GRANADA / Christian Zacharias: maestría y claridad

Granada. Auditorio Manuel de Falla. 7-XI-2025. Orquesta Ciudad de Granada. Dirección y piano solista: Christian Zacharias. Obras de Schoenberg, Beethoven y Schubert.
Para el cuarto concierto de abono de la temporada volvió a Granada Christian Zacharias como principal director invitado de la OCG, y además lo hizo, como en otras ocasiones, también como el gran solista de piano que es, con un programa variado que, de forma curiosa, fuera o no deliberada, giraba en torno al número 2 —pero en realidad también a Viena y sus escuelas—: escuchamos la Sinfonía de cámara nº 2 op. 38 de Schoenberg; el Concierto para piano nº 2 en Si bemol mayor op. 19 de Beethoven, y la Sinfonía nº 2 en si bemol mayor D 125 de Schubert.
Si algo caracterizó el concierto, y la dirección de Zacharias, relajada y precisa a un tiempo, con un punto de entusiasmo y súbitos arranques de energía en algún requerimiento particular —por ejemplo a los primeros violines, a los que se inclinó directamente en alguna ocasión—, es la claridad. De este modo, supo extraer de la sinfonía de Schoenberg toda la particular belleza que emana de su densidad y rigor compositivo, y orientar a los espectadores por una estructura compleja y exigente, en la que casi podíamos ver circular los motivos y variaciones por los distintos instrumentos. La citada claridad y el magnífico empaste de la OCG permitieron apreciar en toda su amplitud la magistral orquestación de Schoenberg, con un con un ir venir del tutti a algunos diálogos particulares entre solistas especialmente bien ejecutados: violas, violonchelos (magníficos los solistas durante todo el concierto en ambos casos), fagots y un excelente subrayado de los contrastes tímbricos —con, por ejemplo, una intervención del piccolo en un momento culminante de la pieza muy bien subrayada en el contexto del conjunto—; este exhibió además un sonido rotundo, poderoso, por momentos oscuro, que alejaba la obra de la idea de cámara contenida en el título y la acercaba al sinfonismo que en realidad desprende la pieza.
La idea de claridad continuó en el concierto de Beethoven, pero esta vez al servicio de la gracia y la jovialidad, también la delicadeza, con lo ligero de las cuerdas muy bien balanceado con las intervenciones de los vientos, que aportaban el oportuno contraste. Zacharias se maneja muy bien alternando la dirección y la interpretación solista, en una transición muy elegante en el movimiento de las manos. Su interpretación, jovial y elocuente, se manifestó sobre todo en un dominio magistral de la mano izquierda, rotunda y poderosa. Realizó una interpretación de la cadencia brillante, idiosincrática, como solo puede permitirse un maestro, donde el oyente podía reconocer la canónica del concierto pero transfigurada en la libertad de tempo, en las coquetas dubitaciones o en la preponderancia caprichosa del discurso de una mano sobre otra. Zacharias respondió a los aplausos con una interpretación ligerísima —haciendo honor al título de la obra, con sus connotaciones de prestidigitación—, luminosa, como con un clave de cristal, de una pieza de Couperin: Les Tours de passe-passe.
En la sinfonía de Schubert, a la citada claridad se sumó una energía entusiasta que le sentaba especialmente bien a la composición, juvenil, con momentos indudablemente muy inspirados, pero también cierta tendencia a la reiteración, con el Allegro vivave —tras la introducción lenta— brillante, como una suerte de movimiento obstinado y perpetuo de cabalgada, o el tema con variaciones del Andante. Zacharias supo ver lo que tiene de particular, de variación, cada tema o ritmo reiterados para concluir de forma brillante, secundado por la orquesta, con el presto vivace con el que concluye la sinfonía y su contraste juguetón entre energía y gracia.
José Manuel Ruiz Martínez


