GRANADA / Brillantes Gimeno y la Orquesta de la Comunidad Valenciana en un concierto quintaesencia del Festival

Granada. Palacio de Carlos V. 20-VI-2026. Marianne Crebassa, mezzosoprano. Orquesta de la Comunidad Valenciana. Director: Gustavo Gimeno. Obras de Ravel, Falla y Stravinsky.
El segundo concierto sinfónico de esta edición del Festival de Granada tenía un aire en su programa tan propio de la historia del Festival que, de no ser porque orquesta, director y solista ya lo habían hecho tal cual en el cierre de su propia temporada, habría parecido pensado ex profeso para la conmemoración del 75º aniversario de este. Pocos programas tan imbricados en la memoria del Festival. Se interpretaron la Rapsodia española op. 83 de Ravel, las Siete canciones populares españolas de Manuel de Falla en la orquestación de Luciano Berio, y El pájaro de fuego de Stravinski en su versión completa de 1909-1910. Sin constatación empírica, a ojo, podríamos decir que las de Stravinsky y Ravel pueden ser dos de las piezas más interpretadas aquí; comenzar a escuchar el motivo ostinato con el que comienza la Rapsodia en el Palacio de Carlos V genera en el oyente veterano un poder de evocación proustiano, cuando no directamente pauloviano.
La interpretación fue excepcional. La orquesta de la Comunidad Valenciana se mostró en su altísimo nivel y en plena sintonía con el talento de Gustavo Gimeno, con su dirección de gestos amplios, enfáticos, eficaces, un punto espectaculares y dramáticos. El concierto fue un buen momento para desprenderse de cierto contrachauvinismo que nos lleva a veces a buscar en orquestas y directores extranjeros lo que ya hay de facto en algunos de los nacionales.
Ni el tocar al aire libre ni el calor, que tantas veces se han usado de eximentes parciales en estos conciertos, les impidió mostrar una afinación, un empaste, una brillantez y una capacidad para el matiz y para el color sobresalientes, en un repertorio que además lo demandaba de manera especial (de entre las varias cosas que podrían tener en común Ravel y Stravinsky, quizá la principal sea justamente la asombrosa capacidad para producir efectos a través de la orquestación). La orquesta, en una feliz conjunción de todas sus familias (sería difícil e injusto destacar alguna), supieron dotar a la Rapsodia de las sutilezas tímbricas y armónicas que la obra reclama, desde el mismo pianissimo con el que comenzó el citado motivo inicial. Otro tanto sucedió con Stravinsky pero, lo que en Ravel era languidez —fue una versión lánguida, hipnótica, que parecía acorde al calor de la noche, delicada incluso en los momentos más animados—, en El pájaro de fuego adquirió un matiz de agresividad pungente. El hecho además de que interpretaran el ballet completo reforzó la idea de estar ante una suerte de alarde orquestal continuado, que concluyó con un sobrecogedor momento de las cuerdas en piano previo al maravilloso desenlace final (cómo se agradece una trompa de sonido terso y afinado), con ese último efecto de detención y pianissimo súbito y crescendo que abunda en su brillante espectacularidad.
La misma finura y sutileza se vio en la orquestación de Berio, tan interesante en su diálogo, respetuoso e inteligente, con la música orquestal de Falla —esas trompetas con sordina—. La mezzosoprano, Marianne Crebassa, con un bellísimo y nítido timbre, estuvo muy bien, plena de musicalidad. Quizá adoleció de cierta falta de emoción, y de eso indefinible que García Lorca denominó duende, y que cabría esperar que hubiera al interpretar estas canciones, si bien también es cierto que una interpretación así, más comedida y puramente musical, las aleja de la tentación folclórica: es un equilibrio difícil. Con todo, qué graves llegó a sacar Crebassa, especialmente en el Polo, en cuyas intervenciones a capella en dicho tono se acercó al pellizco requerido.
En suma, un concierto que supo cifrar (y evocar) la esencia del Festival en su 75º aniversario.
José Manuel Ruiz Martínez
(fotos: Álex Cámara-Festival de Granada)


