener una destreza gigante. Si se está en posesión de ello, viene lo bueno. Porque la cámara puede situarse en mil sitios, desde múltiples perspectivas. El guion es el que es, pero Messiaen extiende ante el teclado todo el campo, todo el bosque, todo un paisaje fastuoso que poder interpretar. Aimard, claro está, tiene su propia visión de todo este entramado alado. Lo ha mostrado en una sesión histórica (otra vez esa palabrita que, de vez en cuando, salta, pero es que esta vez saltaba a la cara con rótulo luminoso y parpadeante: histórica) que se extendió por todo el día, comenzando a primera hora de la mañana, al aire libre, en las alturas de la Fundación Rodríguez Acosta, encerrándose después para esquivar el estío en el Carmen de los Mártires y el Parador de Granada, concluyendo en la anochecida del Patio de los Arrayanes.

No son los pájaros de Messiaen los de la Alhambra, pero estos (vencejos, golondrinas, mirlos…) acompañaron a Aimard durante toda Le Traquet stapazin (La collalba rubia), con la que abrió la primera sesión. Hubo ya una impulsividad que se iba a mantener; al francés no le interesa tanto incidir en la modernidad de una creación que siempre suena nueva, tampoco direccionar el lenguaje hacia las reverberaciones imponentes de tanta música organística como escribió Messiaen, menos desde luego dar una pátina de música orquestal al piano, agigantarlo. ¿Entonces? Juega con las notas, con su orden, con sus afectos, ¡con las resonancias! Qué manera de dar rusticidad a los cantos, incisivos, a veces frenéticos, y amplitud mediante el pedal a los paisajes que habitan estas aves forestales, rupícolas, esteparias… Aimard hace ornitología desde el piano; y esto no es ningún aserto presuntuoso, si se toman en consideración los pequeños textos del compositor que anticipan cada pieza: ahí está todo. Ojalá haber contado con ellos en las notas o de alguna otra forma. Porque sí, el Catálogo de pájaros es autónomo, vuela libre; pero es que cada apunte de los referidos es una fotografía que luego se verá en la audición. Se contrasta, hay programa exacto, si se desea gozar de él. Y debe ser siempre una opción a la mano.
Siendo tan descarriadamente libre, Aimard sonó ejemplarmente pulcro, defiende la obra desde una visión propia compartida con Messiaen, aprehendida con él y desde él. Resultó aéreo cuando el ave en cuestión es escurridiza en el aire (como en L’Aloette Calandrelle (La alondra calandria) y abstraído cuando el animal describe trazos sobre un paisaje más conmovedor, como en Le Courlis Cendré (El zarapito real), que durante la invernada habita zonas costeras azotadas por el viento.
También consiguió que piezas más esquivas adquirieran una elevación inesperada; fue así que alcanzó un momento de emoción desbordada con Le Merle bleu (El roquero solitario), donde su canto tan presente y martilleteante, se mezcla con tonalidades cálidas, acordes consonantes, dibujos casi impresionistas que Aimard realizó desde la aceptación cuasi cinematográfica de esta música, sin temor a buscar la belleza, a reivindicar el sonar. Lo hizo, con una suspensión del tiempo ensimismada y teatral, en las dos primeras piezas de su concierto nocturno. Con La Chouette Hulotte (El cárabo) y L’Alouette Lulu (La alondra totovía) propició ralentizaciones, entendiendo ambas piezas como una plegaria de la naturaleza. El piano —su piano— pareció estar más preocupado por esbozar con esfumado los contornos de la noche que por subrayar el canto, que estuvo ahí, agazapado, entre los árboles; temeroso y a la vez ominoso. Como el cárabo, como la alondra. Finalmente, en La Rousserolle effarvate (El carricero común), la adición más extensa del ciclo, el solista sí que coqueteó, si no tanto con el sinfonismo, sí con unos colores que estallaron como pirotecnia (parecía estar serpenteando, anunciándose la Turangalila) y esculpió silencios y afectos, dos tandas de trinos en la región aguda que extendió despertando aún más expectación. Entre los carrizos de la laguna se mueve frenético el retratado, un pajarillo sencillo y bello, un paseriforme indistinguible para el profano. Una avecilla desapercibida y, como todas las demás, capaz de fascinar a Messiaen, a Aimard, a quienes ahora lo escuchamos y a quienes lo escucharán algún día. “Los pájaros (…) Ningún ser humano ha hecho música más pura, más compleja, más rítmica, más libre y más bella que ellos” (del Tratado de ritmo, color y ornitología).
Ismael G. Cabral
(fotos: Festival de Granada | Fermín Rodríguez)


