GRANADA / Culmina el ambicioso ciclo de Mahler de Lucas Macías, la OCG y su joven academia

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 25-IV-2026. Catriona Morison, mezzosoprano. Benjamin Bruns, tenor. Joven Academia de la Orquesta Ciudad de Granada. Orquesta Ciudad de Granada. Director: Lucas Macías. Obras de Mahler.
El último de los conciertos del ciclo que en esta temporada ha dedicado la Orquesta Ciudad de Granada a Mahler bajo la dirección de Lucas Macías ha contado de nuevo, por razones evidentes de necesidad orquestal, con los músicos del programa formativo de la Joven Academia de la OCG —en realidad es al revés: se programan determinadas obras para gran orquesta y así tener ocasión de contar con ellos—. Para este cierre se ha pensado un programa verdaderamente ambicioso por su complejidad y densidad: el Adagio de la inconclusa Sinfonía nº 10 en Fa sostenido mayor, y La canción de la Tierra, en la versión más habitual para tenor y, en este caso, mezzosoprano.
En una interpretación donde participan jóvenes músicos en formación, la ambición es un elemento a tener en cuenta. Creo que es un acierto que, ya que se da la oportunidad a estos de participar de la experiencia de un concierto real mentorizados por solistas de la orquesta con experiencia y prestigio que los acompañan, se haga a lo grande, casi a portagayola, en lugar de plantear programas con piezas brillantes, pero también trilladas y quizá superficiales. En este caso estamos ante dos obras de plena madurez del compositor, y que abordan además un asunto que a los intérpretes, por su edad, les resulta lejano, más vago y teórico que real: el final de la vida y la llegada de la muerte; más la complejidad puramente musical. Resultaba verdaderamente interesante la posibilidad de escuchar lo que hacían con ello.
En el Adagio de la Décima acusaron la complejidad. La interpretación era concentrada y se percibía la dedicación, pero también una cierta sensación de estar sobrepasados, como si fueran detrás de la obra, buscándola. Incluso Macías parecía menos relajado en su gestualidad que en otras ocasiones. Algunos momentos verdaderamente logrados, en los motivos más danzarines y que tendían a lo grotesco (clarinetes), en algún dibujo sencillo y tranquilo de las cuerdas, pero en general la interpretación adoleció de una cierta falta de brillo y de matices; el clímax, tremendo y disonante, fue ruidoso como corresponde, pero careció de tensión y dramatismo. Muy bien la cuerda grave, que aportaba serenidad, estabilidad y empaste, con algún momento especialmente lírico y bonito de los violoncelos.
Me permito decir esto, primero porque fue una interpretación profesional y dentro de unos estándares notables; también porque una crítica paternalista por razón de la edad es al final una manera de hacer de menos. Pero sobre todo para que las impresiones sobre La canción de la tierra no parezcan hiperbólicas o condescendientes, sino genuinas y justificadas. Porque fue una interpretación excepcional. Como si se hubieran sacudido el miedo y la inseguridad, con Lucas Macías mostrando de nuevo su afinidad mahleriana, volvió el brillo, el timbre, el matiz y los juegos de color que ya exhibieron, por ejemplo, en su interpretación de la Tercera. Lo cierto es que todo salió bien. La cuerda tuvo de repente un empaste y un brillo notables y los planos sonoros entre familias parecían encajar como de suyo. La orquesta supo estar poderosa sin estridencias —por ejemplo en el tema de arranque de la obra—; leve cuando correspondía; graciosa en las elegantes filigranas chinescas que Mahler se permite… Por las características de la obra —tan propia del compositor, con sus soliloquios y digresiones camerísticas— los jóvenes solistas pudieron además lucirse: casi todos los vientos tuvieron la ocasión, solos o en compañía de otros; citaré a una en representación de todos, quizá porque su instrumento concita inevitablemente la atención cuando suena: qué noche virtuosa la de la piccolo. Los solistas seniors directamente rompieron el molde; todos. Pero tanto el oboe como la flauta consiguieron en el último movimiento, Der Abschied, «el adiós», la atmósfera contrastada, hipnótica, de inquietud, presagio y belleza que requiere. Por supuesto, nada de esto habría sido posible sin haber contado con el privilegio de dos voces realmente excepcionales: la interpretación tanto de Catriona Morison como Benjamin Bruns, cuyos timbres, potencia y seguridad resultaban especialmente aptos para Mahler, fue sobresaliente; uno aportó el ornamento brillante y la agilidad, en una rara combinación de ligera claridad y potencia; la otra, la serenísima y lírica belleza —qué timbre oscuro y luminoso— que culminó, en la despedida, con una sobrecogedora reiteración en piano de la última palabra del lied, Ewig («eternamente»), mientras arpa, celesta y mandolina (¡las cosas de Mahler!) desgranaban los arpegios finales en pianissimo como puntos suspensivos…
Al final se consiguió algo raro: más allá del virtuosismo o la brillantez, la emoción profunda que la obra demanda. Ambición consumada de un ciclo que ha permitido además escuchar durante el curso en Granada obras que habitualmente quedaban reservadas para el Festival Internacional de Música.
José Manuel Ruiz Martínez


