GRANADA / Cierre de temporada de la OCG con tres directores y un solo Mozart

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 30-V-2025. Lucas Macías, oboe. Christian Zacharias, piano. Directores: Christian Zacharias, Jospeh Swensen, Lucas Macías. Obras de Mozart.
El lector que se haya fijado en la ficha técnica del concierto podría pensar en un error, pero no lo hay. La OCG decidió despedir su temporada con una iniciativa original, en el mejor sentido del término, el que aporta verdaderamente algo interesante a su público: la presencia en un mismo concierto de tres directores diferentes: el artístico, Lucas Macías, y los dos principales invitados, Joseph Swensen y Christian Zacharias, todos figuras felizmente habituales a lo largo de la temporada. Tenía por tanto el concierto algo de recapitulación, de colofón y de reunión amistosa; también algo vagamente taurino, con tres maestros con batuta en lugar de con espada, para lidiar el toro de Mozart (o a la propia OCG): así de hecho lo intuye o lo sugiere el título del programa: Tres Mozart, tres. Además, para rizar el rizo, Lucas y Zacharias ejercieron de solistas y se dirigieron recíprocamente, el primero con el Concierto para oboe en do mayor K 314, y el segundo con el Concierto para piano y orquesta nº 17 en sol mayor K 453. El concierto habría quedado redondo si Swensen hubiera sido también a su vez solista, pero tan solo dirigió, de manera que la monumental Sinfonía nº 41 en do mayor K 551 «Júpiter» quedó algo extrañamente encajonada entre los dos conciertos como una deidad central flanqueada por dos lámparas o ángeles.
En el concierto para oboe, Lucas Macías se encontró en su elemento —señalar su virtuosismo a estas alturas es incidir en lo evidente—: realizo una interpretación magistral, en su forma de ejecución característicamente tensa y concentrada; su principal virtud fue un fraseo elocuente, que supo subrayar esta característica de la escritura para solista mozartiana, y una maravillosa capacidad para el legato (hasta casi perder la respiración), especialmente en el adagio, donde consiguió suspender el tiempo. Preciosas y emocionantes allí las repeticiones de temas en pianissimo, por ejemplo. Y muy simpáticos y expresivos los detalles de complicidad con sus colegas oboes de la orquesta en el Rondó, dialogando de modo divertido con la llamada que hacen estos junto con las trompas y la réplica posterior del solista. Zacharias, como siempre, estuvo preciso y jovial, con el gesto suyo característico algo desmayado y como al descuido, que desmiente su mirada y su concentración, y que a la postre resulta de lo más matizado y eficaz.
Swensen planteó una sinfonía que hacía honor a su subtítulo y que resultó jovial, expresiva y espectacular, también solemne, un punto más lenta de lo que suele ser habitual, aunque también por eso mismo más tensa y también más nítida: ahí queda, por ejemplo, el impresionante calderón que realizaron al final de la primera parte de la reexposición. Esto se llevó a su culmen en el Andante, lento, meloso, retardante, mecido por la expresividad característica del director y su gesto como de enhebrar la música en el aire. La orquesta estuvo estupenda, compactada, con un diálogo magnífico de las cuerdas entre sí —por ejemplo en el Andante— y un viento perfecto en conjunto, con algunas notables intervenciones de la flauta solista, lo que pudo apreciarse en la precisión con que ejecutaron toda la escritura contrapuntística de la sinfonía y en la emocionante fuga de la coda final.
Por último, Zacharias ejecutó el concierto para piano de forma delicadísima y mínima, con un fraseo ligero y encantador, no exento de humorismo, y de nuevo el ademán seguro de quien sabe lo que hace, con unas cadencias que llegaban a parecer improvisadas. Lucas lo secundó en la dirección con eficacia, pero sin duda como director casa más con otro repertorio más denso y de otra naturaleza expresiva donde suele dar lo mejor de sí, y aquí por ejemplo pudo haber sacado más partido al asombroso Andante y sus arrebatos sorprendentes de drama y lirismo casi chopinianos. Acostumbrado quizá a ejercer de solista y director (como ha hecho más de una vez en la OCG, la última, de hecho, con el Segundo concierto de Chopin), a Zacharias a veces se le iba la mano izquierda y marcaba inadvertidamente entradas y matices sin desmentir a Lucas, en un curioso ejercicio de doble dirección que de algún modo venía a confirmar la naturaleza de este peculiar concierto. Concierto que confirma el alto nivel de la OCG y de los solistas y directores que trabajan con ella y que es un clímax atinado en lo simbólico de una magnífica temporada.
José Manuel Ruiz Martínez


